Rhea
Camino por el bosque, porque de algún modo logré salir sin que nadie me viera. Toda una hazaña, tomando en cuenta los últimos meses.
Miro el lago en el que hace un tiempo se localizó el ataque, inocente y cristalino.
Observo alrededor, y poco a poco reúno la confianza para despojarme de la bata de seda con la que ya me había dispuesto a dormir. No pude, por supuesto.
Camino por los guijarros, y ahí es donde dejo el puñal que siempre llevo conmigo al salir del castillo.
Así que sólo con el camisón puesto, me meto en el agua. El bosque está silencioso, apenas se distinguen las figuras de los árboles.
Juego con el agua entre mis palmas, y cada vez que se escurre vuelvo a recoger un poco más. La tranquilidad debería invadirme, pero no lo logro.
Un brillo en el bosque me hace soltar un respingo. Suelto el aire al ver el parpadear de una luciérnaga.
No es que mis nervios hayan estado en perfectas condiciones durante todo este tiempo, pero aquí están lo más tranquilos que en el castillo.
Al menos ahora puedo respirar sin pensar en nada en específico. Camino en el agua, porque a pesar de todo el tiempo que llevo viviendo rodeada de lagos y cascadas, no aprendí a nadar jamás.
—Majestad —escucho la voz de Eva a lo lejos, que llega corriendo. Se inclina, recuperando el aire—. Majestad, tiene visita.
—¿Visita? —repito, saliendo del agua cuando es lo último que quería—. ¿Ahora?
El camino de vuelta me devuelve a la realidad, porque comienza a enterarme frío sin importar que me ponga la bata de nuevo. Entramos por las puertas que dan al jardín, y pronto me cuesta recuperar el aire.
—¿Viv? —la voz me sale como un susurro al verla, y al verme a mí corre para abrazarme.
—No sabes cuánta falta me has hecho —dice contra mi hombro, ahora ambas en uno de los pasillos cerca del comedor.
—¿Cómo... estás?
—Tan bien como... como puedo estar. Tengo que hablar contigo, Rhea.
Me quedo mirándola cuando noto que el silencio es de los que son inquietantes. No puedo aguantar las palabras que tengo para decirle, y mucho menos evitar que se enreden en mi boca. Soy una mala amiga.
—El rey no volverá hasta después de las cinco, alteza —me informa Calix antes de alejarse rumbo al jardín de entrenamiento y asiento apenas termina.
Le ofrezco a mi amiga algo de tomar, pero insiste en que debemos hablar. Viverette me sigue hasta mi alcoba y apenas entramos la respiración le falla.
—¿Has estado en el campamento? —pregunto antes de sentarme en medio de la habitación, en el colchón con una sábana que hay en ella.
Viverette se queda mirando el evidente vacío, y termina por suspirar.
—¿Qué pasó por aquí? Sí, en el campamento.
—Mis cosas están en la habitación del rey —murmuro, porque eso no suena del todo bien.
Viv se acomoda el cabello negro sobre un hombro, parece cansada.
Sin embargo, no parece que sea por ella. Es una de esas veces en que se molesta más por lo que me pasa que yo misma. Trato de mantenerme indiferente con esto, no puede arruinármelo ahora.
—¿Cómo ha ido eso?
Me quedo callada más tiempo del que me gustaría, porque no sé si debería decir la verdad.
—Es... confuso.
Mi amiga asiente, mirando alrededor. La verdad lo entiendo, yo también me sentiría de lo más confundida.
Aunque no creo que más de lo que me siento ahora.
—¿Ser reina es genial? —pregunta, como si habláramos de cualquier otra cosa—. ¿O es demandante?
—Depende de en qué quieras centrarte en el día. Los errores militares del rey son lamentables, por eso suelo tomar el mando al respecto seguido.
Hay una pregunta que evado con la mayor categoría que puedo, y ella lo nota. Nos quedamos en silencio varios minutos, simplemente mirando la habitación vacía.
—Rhea, cuánta falta me hiciste... —repite, y una oleada de culpa amenaza con arrastrarme. Finalmente está sucediendo lo inevitable—. Fue todo tan rápido, y no pude hacer nada para...
—¿Hablas de lo que le pasó? —pregunto con delicadeza—. Tú no estabas cerca ese día, Viv. No entiendo por qué te culpas.
—Lo estaba —dice, y una lágrima se le escapa, seguida de otra y de otra—. Fui por él porque había comenzado a preocuparme, sentí que debía correr para contarle lo que desde hace una semana debí decirle, y cuando llegué...
Niega, tratando de controlarse.
—¿Debiste decirle? —repito, desconcertada.
—Rhea, es que... Es que yo...
Deja de hablar, y eso me preocupa más que cuando tenía la voz rota.
—Estoy embarazada —termina por decir—. Era eso.
Mi corazón se parte, el aire pesa de repente.
—Revoqué tu sentencia —me apresuro a decirle antes de tomarle las manos—. Ya no eres prisionera del castillo, puedes ir y venir cuando tú quieras. Lamento muchísimo lo que pasó con él, Viv. Lo siento.
Asiente, una calma alarmante se posa sobre sus rasgos.
—Yo también lo siento, Rhea. Yo también, de verdad que sí.
La abrazo, y no decimos mucho.
¿Qué es lo que he estado haciendo? ¿Por qué no fui de inmediato con ella? La culpa me asfixia más que antes, es peor a cada momento.
—Me aseguraré de que todo salga bien —prometo, más que segura—. Tendrás una buena vida, Viv. La tendrás, vas a verlo.
—Ahora eres la reina. Te creo.
—No, no. No es porque sea reina, es porque no has dejado de ser mi mejor amiga —me separo para mirarla—. Sin importar todo lo que ha ocurrido, sigues aquí.
—Porque eres mi mejor amiga. Con o sin una corona sobre la cabeza.
—¿No estás molesta conmigo? Es decir, todo lo que sucedió con el campamento, todo lo que pasó después y el hecho de que yo... de que yo no fuera a verte.
—Yo creo, Rhea..., que no hay peor sentencia que la que estás obligada a cumplir —murmura, y aunque trata de disimularla, la amargura es clara en su voz.
...
Me dispongo a realizar el ya habitual recorrido para supervisar los arreglos que hace Calix entre los soldados, aprobando y mejorando lo que se necesite.
Mis lecciones de esgrima terminan antes de lo esperado, porque antes se pasaba la mitad mientras me corregían la postura. Ya no soy un desastre, después de todo.