Rhea
Por las luces en la ventana, sé que aún es de madrugada.
La fiesta ha de continuar, y aunque me he planteado romper la ventana para gritar, otro plan resultó mejor si lo pensaba dos veces.
Quiero hacer que Hael pague por esto, y para ello necesito que se crean mi parte en medio de todos los acontecimientos de la noche anterior.
Ahora lo entiendo. Declan lo ayudará a estar con Sylwen. Es un cobarde, tomando en cuenta su situación con Asterin.
Me cuesta pensarlo, pero no tengo otra razón por la que el príncipe quisiera delatarme. No fui tan ingenua al creerle un trato sin condiciones, y creí que estaba cumpliéndolas. No sé cómo no vi lo que tenía en frente.
Me cambio los tacones por botas, ahora que me he propuesto salir de aquí y correr sin mirar atrás al lograrlo.
Forcejeo contra la cerradura por décima vez hasta que por fin desisto y voy hacia una de las sillas del escritorio.
La levanto para estamparla contra la ventana, pero en eso se escucha que llaman con la argolla.
—Su alteza, lo que me pidió anoche —es la voz de Trilaah.
El aire vuelve a mí en gran cantidad, corro hacia la puerta.
—¡Trilaah, ayúdame! —grito contra la madera—. Declan cerró con llave, no tengo idea de dónde podría tenerla.
—¿Rhea? —suena confundida y eso me devuelve un ápice de tranquilidad. Al menos ella no fue como Hael—. ¿Qué sucedió?
—No lo sé, pero tienes que ayudarme, Declan planea algo contra Hael, me lo dijo...
Hay movimiento entre los arbustos, más allá de la frontera del castillo. Eso veo por la ventana. Una sola luz parpadea por un instante, suficiente para confirmar la idea de que no estamos solos. Se acercan.
—Un ataque... —empiezo, entrando en pánico—. ¡Avísale a Declan que se acerca un ataque, avísale!
—Tus excusas son patéticas —la voz suena después de pasos apresurados, como si la chica hubiera podido ayudarme sin tener la llave. Declan se queda en silencio en lo que creo será el tiempo que le toma a mi amiga alejarse hacia la enfermería—. Guarda silencio si no quieres que otros sufran las consecuencias de lo que haces.
—¡Vienen al castillo! —repito, golpeando la puerta con los nudillos—. ¡Haz algo!
—Entonces es una lástima que el capitán no esté aquí —se ríe y me dan ganas de arrancar la puerta de las bisagras—. Él es mejor en estrategias militares que yo.
—¡No estoy jugando! ¡Diles que salgan del salón, avísales!
—No está en mis planes dejarte sola en ese estado. La reina está teniendo ataques de pánico en una noche de presión, necesita al rey a su lado, ¿no lo crees?
Eso les ha dicho a todos para irse de la fiesta.
De puro impulso, tomo la silla y la estrello contra la puerta.
—¿Quieres hacerme daño, Rhea? —se burla Declan, y su voz suena tan cerca que adivino que está sentado de espaldas a la madera.
—Muchos morirán y será tu culpa —digo, sin dejar de estampar los puños contra la puerta.
Él se ríe.
—No, Rhea. Será por culpa tuya.
Las luces se acercan cada vez más, y recuerdo la línea de vigilancia que siempre está de este lado del jardín. No pudo decirles que se fueran de ahí.
Al pegarme al vidrio, vislumbro a apenas diez soldados entre los árboles. Si tuviera la daga, si supiera hacia dónde cayó, podría golpear el vidrio con la empuñadura. Recuerdo esta misma situación en una casa en ruinas a punto de caerse consumida por el fuego.
Preparo el codo y lo golpeo haciendo volar el vidrio hacia fuera en pedazos.
—¡Cuatro líneas de vigilancia alrededor del perímetro, se aproxima un ataque! —es el primer grito que suelto cuando el aire frío me da en la cara—. ¡Avisen al príncipe Hael, el rey está enterado!
Y disfrutando de ello.
Pronto debe darse cuenta de que no bromeo, porque la cerradura se gira y noto que ahora se encuentra a mi espalda, mirando el caos a punto de desatarse al otro lado de la ventana.
No dice nada, se queda inmóvil.
—¿Te das cuenta? —no puedo evitar decirle—. Todos tienen razón cuando dicen que no tienes ni idea de cómo ser rey.
Paso por su lado corriendo, antes de que cambie de opinión respecto a mantener su capricho.
Recorro los pasillos a paso rápido, y cuando por fin llego al salón en el que se celebraba, abro la puerta antes que los guardias.
—Qué incompetentes —suelto, haciéndome camino. Una vez en la escalinata que da al salón, alzo la voz—. Debemos evacuar la zona, ahora mismo. El rey está arreglando líneas de vigilancia, y el resto debe acudir al subterráneo, un ataque está sobre nuestro reino.
El pánico se extiende, y doy la indicación a los idiotas que me han hecho venir porque no cumplieron su trabajo en el tiempo en el que deberían llevar a todos los invitados a un sitio seguro.
¿Quién puede ser esta vez? Valkrety está ocupado con nuestra guardia.
No. Porque nuestra guardia los planeaba tomar por sorpresa.
Decido que debo ver esto por mi cuenta, después de todo. Hael se acerca corriendo a mí, y no doy reparos a nada por ahora.
—Voy a salir —anuncio, y él replica.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Te volviste...?
—Hace rato no dijiste nada frente a mi habitación, harías bien en comportarte del mismo modo ahora.
Abro las puertas de nuevo, sin importarme si va a mi espalda. Grito indicaciones a los guardias que custodian el lugar, desprovista de paciencia.
—El rey queda al frente dentro del castillo.
Y antes de que Hael pueda replicar, le quito la espada que tenía en la funda del cinturón, corriendo hacia las escaleras de caracol que llevan a las celdas. Al final de ese corredor están congregadas las filas de guardias, menores a las que deberían gracias a que el resto está en terreno enemigo.
—Majestad —Calix parece sorprendido al verme, pero no retrocede.
—Tienen prohibido atacar sin antes escuchar indicaciones —digo para todos, ahora junto al consejero a unos pasos de la puerta—. Calix está al mando, y cualquiera que rompa la formación estará fuera de la guardia, ¿está claro?