La monarca de Poregrath

32

Rhea

El ruido lejano de voces me hace concentrarme más en el pasillo superior del castillo, ajena a lo que sucede a mi espalda. Hasta que las voces se convierten en gritos.

Hay muchas personas en el jardín del palacio, y pronto lo entiendo.

Justamente el pasillo el que se encuentra bajo la escalera de caracol está lleno de movimiento.

Ya debieron haber notado lo que pasa.

Hael se choca conmigo de espaldas en el pasillo y noto que está vestido con el mismo uniforme de la guardia. Planea salir a repeler el ataque también.

—¿Ya están todos al frente? —me escucho preguntar, mientras las luces del exterior me anuncian antorchas acercándose.

—Están la mayoría de las líneas que cubren el perímetro —murmura, indicándome que camine a su lado sobre la alfombra amarilla—. Tenemos que asegurar las entradas.

—¿Y los padres de Asterin? —inquiero, y el silencio es grande cuando Hael asiente. Están a salvo, igual que la princesa—. El capitán ordenó las líneas antes de esto, así es todo el tiempo.

Al girarme noto que eso es exactamente lo que debe estar pasando, dado que no se le ve por ninguna parte.

—Sí, debió hacerlo —repite, y por fin corre hacia la salida a los jardines por el pasadizo de las celdas—. Vigila el interior y envía refuerzos cuando lo creas prudente, no puedes salir esta vez.

Y lo entiendo. Soy la representación del rey, según él mismo dijo por escrito.

—Iré a poner al tanto al resto en el estudio —digo por encima del hombro al tiempo que Hael asiente, pero me quedo mirando la entrada al subterráneo unos segundos más.

No sé por qué quiero despedirme de Cassander antes de que empiece el alboroto, pero igual aceptaría decirle un par de cosas.

Me decanto por seguir mi camino al estudio, abriendo las puertas hacia dentro con fuerza apenas llego a ellas.

Todos los miembros del consejo están de acuerdo conmigo en cuanto les digo algo que me parecía de lo más tonto, pero sólo entonces caigo en cuenta de que podría ser la diferencia.

Tenemos que enviar un mensaje a los miembros de la guardia que vigilan las fronteras junto al este, porque claramente el ataque no inició ahí. Necesitamos refuerzos en el castillo.

...

Media hora.

Una.

Dos y media.

Corro por los pasillos y suelto el aire cuando me encuentro con un soldado que estaba realizando un conteo cerca del pasillo de los heridos que entran y salen del castillo, pero apenas me ve parece soltar el aire que había estado conteniendo.

—Está aquí —murmura, aliviado—. Viverette está en el subterráneo junto a las demás chicas, deberías echar un vistazo.

Está herido, lo veo por cómo le duele respirar. Por eso regresó al interior. Es quien estaba en la fiesta abajo, debe ser amigo de Viv.

—Sí... —empiezo, pero pronto niego—. Deberías ir con Trilaah a que te revise eso, yo tengo que hacer algo.

Corro por los pasillos de nuevo, escuchando el tronar de metales por las ventanas.

Esto está llevando más de lo que creí, pero apenas el soldado con el mensaje salió en busca de la ruta más corta al este he comenzado a contar el tiempo de verdad.

No sé qué puede estar pasando, porque no tiene coherencia que el campamento sea el responsable, no podrían respaldarse después de esto.

Estoy sola en el estudio otra vez luego de haber ido a revisar las novedades sobre el mensaje, pero no hay nada.

Miro los minutos pasar en el reloj sobre la chimenea, con los nervios más intensos de los que recordaba.

Quiero ver por mi cuenta lo que está pasando ahí afuera.

Las puertas de madera se abren de golpe y Hael apenas puede mantenerse en pie cuando entra entre jadeos hasta derrumbarse en el piso.

—¿Qué está pasando? —digo, tratando de ayudarlo a levantarse. Cuando lo logro, se sostiene el costado hasta que lo ayudo a sentarse en un sofá—. Tienes que ir a ver a Trilaah, ahora.

—No, tengo que hablar contigo primero... Esto fue obra de Valkrety —el muchacho parece a punto de desfallecer, pero habla entre toses—. Estoy seguro, sus armas las conozco bien.

—Tenemos alianza —replico, desconcertada—. Declan fue a firmarla, no lo entiendo.

—Tal vez fue un ataque clandestino, o planeen algo contra el rey, no... no lo sé.

Se levanta luego de unos segundos, insistiendo en que puede llegar a la enfermería solo.

Yo tengo la respiración acelerada, no puedo procesar lo que dice Hael. ¿Valkrety? ¿Por qué harían eso?

Apenas Hael sale, escucho que habla con alguien en el pasillo.

Salgo para asomarme en el marco de la puerta, y entonces por alguna razón mis dedos comienzan a temblar.

Cassander tiene los nudillos desollados, pero se las arregla para caminar hasta mí. Cuando noto su semblante podría decir que mi corazón se posiciona en mi puño.

—¿Qué...? —empiezo, tomándole los hombros, buscando heridas en todas partes. Parece ileso, y eso me desespera todavía más—. ¿Qué tienes?

—Todo... Todo está bien —replica, pero no puedo evitar preocuparme más—. En lo que cabe.

—¿Por qué? ¿Qué sucedió?

Un grito estridente pasillos arriba me sobresalta, y es cuando veo a mi amiga hablar con Hael.

—¡No es verdad, no es verdad, no!

¿Qué está pasando? ¿Qué le pasa a Viverette?

—Cass... ¿qué pasó? Por favor, me estás...

—Dewell —dice, y se pasa una mano por la cara con frustración—. Debí llegar antes, pero estaba en la frontera, quería retenerlos ahí, pero después se unieron a nosotros más soldados, y al volver...

No escucho nada más.

No es lo que pienso, ¿verdad?

Mi pecho sube y baja con rapidez, contemplo la escena entre Viverette y el príncipe. Ella se ha dejado caer contra la puerta, mientras se abraza las rodillas sin dejar de negar.

Es mentira.

—Esto es mi culpa —soy yo quien niega esta vez, entrando de nuevo al estudio. El capitán me sigue y cierra la puerta detrás de él—. Esto es mi culpa, es...




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