Rhea
Camino por los pasillos a paso lento, porque de verdad no sé qué pasará conmigo luego de esta noche. Es una sensación extraña, tomando en cuenta la realidad.
Voy de la mano del rey, ambos exhaustos después de la fiesta. Declan hace bromas sobre cualquier cosa de la que nos reímos en primer lugar mientras decidimos que juzgar a las cortes era más divertido que negociar nada. A su tiempo, deberá hacerlo, cuando ya no tengamos a la mitad del ejército en otro reino.
Cuando sostiene la puerta hacia su habitación, contengo la respiración ocultando el nerviosismo lo mejor que puedo.
—Pensé que tardarías un poco más en la mañana, en la biblioteca —dice Declan después de visualizar cómo voy vestida.
Mi vestido sencillo se debe a que no quería cambiarme por la ropa que él tiene en su clóset, nadie me preguntó cuando la ordenaron ahí.
—Terminé temprano los informes —asiento, y pronto trato de actuar con normalidad.
Eso es algo que acostumbro, o al menos intento.
El muchacho que tengo frente a mí deja de lado la faceta de rey, y pronto se despoja de las botas para sentarse a la orilla de su cama. La respiración me va rápida, y no sé por qué no escuché a Trilaah esta noche.
Debí irme. Aunque no estoy segura, quizá levantaría muchas más sospechas.
Todo pasa rápido, sin que pueda procesarlo apenas.
Declan me toma de la mano, indicándome que me siente a su lado. Poco después, se tumba boca arriba en el colchón, y decido que hacer lo mismo es lo que tiene más sentido.
Estoy actuando. Tengo que recordarlo, estoy actuando.
El rey me observa unos segundos antes de acariciarme el cabello, después la mejilla. Fuerzo la tranquilidad, las sonrisas.
De repente, se sienta en la orilla y yo quedo hundida sobre la sábana.
—¿Qué tienes? —me escucho preguntar, a lo que él suspira.
—¿Te gusta nuestra vida, Rhea? —murmura, sin voltear a mirarme—. ¿Eres feliz?
La sinceridad en su voz me lastima un poco, pero digo que sí.
—No he pasado por nada mejor.
—¿Ni porque yo esté tan poco tiempo contigo te hace infeliz? —replica, girándose por fin—. ¿Cómo lo haces? Ser tan... indeleble, quiero decir.
—Yo creo que los años sientan de maravilla si se pasan todos practicando —digo, y la risa que suelto es genuina—. Es un arte para el que no necesito lecciones, créeme.
—Soy consciente. Demasiado, a mi pesar.
Me quedo en silencio, lo observo mientras tanto.
—¿Por qué a tu pesar?
—Significa que no me necesitas del todo, ¿no lo crees? Y es un poco raro, tomando en cuenta cómo nos conocimos.
Lo recuerdo, por supuesto. Pero no recuerdo con claridad la relación entre una cosa y otra.
—Puede que haya aprendido —sugiero.
—O puede que supieras desde siempre. Después de todo, esa forma de ser tuya siempre me ha fascinado.
Ese tono, el de la última palabra, me hace sentarme sobre la cama. Suena... un poco a reclamo.
—¿Sabes, Rhea? Mis padres siempre quisieron que aprendiera mucho sobre el reino, desde que era niño. Aprendí muchas cosas sobre Poregrath en su momento, así que... entenderás que me sea impresionante que mi esposa haya aprendido en tan poco tiempo todo sobre su nación.
Me quedo en silencio un par de minutos, tratando de hallar el mensaje. No lo logro, sin importar que analice su expresión, como si buscara inquietud en ella.
—Pues... no es que estuviera totalmente en blanco —murmuro, desconcertada—. A fin de cuentas, en el campamento era imposible no enterarse de cosas. Cass todo el tiempo me contaba historias sobre los lugares a los que íbamos, igual que sus opiniones.
No es hasta unos segundos de silencio que proceso lo que dije.
Declan no se mueve de su sitio, y mi corazón se acelera ante su lejanía.
No dice nada, tampoco parece sentir. Hasta que se levanta y va hacia su escritorio, como si sopesara mis palabras.
—Tú le tienes afecto, ¿no? —pregunta sin mirarme—. Es decir, todavía.
—Yo... —niego, fingiendo indiferencia—. ¿Cómo podría tenerle afecto? Estoy casada contigo.
Tarda varios segundos en acercarse a mí de nuevo, esta vez se sienta de frente a mí.
Analiza mi expresión hasta que termina por negar, levantándose de nuevo hasta el escritorio.
—No hay que ser un genio para saberlo.
—No puedo hacer eso, Declan —replico, confundida—. Estás poniendo palabras donde no corresponde.
—Igual que has hecho tú desde el primer día.
No entiendo nada, así que me acerco a él. Me acerco hasta donde mira por el ventanal.
Se gira hacia mí, y un destello es lo único que me anuncia lo siguiente que hace. Tiene mi puñal en la mano, y ahora me apunta hacia la garganta.
—Este fue un regalito suyo, ¿no? —pregunta, disfrutando de mi alarma—. Yo pude darte una con empuñadura de joyas, no sé por qué juegas con las sobras, amor.
—Declan, ¿qué estás haciendo? —solo de decirlo, acerca la punta más a mí.
—Tú me apuñalaste por la espalda. Desde que lo quisiste así, Rhea. Me cuesta pensar en un momento que las cosas no hayan sido como las decidiste —suelta, y su voz no suena como suya—. Debiste atenerte a las consecuencias de desafiar a un rey, de tu rey. Te burlaste de mí dos veces.
—No me burlé de ti —a pesar del puñal, niego—. Tú sabías que no te quería, que no te amaba.
De repente, tira a un lado el arma y se acerca para sostenerme el hombro hasta que me golpeo contra una de las paredes de piedra. El dolor es palpitante, pero no se compara con lo que sigue.
Ejerce presión, presión de verdad en mi cuello. La respiración me falla, y comprendo que fue un error no avisarle a Hael de donde estaría esta noche.
Trato de respirar, y doy inútiles manotazos a su puño.
—¿Qué... p-piensas hacer? —consigo susurrar.
—Contigo, todavía no lo sé —anuncia con una mirada salvaje—. ¿Qué le harías a un traidor?
No respondo, así que aprieta con más fuerza.