Rhea
He dado tantas vueltas en la cama que ya perdí la cuenta.
Trilaah se marchó hace como una hora, y desde entonces ya no pude hablar con nadie en lugar de dormir.
El insomnio empeora cada vez más, sin importar cuánto intente quedarme dormida.
Me quedo mirando al techo, y cuando creo que por fin he conciliado el sueño, me giro para dormir de costado y presiono la herida de mi brazo derecho contra el colchón. Escuece más que ese día, si es que es posible.
Desisto por fin de dormir y me levanto para dar vueltas por la habitación, practicando el próximo discurso que daré en la corte. Espero sea pronto, porque la impaciencia me consume.
Suelto un suspiro de frustración al mirar el papel en blanco que dejé sobre el escritorio.
No sé qué escribirle a Declan, y dudo que se me ocurra esta noche. Tomo uno de los libros en la mesita de noche, que traje de la biblioteca la última vez. Es un libro sobre herbolaria, y me deleito con los nombres y funciones de cada planta.
Paso los dedos con cuidado sobre el papel viejo, trazando los pétalos de un lirio a la luz de una vela que recién encendí.
He estado estudiando mucho últimamente, se me había olvidado echarles un vistazo de vez en cuando a estas cosas.
Ensayo de nuevo el vals que debería estar bailando con Declan, pero al hacerlo, me doy cuenta por fin de por qué el paso en el que mantenía mi mano flotando como si pidiera a alguien que se calmara, en dirección al suelo se me hacía tan raro. Es como si en este paso sostuviéramos algo, que bien podría ser una flor o un pañuelo.
No creo que deba mantenerle la mirada a mi pareja sólo para calmar el aire, no tiene sentido con ninguna leyenda del reino, porque incluso los bailes cuentan historias.
Hace un par de días, Viverette me recordó aquel baile que enseñó a los soldados durante nuestro último viaje, antes de que se desatara el caos.
Me contó que el significado de ese baile en realidad es bastante interesante. Las formaciones y cambios entre los soldados se debieron a la historia de una mariposa y su viaje de regreso a casa. Se supone que cada momento del baile anuncia una nueva etapa en la vida de la mariposa, ya sea cuando recién volaba por primera vez, hasta el momento en que volvió a ver a su familia, y a su pareja.
Poregrath es complejo cuando se trata de historias.
Me aburro de hacer lo que ya he practicado mil veces, así que prefiero ponerme a leer otra vez, sólo que cambio el libro de flores por el otro que traje a escondidas bajo uno de leyes.
Se titula: "La magia de la turquesa".
Se escuchaba interesante, y a decir verdad muero de ganas por saber de qué trata.
Comienzo a dar vueltas en la habitación mientras leo, hasta que al pasar la quinta página se cae una nota de dentro del libro.
La morada de las luciérnagas.
Ese es el título del poema que contiene esa nota. Habla sobre lo mismo que pensé al ver las primeras palabras, que las luciérnagas no tienen un hogar.
Se deleitan con el paso de los días, cambiando de lugar cuando y cómo les plazca, apagando y encendiendo su luz entre los bosques. El autor de verdad debe envidiarlas, porque menciona una y otra vez lo libres que deben ser.
No tienen nada que las ate, y pueden cambiar su vida cuando lo deseen.
Suena a un prisionero, debe sentirse como yo.
Este libro tenía mucho tiempo en la biblioteca, así que pudo ser cualquier miembro de la familia real quien lo escribió.
La métrica es un don que en algún momento de mi vida poseí.
No entiendo cómo dejé de escribir. Quizá porque ya no tuve una luna que admirar a lo lejos para escribirle cartas, ahora la veía cerca. Quizá porque ya no tenía que comparar la belleza de la luna ni la forma en que su luz aclaraba mi camino, quizá alguien suplía su papel en mi vida.
Es justo eso, y la forma en que cambió mi vida que no me dejaron tiempo para mis pensamientos.
Por eso cuando empuño una pluma, me quedo mucho tiempo despierta con la brisa fresca de la noche entrando por la ventana que abrí para que me hiciera compañía. Mi pluma tiembla a medida que escribo, pero siento que le cuento a alguien todo lo que me atormenta.
Extraño a mi luciérnaga.
Extraño su luz, seguirla y verla brillar.
Sin importar lo lejos que estuviera de la luna y lo inmensa que esta fuera, yo sólo la quería admirar, la misma que no tenía un lugar.
Era mi vida y esperanza.
Lo que queda es zozobra.
El viento se ha llevado su luz y se ha burlado de nuestro amor.
Qué hay de malo en pasar la vida con quien amas.
Qué hay de malo en guardar rencor.
Ambas preguntas hacen un torbellino en mi mente, que por siempre permanecerá.
Ya no temo por lo que viene ni lo que pronto podría ser, porque mi amor prevalecerá.
Nuestros caminos no se cruzaron por casualidad.
Pero así se hará creer para la eternidad.
Leo el papel una y otra vez y vuelvo a meterlo en el libro. Alguien encontrará mi poema igual que he encontrado el anterior.
Un par de golpes en la puerta me hacen derramar el tintero sobre los libros de herbolaria, siento como si me hubieran descubierto robando.
—¿Sigues despierta? —Hael suena irritado al otro lado de la madera—. Tengo dos cosas que decirte y una no va a agradarte.
Sin previo aviso abre la puerta y yo escondo el libro bajo otros más, indiferente.
—¿Qué es tan importante que vienes a despertarme? —murmuro, sin dejar de observarlo.
—De acuerdo, no estabas durmiendo. La primera cosa, es que el correo sale esta mañana y no me has dado ni un solo telegrama.
—Porque no se me ocurre nada —replico, cruzándome de brazos con aburrimiento—. En serio, no sé qué decir.
—Y en segundo, Declan te mintió. Sí tienes que hacerte cargo de algo dentro del palacio, mañana tendremos una fiesta.