Cassander
—¿Qué hacemos? —Rhea se vuelve hacia mí, y por primera vez me doy cuenta de lo que todo esto significa.
—Tienes que salir de aquí antes de que vaya a verte —replico, andando por toda la habitación en busca de una sola cosa.
—¿Irme a dónde? No puedo sólo hacer eso.
—Yo me pienso encargar de todo —replico, apagando las velas que están sobre el escritorio.
Lo primero que hará Declan apenas termine de dar novedades a Calix será ir a ver a su prometida, y si no lo hace entonces será porque lo ha hecho primero.
Encuentro la espada que buscaba debajo de la cama, la única corta que Rhea alguna vez tocó en toda su vida. Es la que yo solía usar para tallar madera, pero al parecer es diestra cuando se trata de empuñarla.
Aunque no le guste.
—No... —empieza, alejándose de mí.
No me agrada pensar que podría ser necesario que ella use la espada, pero pensarlo en primer lugar lo hace posible. Rhea tiene una sentencia en el castillo si no se casa con Declan, todavía es una prisionera.
—Le avisaré a Hael que saldrás del castillo, debe acompañarte —le coloco la espada en la mano, aunque parece nerviosa.
—¿Tú no vendrás?
—Si voy contigo, el rey sospechará lo que planeamos hacer, ¿no lo crees?
Tocan a la puerta y Rhea se queda más quieta de lo que estaba, de ser posible.
—¿Quién es? —pregunto, al tiempo que me acerco despacio a la puerta. Rhea me toma de la muñeca, pero yo me llevo el índice a los labios.
—Capitán, esperaba sostener una conversación con usted —la voz del príncipe Hael nos llega desde el otro lado de la madera, y el suspiro de ambos suena como uno.
—Adelante, majestad.
Hael tiene unos pliegos de mapas entre las manos, pero se queda pasmado al ver a Rhea conmigo.
—No te quedes ahí, cierra la puerta —Rhea pasa por su lado y da un portazo, sin importarle el ruido a causa del nerviosismo.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —Hael la mira como si hubiera dado en el blanco a algo.
—¿Tú qué estás haciendo aquí? —replica ella, pero es obvio quién gana esta vez.
Niego, desprovisto de paciencia.
—Rhea tiene que salir del castillo en la próxima media hora —empiezo, pero ella se adelanta.
—Hael, ¿qué está pasando en el primer piso?
—Sylwen está hablando con el rey, según me contaron —dice, y apenas lo dice comienza a sonreír—. Parece ser que alguien piensa quedarse unos días en el castillo.
—¿Sylwen? ¿Quién demonios es Sylwen?
—¿No lo sabes? —intervengo, y noto que Hael no le ha dicho palabra sobre otros reinos que no se crucen con nuestro mar—. Es la princesa de Zeltrev, el reino cruzando el este.
—¿Entonces...? —empieza Rhea, pero se queda callada.
—Quería contarte sobre eso, pero me arruinaste los planes —murmura el príncipe, y Rhea sonríe—. Una buena expansión sería posible si logro que nosotros...
—¡No puede ser...!
De repente, la chica guarda silencio y niega.
—Pero ya no soy parte de los planes, lo siento.
—¿Qué? ¿No querías salir de aquí por una noche? ¡¿Te piensas ir para siempre?!
—Sí, pero tú y Trilaah pueden continuar con esto —replica, pero el príncipe niega.
—Después de mañana tendrás el camino más llano que el campo, ¿qué te sucede?
—¿Mañana?
—Declan anunció la boda para mañana, y no creo que le guste verte sin tu anillo de compromiso.
—¿No lo entiendes, Hael? —suelta, y me sorprendo cuando viene hacia mí para tomarme la mano—. No voy a casarme con él.
El príncipe pasea la mirada entre nosotros y cierra los ojos con irritación.
—No, no, no, no. Esto es un desastre, sabía que tenía que ir contigo hasta tu habitación, eres un desastre. Mañana era el día perfecto para anunciar que tenías razón sobre Valkrety, lo descubrí todo gracias a Sylwen.
Es lo que querían probar ante la corte.
Estoy esperando el momento en que Rhea se vuelva hacia mí con culpa, el momento en que sus dedos dejen de rodear los míos.
Nunca llega.
—Tendrás que hacerlo solo —termina por decir, tomándose el extremo de la falda del vestido con delicadeza. Niega, divertida—. Si no me vas a ayudar a salir, estoy lista para correr.
—Capitán, mañana usted debe partir a una expedición hacia Valkrety para planear un ataque sorpresa —Hael se vuelve hacia mí, incómodo—. No debería decirlo frente a nuestro mejor soldado, pero ella es realmente una molestia y no se espera ni un minuto cuando se empecina en algo.
Entonces Rhea sí se vuelve hacia mí.
¿Qué se supone que haga? ¿Debería faltar a lo que quiere el rey sólo para que se sepa que me fui con Rhea y esto acabe en una persecución?
No conozco muy bien a Declan ahora, pero estoy seguro de que no se esmerará en ocultar lo que siente por Rhea en cuanto sepa que pensamos en traicionarlo.
Siempre ha sido un muy mal perdedor.
Sin embargo, esto es más serio que antes. El silencio se instala entre los tres.
—Eso quería decirle —termina Hael, mirándonos uno y a otro.
—No puedo salir de aquí si estás dentro del alcance de la corte, sabrán en dónde estás —murmura Rhea, por fin soltando el aire—. Cass, tienes que ir con ellos.
—¿Y tú? ¿Qué pasará contigo?
—Yo... yo no lo sé. Supongo que podría asistir a la ceremonia, y todo eso. No tiene por qué significar nada —se apresura, culpable—. Sólo mientras regresas. Cuando estés aquí de nuevo hallaremos una solución, te lo prometo.
—Cuando seas reina podrías abdicar —adivino su plan, ahora que el brillo de la audacia se ha instalado en su mirada—. Eso quieres hacer, ¿no?
—Justo eso. Sólo espérame. ¿Puedes hacerlo?
Asiento, porque no puedo ponerlo en palabras. Confío en ella, pero ¿si tiene la corona todavía querrá dejarla de lado? Me preocupa un poco la ambición que ha tenido últimamente, no la creo capaz de abandonarla sólo por nosotros.
En cuanto nota mi expresión, se acerca a mí y me rodea con los brazos sólo para hundir la cara en mi cuello.