La monarca de Poregrath

30

Rhea

Aprieto las sábanas con fuerza cuando tanto Trilaah como Hael se quedan mirándome sin decir absolutamente nada.

—¿Qué es lo que no comprenden? —espeto, aferrándome tanto al borde de mi paciencia como a la orilla de la cama.

—Pudiste haber terminado con todo esto ayer —murmura Hael, paseando ahora por la habitación—. Eres consciente, ¿no?

Ni siquiera sé por qué me molesté en explicarles.

No fui yo quien lo hizo, es verdad.

Declan resultó herido durante todo el alboroto junto al lago y Cass tuvo que dar un informe al consejo sobre cómo el rey fue apuñalado por la espalda mientras trataba de pelear con dos personas a la vez.

La mala noticia es que el soldado que llegó junto a él primero no lo hizo mucho después de que ya tuviera el puñal clavado.

Sé que debería estar ahora mismo en la habitación de Declan, pero tengo que planear lo siguiente que se haga cuando el rey se haya marchado de viaje a Valkrety en barco.

Todavía no sé cómo voy a regresar el espectáculo que me obligaron a montar.

Porque seguro que lo tendrá de vuelta.

—No sé qué hacer después de esto —admito, colocándome una bata de seda azul sobre la ropa de dormir—. En serio. Todos los planes que tenía se fueron entre mis dedos.

—Es simple —replica Trilaah, jugando con la taza de té que me preparó, ahora vacía—. Sólo tienes que evitar fallar la próxima vez, de preferencia.

—No puedo hacerlo —me impaciento, y debo hacerlo de verdad porque ella levanta las manos en señal de rendición.

Suspiro. Los creí más útiles en estos días.

—Si ese hombre es la fuente de problemas que queremos terminar, no veo el problema —Hael se acerca a mí junto al clóset, confundido—. Puedo hacerlo por ti, si ese es el problema.

—¿No lo entiendes? No puedo hacerlo porque... porque no puedo. Tendremos que encontrar otro modo.

—Dijiste que había hecho muchas cosas detestables.

—Lo hice.

—Y dijiste que tenías muchas cuentas pendientes con él.

—Y las sigo teniendo —murmuro, tragándome la frustración mientras miro por la ventana.

—¿Entonces?

—Entonces nada. Sólo hallaremos otra forma.

Ningún plan tiene la capacidad suficiente como para desplazar el único que haría terminar esto de una vez.

Pero la culpa es mía.

Debí de alejarme de Cassander cuando él me lo pidió, no insistirle cada vez que podía en tomar venganza sólo para ahora arrepentirme.

Debo casarme con Declan para terminar con la sentencia que me ata al palacio, y también para cortar de raíz lo que siento por el capitán.

Sólo así podré seguir con el plan, pero hay algo que no deja de darme vueltas por la cabeza.

Estoy segura de que no dormiré tranquila si no hago esto, incluso si ya tenemos planes para esta mañana.

—Hael, reúne a todos para terminar con la inspección hoy, y por supuesto, no traigas al capitán —murmuro por encima del hombro una vez que hago de nuevo el nudo sobre mi bata, indecisa—. Daremos un espectáculo.

—¿A dónde vas? —replica, pasándose una mano por la cara con cansancio—. No te puedes perder las clases de política de hoy, tendremos problemas.

—Las moví para mañana, el rey lo sabe.

Ciertamente tengo que acabar con esto, porque no puedo pensar en nada más mientras no paro de dar crédito a lo que me propongo hacer al llegar a la habitación correcta una vez que avanzo por los pasillos del castillo con determinación.

Me aliso la falda del vestido sencillo bajo mi bata, antes de pedir a los guardias a los costados de la puerta que me anuncien.

Rhea Winker, la prometida del rey.

Algún día será "la reina", nada más.

Eso pienso mientras abro la puerta de un jalón, por fin sintiendo la adrenalina de lo que estoy a punto de hacer.

Y entonces la veo.

Está sentada frente a su tocador, poniéndose perfume con delicadeza en el cuello con una mano mientras con la otra se sostiene el cabello rubio claro.

Una cadena de plata me llama la atención en su joyero. Es de la forma de un lirio el dije que tiene.

—¿Escuchaste que dije que podías pasar? —Asterin viste una bata de tul blanco. Me observa con irritación, como si realmente fuera el estorbo más grande que han visto sus ojos.

Y la verdad es que tal vez lo soy, pero el sentimiento es mutuo.

—Así que tú eras la heredera a la que le gustan las cosas de plata —murmuro, cerrando la puerta a mi espalda. Suspiro, mirando alrededor de una alcoba que quizá ni siquiera ella ha arreglado para esta mañana—. Teniéndolo todo, ordenas quitar sus pertenencias a los que pasen por las revisiones.

Se ríe, por fin levantándose del banquillo con altivez.

—Pero eso puedes arreglarlo cuando veas ese asunto —replica, divertida—. Cuanto más le hagas el número de preocupada por el reino a Declan, más rápido se casarán, no lo olvides para el próximo plan que tengas.

—¿Por qué teniéndolo todo te molestarías en arrebatar cosas importantes a otros? ¿No piensas que la plata es cara por estos tiempos y que no cualquiera puede tenerla?

Se acerca a su tocador sólo para tomar el collar de plata, para después balancearlo ante mi cara entre sus dedos canela.

—Se te nota a leguas que era tuyo. Seguramente, porque ese día me llegó el reporte de que Cassander estaba ahí, con la caravana de su grupo comercial de segunda. Porque sí, cariño —añade, cruzándose de brazos como quien logra aplastar a un inferior sin esfuerzo—, yo sé lo que hay con él. Y no soy como Hael, yo sí tengo muchas ganas de contárselo a Declan.

—No tendrías por qué contárselo si no quieres admitir que es porque no me soportas aquí, porque temes que te quite la corona.

—Tengo algo tuyo entre mis manos, y pronto será mucho más que este collar —replica, pinchándome con un dedo el pecho con fuerza—. Voy a tener tu honor, todo lo que...

—Tienes algo mío —repito, esta vez cruzándome de brazos—. Y yo tengo algo tuyo, así que estamos a mano.




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