Rhea
Durante la fiesta de Hael, trato a toda costa evitarlo tanto a él como al resto de su familia, entreteniéndome con la copa que llevo entre los dedos, una que vacío y lleno al tope cada vez que me place.
El vestido azul bajo que elegí para esta tarde tiene encaje en las muñecas, cosa que es muy popular ahora que lo pienso, en esta parte del reino.
En la parte en que el dinero compra vestidos bonitos en lugar de comida.
Apuro el vino que quedaba en la copa de cristal, parada junto a una ventana.
El baile parece de lo más entretenido para todos, que conversan y ríen, pero yo sólo quiero desaparecer. Ni siquiera está Declan para salvarme de las charlas incómodas con su familia, así que me alejé de ellos.
No sé qué le pasa a Hael. Lo miro desde la distancia mientras baila con una princesa extranjera, no lo entiendo. Se suponía que se creía un esposo modelo ahora, y no da crédito a su discusión conmigo de ayer.
Es un hipócrita.
Decido que el baile es de lo más aburrido y dejo la copa sobre una de las mesas pequeñas cerca de las paredes.
Nadie me nota ahora que no estoy cerca de la mesa de la familia real, así que decido salir del salón. O eso planeaba, hasta que las hermanas de Hael me confrontan en la entrada.
Mirabella me observa con una media sonrisa cuando habla.
—Deberías volver a la mesa, tu suegra tiene cosas importantes que decirte.
Y yo tengo lugares importantes en los que ahogarme en vino, pero aquí estamos.
Regreso con ellas, aunque todo lo que quiero es irme.
—La prueba de vestido será mañana por la tarde —dice la ex reina, y es todo. Agradezco eso.
Asiento, pero no sé qué más esperan que diga. Nadie dice nada más, y es claro el por qué. La prueba de vestido de novia se hace con las personas que quieres, y dadas las circunstancias yo me probaré el mío a solas.
Sé que debería alegrarme que por fin cumplí mi cometido y que Declan dio indicación de adelantar la boda, pero no puedo ni fingir una sonrisa.
Veo que sobro aquí y termino por salir a los pasillos. Avanzo hasta llegar al ventanal del recibidor, y justo ahí es donde lo veo.
En el jardín, aunque sea de noche, el capitán no para de entrenar con un grupo de soldados. Les corrige la forma de sostener espadas, de asestar golpes.
Me siento fatal por lo que pasó.
No puedo mentir, me agradó ganarme el respeto del campamento, que les salió en forma de insulto ayer.
Pero no quería que Cassander me odiara por esto.
Quizá no me odie, pero pronto podría si no le cuento la verdad. No sé si prefiero que me odie o que sepa que su padre es un asesino.
Quizá también no se lo digo porque temo que ya lo supiera antes y sólo fingía no hacerlo.
Me da miedo pensar que ya no tengo su confianza.
Los pasillos del castillo están vacíos, la servidumbre se concentra en el salón de baile.
Viverette sigue en el campamento, Trilaah salió esta mañana, así que no tengo ni un solo lugar al que ir.
La soledad me afecta de una forma descomunal cuando me encuentro en mi habitación, sentada a la orilla de la cama.
¿Y si nunca me hubiera metido en este lío? ¿Y si siguiera en el bosque, liderando un campamento que para entonces no me detestaría?
Cuando Declan regrese del viaje, no habrá una vuelta a la página.
Serán horas las que aplacen nuestro compromiso, porque para entonces ya todos sabrán de la ceremonia.
Estoy a un paso de tener la corona sobre la cabeza, todo el poder que quiero.
A un paso de cerrarle la boca a comerciantes que antes me hayan humillado, a personas que pensaron en mí como una ingenua, a quienes querían verme doblegarme.
Esto es una lección para mí, siempre dos pasos detrás de todos por no saber nada de un mundo que desea empujarte cada vez que te haces paso.
Pero no lo entiendo. De repente mi orgullo se resquebraja, haciéndome aferrarme a los retazos.
Quiero hacer esto. Quiero hacer esto.
Me lo repito una y otra vez, incluso al irme a dormir.
Quiero hacerlo. Debo hacerlo. Necesito hacerlo.
O al menos es lo que creo. No, no puedo decirlo así. Tengo que hacerlo.