La monarca de Poregrath

43

Rhea

—¿Qué es esto? —Calix observa mis mapas, sobre la mesa, igual que el consejo.

—Los convoqué para cenar tranquilamente, no para hablar de política —suelto, y todos asienten.

En realidad, Declan fue el de la idea, y todo se debe a la noticia que quiere darle al reino. Sin duda alguna, todos parecen reacios a aceptar las ideas del rey sin mi respaldo, y todo gracias a la eficacia de los últimos planes. Me merezco un par de aplausos, pero nunca se los diré.

—Retiren los mapas, si son tan amables —murmura el rey, y pronto Calix los acomoda junto a sus botas.

No se me escapa que el tono de Declan suena apagado, pero quizá sean ideas mías. ¿Quién no puede estar cansado en estos días?

Después de mi carta, el capitán envió correspondencia oficial al rey, quien no se molestó en ocultarle el suceso a la corte. Por eso los planes se mueven más rápido que nunca, porque todo parece ir bien en Valkrety.

Alguien sabe muy bien cómo moverse entre la realeza, porque según Declan, Cass trata de averiguar los planes durante el aniversario de bodas de Hael y Asterin, que, por cierto, es celebrado en el reino del primero, más que aquí.

Los planes por aquí son todo política, porque además de ello todos se centran en la princesa según la última noticia.

Todavía se me hace bastante irreal que vayan a ser padres.

Por primera vez la mesa rectangular, que se veía tan imposible de ocuparse entera, se llena con miembros de la corte, y sus reyes.

Los padres de Declan se esfuerzan en dejarlo conducir los asuntos a su placer, pero no saben quién los dirige en realidad.

No es culpa mía lo poco bien que se le da ser rey, y tampoco me burlo de ello.

Es más probable que terminara siendo quien negociara tratados de paz la próxima década en su lugar, lo que no deja margen a los deseos de los anteriores gobernantes.

Es una lástima tener que dejar de lado las increíbles sesiones de política, en las que nadie más que yo es escuchado como si tuviera la respuesta a todo.

Cuando se trata de este reino, que antes aborrecía, así es. He aprendido su historia, de la gente que lo habita, y ahora es muy difícil verme fallar cuando hago predicciones sobre su beneficio a futuro.

Mi humor cambia cuando Asterin y Hael entran al comedor de la mano, y todos les ofrecemos una reverencia.

Odio cuando Hael está con ella, porque finge detestarme de igual forma.

—Espero no sea tarde para ofrecerles un desayuno de aniversario —murmura Declan, divertido igual que el príncipe—. Han pasado dos días, lo siento. Pero hemos estado tan ocupados...

—Si ni siquiera han tenido tiempo para ustedes, se entiende —Asterin sonríe, y por primera vez espera que yo le devuelva la sonrisa.

No sé qué la picó, y por eso mismo decido apurar el vino en lugar de corresponder.

Hael se sentó frente a mí, así que me saco del bolsillo un sobre doblado en cuatro partes. Él lo recibe por debajo de la mesa, ocultándolo de igual forma.

Es la segunda carta que le escribo a Cass, y como obtuve respuesta de la anterior, no pude evitar escribirle otra. Por supuesto, le pedí no responder.

No puedo levantar sospechas, pero he de decir que siempre me alegra el día pensar en que él podría estar pensando en mí.

—¿Qué tienen pensado hacer por el aniversario? —pregunto, midiendo mi sonrisa.

—Quizá una cabalgata —sugiere Asterin, y el príncipe asiente.

—Lo que tú quieras, está bien por mí.

Hael se inclina para darle un beso en los labios, sin importarles lo más mínimo en que haya quienes desayunan en la misma mesa.

Quizá yo me muera un poco de envidia, porque todavía no me reencuentro con quien podría compartir el gesto.

Qué tortura.

Declan me aprieta un poco la mano al notar mi atención a la pareja. Sugiere que esa noche vaya con él, después de posponerlo tanto tiempo.

Ya no sé qué más excusas poner.

Hacer precisamente eso me preocupa, porque a él no parece importarle. Es como si supiera por qué no he asistido a ninguna de sus propuestas.

Espero que no, que por eso no se muestra compasivo, porque no me sorprendería que así fuera.

Declan es de las personas más compresivas y atentas que conozco, eso hay que reconocerlo.

Accedo a sus planes, porque no sé qué otra cosa decirle. No pude hacerlo sin ganarme una mirada de Hael, ahora sé que hablaremos de esto más tarde.

Termino de comer la fruta que había en mi plato, me despido del rey, y la corte bajo el pretexto de revisar mis notas sobre literatura.

No sé en qué estoy pensando últimamente, pero es como si todo fuera bien cuando evito hacer justo eso. Las mejores cosas pasan cuando no las planeas, y tengo varios ejemplos sobre eso a lo largo de mi vida.

Un buen rato después, mientras leo en una de las mesas en la biblioteca, escucho las puertas de roble abrirse.

—¿Tenemos un conflicto de estado y te pones a leer?

—¿Tenemos un bebé en camino y tú te pones a perder el tiempo? —murmuro, pasando la hoja con cuidado—. Hael, no seas así. Deberías estar con Asterin.

—¿Eh? ¿Estar? Voy a estar con ella el resto del día, primero quiero preguntarte algo —dejo de lado el libro, y centro toda mi atención en él. Suspira, algo incómodo—. ¿A qué te referías ayer?

—¿Sobre qué?

—Sobre... ya lo sabes, sobre Viv.

—Ah.

Miro alrededor antes de bajar la voz, indicándole que se acerque un poco.

—Quiero que me hagas un favor cuando me vaya, Hael. Toma una de las pulseras de mi joyero, véndela y cómprale a Viverette un boleto de barco.

—¿Enloqueciste? —se ríe, negando—. ¿A dónde iría ese barco?

—Eso déjaselo a ella. Sólo quiero eso, el destino ha decidido bastante por ella, deja que lo escoja. Hazle saber que fue mi idea, por favor. Toma mis otras cosas y entrégaselas. Hay un vestido en el armario, uno que Declan me trajo del campamento hace como un mes. Es uno rojo —digo, y la verdad no me arrepiento—. Rojo con rubíes de adorno, es bastante reconocible. Dile que use lo que necesite de él mientras se estabiliza, porque sé que por mi cuenta no me dejará ayudarla.




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