Cassander
Termino de ordenar las filas de vigilancia fuera de los pasillos, cada vez más cansado.
Los días que siguieron al ataque han sido los más ocupados desde que llegué al castillo, y no creo que se trate de una exageración.
El príncipe Hael ordenó redoblar la vigilancia y retomar entrenamientos, por lo que he blandido la espada más veces de las que he descansado durante las últimas horas. También pronto será la fiesta de cumpleaños del príncipe, que se vio aplazada un par de días a causa del altercado.
Mientras tanto, esto es lo que nos corresponde. Calix, el consejero del rey, estuvo presente en la última junta militar como toda una novedad, y eso se debe a un mensaje que tenía que llegar al rey antes de que fuera tarde y al volver encontrara al reino hecho ruinas.
No lo creo, no con quien está al frente ahora.
De todas maneras, realmente no importa mucho quién tenga la razón, porque se pudo identificar que ningún grupo comercial tomó las riendas del ataque esta vez. Se piensa que pudo tratarse de un reino vecino, aunque Valkrety es la última opción, a pesar de que Rhea se obsesione con que ellos fueron los culpables.
Por eso, en la junta de hoy, mientras me encuentro de pie a su izquierda en la silla del escritorio del rey, ella no deja de objetar contra la corte y ganarse más reproches.
No quiero contradecirla en estos días, así que trato de encontrar cualquier argumento para respaldarla, pero esta vez es casi imposible.
No se me ocurre ni una sola razón, todas son inventos míos para ayudarle a la prometida del rey mantener la moral alta.
Lo cual es un desafío, porque parece que puede sin mi ayuda.
—Tendrían razones —suelta Rhea, levantándose de la silla casi echándola atrás. Atrapo el respaldo de terciopelo en el aire, pero realmente dudo que lo note. Está centrada en gritar a todos—. La alianza se firma en estos días, y nosotros no estamos haciendo nada. ¡El rey podría morir mientras tenemos esta conversación!
Las risas corren por el estudio y yo cierro los ojos, esperando la respuesta.
—¡Dejen de ser tan inútiles! —sigue, furiosa—. Si digo algo es porque lo creo y porque tiene fundamentos, no porque me guste inventar excusas para subir de puesto y tener estatus, como cada uno de ustedes busca complacer a la princesa.
Esa parte no la recordaba. Asterin rechazó la idea de Rhea sobre ir a visitar Valkrety en otro barco, por la idea de que Odesa y... no recuerdo el nombre la otra princesa, tienen una buena relación con ella.
Realmente sería estúpido tener eso como único argumento, porque es mucho más sencillo que dos amantes se apuñalen por la espalda antes que dos conocidos. Poniéndolo en otros términos, no les importaría su amistad con ella si está en juego terrenos de la corona, pero esa es otra historia.
—Rhea, si tiene alguna prueba de lo que nos dice además de su intuición, es el momento de enseñarla —Calix habla con calma, pero eso no hace más que empeorarle los nervios.
—No hay intuición, sólo verdad —replica Rhea sin dejar de apretar los puños—. La alianza con el reino era débil, de palabra. Por eso se asegura ahora mismo.
—No existe una plenitud para conocer las intenciones del reino vecino —murmura un miembro de la corte—. Las costumbres de Valkrety y Poregrath en el combate son diferentes, y ambos buscamos distintos recursos.
—La diferencia es que nosotros no buscamos recursos —digo, instando a Rhea—. Ellos sí.
—Exactamente —asiente ella, sin mirarme—. Ellos buscan nuestras tierras por los recursos, nosotros sólo buscamos rutas comerciales porque ya aceptamos que no todo crece y nace en nuestras tierras. Una cualidad de la que carece Valkrety, dadas las circunstancias.
—Lamento llegar tarde —Hael abre la puerta a la carrera, sin dejarse anunciar. Rhea suelta un suspiro de frustración, justo cuando suenan las campanas del mediodía.
La reunión terminó.
Todos salen del estudio, y cuando Rhea está a punto de replicarle al príncipe, me pide que me quede.
Sólo entonces se pone de pie y centra su vista en Hael.
No sé qué mira, pero parece confundida.
—¿Qué tienes en la camisa? —pregunta por fin, acercándose a él.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —replica el príncipe, pasándose una mano por el cabello ébano. Parece cansado, igual que todos nosotros.
—No soy idiota, tienes labial en la camisa.
Lo dice como si fuera un crimen, y ahora entiendo que entre ellos quizá existe una especie de alianza que va más allá de fines compartidos.
—¿Y qué? —Hael suena despreocupado, pero termina con la paciencia de Rhea con lo último—. Tengo esposa.
—Teníamos un solo trato —Rhea niega, desconcertada—. Dijiste que no la incluirías, y de todas formas terminarás metiéndola en esto. ¿No te entra en la cabeza que también está involucrada en la parte que no beneficia a nadie?
El príncipe no responde, y por fin decido alejarme y darles espacio, cruzándome de brazos cerca de la chimenea.
Después de todo, el fuego necesita oxígeno.
—¿Qué te sucede? —sigue, furiosa—. Trilaah fue muy clara con sus términos.
—Y yo con los míos —replica, ahora igual de enojado—. Sigo estando casado, les guste o no.
—Dijiste que nos ayudarías, y leíste las letras pequeñas desde que se te habló de esto.
—Lo hice, igual que tú. Mírame, Rhea. ¿Me veo como alguien que puede sostener un secreto igual de bien que tú? ¿Eh? Dímelo.
—¡Trilaah dijo desde un inicio...!
—Ya no sé si lo de Asterin es por Trilaah —el príncipe suena irritado, más que antes—. Esto a lo mejor es una venganza por ti. ¡Porque tú no la soportas!
Mi mirada va de uno a otro, y cuando me dispongo a irme recuerdo quién me pidió quedarme.
—¿Por qué no la soportaría? —replica Rhea, aunque antes se le escapó una risa nerviosa.
—¡Porque te quiere quitar al capitán!
Una risa llena la habitación. Una de la que no distingo muy bien el motivo.