Rhea
Es pasada la medianoche, así que no me extraña que los pasillos estén vacíos.
No es la primera vez que recorro estos en específico, a veces Viverette se encontraba por aquí en lugar de en los jardines. Pero realmente no sé cuál es la habitación que busco.
Hasta que desde la distancia lo veo. El capitán termina de hablar con unos soldados, y entra en la última habitación del pasillo.
Los demás siguen con sus labores alejándose muchas puertas adelante, pero me centro en controlar mi respiración.
Me acerco a la última puerta de roble, y llamo con los nudillos una sola vez.
—¿Sí? —escucho la voz de Cassander, como si estuviera haciendo algo dentro de la habitación.
Las palabras no me llegan en este momento. Nunca pensé que llegaría.
—Cass, tengo que hablar contigo.
Al escucharme, pasan sólo unos segundos hasta que abre la puerta. Ya no lleva puesta la camisa del uniforme, la ha cambiado por una del mismo color, pero de algodón.
—¿Qué la trae por aquí, majestad? —murmura, sin dejar de lado la cautela.
—Entiendo que ahora no quieras verme... —empiezo, pero pronto se ríe.
—Nadie dijo que no quería verte. Que tus acciones disten de las habituales, no quiere decir eso.
Me quedo callada, tanto tiempo que su sarcasmo decae. Me toma de la muñeca, instándome a entrar. Una vez que lo hago, cierra la puerta a su espalda.
Sin embargo, las palabras no salen otra vez. Me limito a mirarlo con los labios apenas entreabiertos, miro al muchacho del que estoy enamorada y dudo que alguna vez haya sido lo contrario.
Se pasa una mano por el cabello pelirrojo, de repente algo ansioso.
—¿Vas a pedirme que me vaya de la Guardia Real? —suena tenso, pero ahora está apoyado contra el dosel de su cama, como si temiera acercarse demasiado a mí.
Observo la habitación, esta que probablemente deseó ocupar la mayor parte de su vida, porque pertenece al capitán que sirve a la corona.
Inspiro despacio, y por fin niego.
—Aunque si quieres irte conmigo, no te detendré —es todo lo que digo, y por fin su mirada se fija en la mía.
No la entiendo muy bien, y por eso debo seguir por temor a lo que pueda decirme después.
—Yo... yo sé que todo el tiempo has querido estar aquí —digo, las manos comienzan a temblarme un poco—. Sé que no hay nada que quieras más antes que ser un buen soldado, servir a tu reino, al final... eso te llevó a tomar muchas decisiones en el pasado, por eso eras capitán en el campamento, querías ser lo que eres hoy, te preparabas.
Mi voz falla un poco, así que tomo aire para continuar.
—S-sé todo eso, Cass. Sé que antes de mí tenías una vida plena, pero la verdad yo no la tenía. Era tropiezo tras tropiezo, y en uno de ellos me encontré al campamento, te encontré a ti. Eso... eso fue lo mejor que me ha pasado porque eres el único que jamás dejó de confiar en mí, sin importar cuántas veces lo arruinara todo. Hoy quizá se haya terminado la confianza, lo sé. Sé que hice cosas que no comprendes, pero te prometo que tuve buenas razones. Jamás dañaría a nadie de una forma injusta porque sé lo que es vivir en la incertidumbre.
Por fin me atrevo a mirarlo otra vez, y sólo por eso me doy cuenta de en qué tiene su atención. No deja de observar mi mano izquierda, el anular.
La levanto un poco, ahora asintiendo.
—No me voy a casar con él. No quiero estar con nadie que no seas tú.
De nuevo, es como si nos viéramos por primera vez.
—¿No estás...? —empieza él, destrozándome los nervios. Se aclara la voz, negando—. ¿No estás jugando?
Niego, porque creo que ahora sí me he quedado sin palabras.
—Tú eres lo mejor que me ha pasado —sigo, porque ahora que el silencio reina, no puedo detener las semanas y semanas en que sólo pude verlo a la distancia—. Nosotros. Saber que tenía algo por lo que seguir, y aunque todo este tiempo he deseado un trozo de metal que me diera poder, en realidad nunca dejé de fantasear con nuestro tiempo juntos.
El capitán permanece en silencio. No entiendo qué es lo que pasa, pero de repente sí lo hago. Estoy muy tarde aquí. Ya no me conoce, ya no siente nada por la persona en la que me convertí.
Bajo la vista, y sólo la levanto cuando lo escucho reír apenas. La risa es queda, como si no pudiera contenerla.
Sonrío a mi vez, aunque no entiendo.
—Conocerte no fue el mejor día de mi vida —Cassander me observa, los hermosos ojos cafés conteniendo lágrimas. La sonrisa se le trasluce en la voz—. Creo que hoy lo es.
Despacio, me acerco a él, con miedo a turbar la realidad. No le falta más para ir a mi encuentro y tomarme de la cintura. Sus dedos son tan torpes como los míos, que despacio van hacia su pecho.
El capitán alcanza mi mejilla, y poco a poco comienza a trazar círculos con el pulgar en ella. Un par de lágrimas se me resbalan por el contacto, pero son de auténtica felicidad.
—Tú y yo tenemos cuentas pendientes —murmura con la voz hecha un susurro—. Vas a tener mucho tiempo para pagarme, ¿verdad?
—T-todos los días de mi vida, si quieres.
—No, Rhea. Si tú lo quieres —añade, pero su mirada no abandona la mía—. ¿Ya lo pensaste bien?
Asiento, y despacio, él se inclina hacia mí.
Su boca reclama la mía, con una urgencia que debe significar días y días en los que la impotencia reinaba entre nosotros. Yo también me siento así. Siento que cada minuto puede estar jugándonos una broma, que puedo parpadear y estaré sola en mi habitación, tratando de conciliar un sueño que nunca va a llegar.
Pero no es así. Estoy aquí, el capitán está conmigo. Las cosas son como antes otra vez, y la espera egoísta parece estar dándonos una recompensa.
—Nunca me dejes —susurro, apenas separándome de sus labios.
—No me supliques —su mirada es vehemente—. Jamás a nadie.
—Entonces te ordeno no dejarme nunca —replico, tomando el cuello de su camisa entre los dedos. Hay un brillo travieso en los ojos del muchacho que tengo en frente. Mi voz es firme, como cuando me encuentro en medio de discusiones—. Jamás en tu vida.