La monarca de Poregrath

35

Rhea

El día comienza con una salida del castillo en la que me acompaña Hael, a pesar de no dirigirnos demasiado la palabra. Cuando se trata de ajustar cuentas, es el indicado, sin importar qué tan enojado esté.

Decidí que hoy debemos hacer un viaje un tanto largo en carruaje, y particularmente, eso me anima.

Tengo cuentas pendientes en el este.

Al llegar, me encuentro la fachada de piedra que buscaba, a pesar de las horas que estuvimos dando vueltas aquí para hallarla.

Apenas es prudente, estacionamos los vehículos y bajamos a la tierra.

El este es definitivamente un asco en comparación con Poregrath.

Al menos este último no me trae tantos recuerdos.

Hacemos el habitual número de solicitar ver joyas, y cuando cierto comerciante me reconoce me regodeo sobre ser la prometida del rey. No puede creer que Declan haya reclamado el tono, Stelian no sabe qué decir.

Nos enseña todas las joyas, e igual que él, repito el número de que sus joyas son imitaciones después de probármelas. Sus guardias tratan de intervenir, pero los míos son muchos más.

Confiscamos su mercancía, con mi ayuda del rubí falso que saco del bolsillo de mi falda sin que lo note. Lo estrello contra el cofre del resto de sus piedras preciosas, y entonces se desata el caos.

Hael me ayuda a llevarme los cofres, y pronto es tiempo de volver al castillo.

Esto es absurdo, pero no puedo evitar comparar lo que ahora puedo hacer con lo que podría si tuviera la corona puesta.

Es simplemente impresionante.

Sin embargo, al llegar a Poregrath, hay una parada más que deseo hacer.

...

Los vidrios de las ventanas están empañados por el frío, y el humo que escapa de la chimenea en pequeñas ondas se ve reciente.

La casa es de dos pisos, tal y como la recordaba.

Cierro un poco la cortina del carruaje, y Hael sigue sin entender lo que hacemos aquí, sentado frente a mí.

Salen a la acera una pareja, Draven y Elyndra Winkler.

Mis padres.

Salen a recibir unas visitas, ignoro quiénes sean.

El corazón se me detiene unos segundos al ver a una niña pequeña correteando hasta las piernas de mi padre, que la levanta para colocarla en su cintura mientras ríe con ella y ambos hablan.

Mi madre sigue hablando con las mujeres que han ido a visitarlos, claramente familiarizada con el escándalo que provoca la felicidad.

La niña es castaña, y tiene un abrigo de lana que reconozco.

Pronto el grupo entra de nuevo en la casa, cerrando la puerta al último.

Aparto la vista del cristal, sólo para descubrir mis mejillas cubiertas en lágrimas.

No es que esperara que ellos me esperaran ni a mí ni a Lyrie para siempre, pero no pensé que tendrían otra niña tan pronto. No quiero pensar que fue porque ya nos olvidaron, es egoísta e inmaduro.

—¿Ellos son tus padres? —pregunta Hael, por primera vez habla desde que nos alejamos del este, en el que sólo tuvo que dar órdenes.

Asiento, ahora incapaz de callar los sollozos.

Estoy sola, el capitán tenía razón. Estoy completamente sola.

El trayecto de vuelta al castillo es silencioso, en ocasiones sólo roto por las veces que sorbo por la nariz, sin poder creer que algo como esto me hace llorar.

Merezco estar sola, tengo que estar sola para solucionar mis problemas, mis cuentas.

Lo sé.

El carruaje se detiene en la entrada principal, y me recibe la noticia de que han dejado mi vestido en mi alcoba, Calix es quien me lo comunica, pues Nadira le pidió decirme.

Miro al interior del carruaje, como si en el cristal de la ventana pudiera ver mi casa otra vez.

—No quiero meterme en lo que estás pensando —inicia Hael, una vez que ambos estamos sobre el camino al interior del castillo. Se detiene en la escalinata de piedra, cortándome el paso—. Pero ni siquiera estoy seguro de que lo hayas pensado bien.

—¿De qué estás hablando? —replico, me duele la cabeza.

—De que quizá... no lo sé, esto no sea lo que quieres.

—Esto es lo que necesito y lo que quiero, nadie lo sabe mejor que yo.

—Es cierto, nadie te conoce mejor que tú misma. Y quizá por eso sea mejor dejar de mentirte. A lo mejor quieres una vida plena, lejos de todo esto.

Suspiro con irritación.

—El que a ti te guste ser el títere de la princesa, no significa que lleves una vida plena, no eres nadie para hablar de plenitud.

—Al menos no soy cobarde y admito mis sentimientos —replica, cortándome el paso de nuevo cuando intento adelantarme—. Rhea, a ti te sigue dando miedo un par de palabras.

—No —suelto, molesta—. No me da miedo, no sé de qué hablas.

—No sabes de qué hablo, esa es tu excusa. En realidad, creo que no sabes cómo elegirlas.

—Esto es lo que soy —replico, sin poder creerlo—. Cuando sea reina, todo será...

—Sigues diciendo eso, pero nunca pareces darte cuenta de que en algún momento ese día llegará. Ese día podría ser mañana, tal vez.

Se me corta la respiración y comienzo a negar.

—No tengo miedo.

—Lo tienes, y más que otra cosa quieres ocultarlo.

—No soy cobarde como tú. Quiero la corona, no nací con ella, a diferencia de ti. Creo que he peleado bastante y por fin me toca llevarla.

—No, por fin te toca ser feliz.

—Estás cruzando la línea con tu lástima innecesaria —espeto, furiosa.

—No es lástima. En el poco tiempo que te conozco, yo...

—No me conoces, nadie lo hace —corto la conversación, por fin entrando por las puertas enormes, principales del castillo.

Recorro los pasillos hasta mi habitación y tomo la caja que está sobre mi cama hasta desenvolver todas las piezas de tela.

Me las coloco una a una, y cuando llega el momento de colocarme el velo, me miro al espejo.

La respiración me falla igual que la sonrisa que varias veces imaginé al verme vestida de novia.

Esto es lo que quiero. Esto es lo que necesito, esto es lo que por fin tengo.




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