Rhea
Todo es oscuridad, y la sensación de dolor no ha desaparecido por completo.
Palpo mi alrededor, y noto una sábana bajo mis manos.
Estoy viva, todavía.
Abro los ojos y me descubro en la habitación de Declan, lo que me da ganas de salir corriendo.
Trilaah es quien está a mi costado, y al verle la expresión mi corazón se acelera. Tiene los ojos demasiado hinchados y todavía le corren lágrimas por las mejillas.
—¿Trilaah...? —empiezo, sentándome en la cama a duras penas. Hay hilo sobre la mesa de noche, me cosió la herida.
—M-mi hermano está muerto... —solloza, y de repente se derrumba—. Está muerto, Rhea. Declan... Declan está muerto.
Mi respiración falla, empiezo a negar.
—¿Q-qué? ¿Tu hermano?
—Él era mi hermano, Rhea —dice, pero es como si no hablara conmigo—. Por eso vivo aquí desde que era niña, querían ocultarme del rey, pero mi madre siempre lo quiso cerca.
Una nueva oleada de sollozos llena la habitación y se me llenan los ojos de lágrimas al comprenderla.
Me siento en la orilla de la cama, y al verme mi amiga corre a mi lado.
Le tomo ambas manos con nudillos temblorosos.
—¿Por eso querías...? —susurro, incrédula—. Ella era... era todo lo que tú debiste.
Asiente sin dejar de llorar.
Todo ese tiempo queriendo vengarse.
Por supuesto que la humillaba, porque así era ella. Sin embargo, no supo lo que estaba haciendo. Asterin no supo que humillaba a su media hermana cada vez que despreciaba a la enfermera de su castillo.
No sabía que quien la curaba o cuidaba de necesitarlo era su media hermana. No sabía que había más sangre suya en esta torre, en esta parte del castillo.
La puerta de la habitación se abre y pronto Hael entra corriendo hacia mí.
—Estás viva —dice, arrodillándose para mirarme mientras sigo sentada. Niega, pero sonríe apenas—. Sabía que no morirías, eres una piedra en el zapato, majestad.
De repente una mano se posa en el hombro del príncipe, y me encuentro frente a la princesa Sylwen, que no parece sorprendida con la reacción de Hael. Tiene la cabellera negra trenzada sobre el hombro, vestida de modo mucho más sencillo que la noche anterior, durante la fiesta.
—Lamento su pérdida, alteza —la joven se inclina en una reverencia, toda elegancia.
Asiento, todavía mareada.
—¿No piensas acabar conmigo? —me rio, recordando las palabras del rey al mirar al príncipe—. Eso es lo que querías.
—Lo hice porque no tenía idea de lo que quería —replica, algo más serio—. Porque no había comprendido lo que importa de verdad.
La cabeza me da vueltas, pero en medio de todo logro aclarar las ideas lo suficiente para abrazar a Trilaah.
Hael me cuenta que Declan murió en el castillo y que no se sabe cómo exactamente. No tenía heridas visibles.
En cuanto a Trilaah..., el príncipe ya sabía que era media hermana del rey. Lo supo desde el inicio y por eso nunca dejó de ayudarnos.
También sabía que Asterin haría cualquier cosa para conservar el trono, por lo que no le hubiera importado pasar sobre su hermano, así que ahora se tienen más sospechas.
En parte, también ayudó a Trilaah por eso. Querían alejar a Asterin de la línea de sucesión para mantener a salvo al rey, amigo de la infancia de Hael y hermano de la chica que sostengo entre mis brazos.
Todo pasa sin mí, porque no logro terminar de entender cuántas cosas no supe en su momento y cuántas no sé justo ahora al pensarlo.
Los siguientes días son vacíos, en los que me hago cargo del reino con el temple que se espera de la auténtica reina de Poregrath, la que perdió a su esposo y a su cuñada.
En una de las visitas al pueblo para explicar lo ocurrido, les prometo que no teman a esta nueva etapa de la historia. No puedo dejar el castillo si todo va tan mal y recae sobre mí.
Bajo del estrado a paso lento, uniéndome a Sylwen y Hael en el carruaje, que nos llevará al castillo para la primera reunión sin el rey.
No hablamos tanto de cosas que no estén relacionadas con los nuevos ajustes a la corte.
Porque todos esperan que yo los haga.
En cuanto llegamos al castillo, nos reunimos para cenar, y el comedor se siente bastante extraño cuando Hael me cuenta que ahora puedo sentarme en la silla dispuesta como cabecera.
No sé qué pensar de la forma en que todo cambia tan rápido, pero no es que tema justo a eso. Mi miedo va más allá de eso.
Como siempre, es esa sensación de no controlar nada.
—Majestades —Calix entra en el comedor, parece inquieto—. Hay un asunto para resolver en el salón del trono. Al parecer, un par de comerciantes citados para hoy.
—En un minuto —murmuro, levantándome sin preguntarle nada a Hael.
Poco después noto que tanto él como la princesa me siguen por los pasillos de piedra, pero al llegar y abrir las puertas por mi cuenta sin pedir que me anuncien, me encuentro frente a dos personas que no tienen en absoluto nada que hacer en el castillo.
Ambos, tanto el hombre como la mujer me reconocen, por cómo les falla la expresión de determinación que poseían segundos antes.
Fueron quienes intentaron secuestrarme la primera noche que pasé sola en el bosque, a quienes robé el caballo que me ayudó a escapar.
Primero me los encontré a ellos antes de encontrar al Grupo Escarlata.
—Majestad —Calix llama mi atención—. Vienen a ofrecer provisiones.
En realidad, no están aquí por eso.
Están aquí porque le conté a Hael sobre un par de sospechas.
Parecen confirmadas, a juzgar por la clase de personas que son.
Camino un par de centímetros, sin alejarme demasiado de la entrada.
—¿Trajeron lo que pedí? —pregunto a los guardias sin despegar la vista de los comerciantes.
Uno de ellos asiente, entregándome un pliego de papel.
—¿Qué solicitó? —el comerciante trata de acercarse con duda, pero los guardias le cortan el paso igual que a su esposa.