Rhea
Otra vez estoy vestida con el vestido blanco.
Es una tontería pensarlo, pero ayer ni siquiera me detuve a detallarlo.
Es de encaje, y un par de holanes. No me gusta, y no porque sea bonito.
Tampoco lo elegiría para mi boda, pero después de todo nadie me preguntó.
Estoy parada fuera del salón de baile, justo donde estaba parada al lado de Declan la primera vez que me presentó, cuando él recién volvía para reclamar el trono.
Estoy sola, lo más importante.
En el interior comienza la ceremonia, y sólo debo esperar a que me indiquen pasar.
Miro el ramo de violetas que sostengo entre los guantes de encaje, y la verdad no tiene ni un gramo de similitud con el de lirios, que me hubiera gustado llevar hoy.
Pero es mejor. Así me repito que esto es una farsa.
Se me anuncia, y preparo la mejor sonrisa que tengo.
Después de todo, gracias a esto estaré con Cassander, debo ser feliz.
Entro y admiro unos segundos a todos a quienes la familia real haya invitado al evento desde el balcón que da paso a dos escalinatas. La derecha es la que sigue la decoración de flores y esa es la que sigo.
Camino a paso lento, y cada vez que la sonrisa está a punto de dejarme, me recuerdo que esto no es real.
No me voy a quedar aquí toda mi vida. No me tendré que olvidar de él.
Llego al lado del rey, que me espera con una felicidad auténtica. Lleva un traje negro, con medallas militares en una banda, herencia de su reino. La corona de oro resplandece sobre su cabeza, adornada con uno que otro rubí.
No me gusta tener que mentirle. Fue mi amigo, uno de verdad. Pero la verdad es que no creo que no presienta que mis sentimientos hacia él no son auténticos.
Sería imposible que creyera que nada de esto podría ser, aunque sea un resquicio de falsedad, eso es lo que aliviana mi culpa.
Merece a alguien mejor que yo, y estoy segura de que pronto le hará compañía. Es excepcional, pero no como para pasar mi vida con él.
Espero entienda eso.
Se dice el habitual rito, se intercambian votos. Sólo asiento de vez en cuando al escuchar los que me dice el rey.
Al terminar, cuando concluye esa parte del trato, Declan toma una tiara situada en una almohada amarilla en tono pastel, color del reino.
Es una tiara que se asemeja a la corona que él lleva por el ornamentado.
Después de retirarme el velo como es tradición, me inclino, y es el rey quien me corona.
Se oyen aplausos por el salón, todos falsos. A nadie puede alegrarle nuestro compromiso.
No tienen de qué preocuparse, eso me gustaría decírselos. Sin embargo, disfruto de su impotencia.
Soy la reina de Poregrath. Por un tiempo corto, sí. Pero seré lo que nadie esperó. Ahora mismo me sorprendo incluso a mí.
Paso despacio la mano por la tiara antes de hacer una reverencia a los congregados.
Soy su reina. Ellos, todos ellos, me devuelven la reverencia.
Sus aplausos y palabras de aliento son falsas, pero no podría importarme menos. Tienen que inclinarse.