La monarca de Poregrath

48

Rhea

—Majestad... tiene que tomar la decisión.

—Pronto, si es posible.

—Debería pedirle ayuda al príncipe, de necesitarla.

—Debería tomarse un descanso.

—Tiene que darnos la orden.

Dejo de mirar por la ventana y me vuelvo hacia el consejo cuando todo se vuelve discusión entre ellos. Hasta que estoy al borde.

—¡He tomado una decisión! —grito, desprovista de paciencia—. ¡Se atacará Valkrety, aunque ustedes no quieran hacerlo! El que no desee acatar la orden, enfrentará las consecuencias o puede salir por esa puerta. ¡¿Les queda claro?! ¡Cualquiera puede irse ahora mismo!

Todos asienten, y hacen bien. Han estado molestándome con esto toda la mañana sin importar cuántas veces les haya dicho lo que planeo.

Los vamos a atacar, vamos a hundir su reino.

Hael les pide a todos salir, y nos quedamos solos, incluso Sylwen se va.

—Estás tomando decisiones precipitadas —dice apenas la puerta se cierra—. ¿Sabes cuántas bajas hubo tras lo que pasó en Valkrety?

Me rio, pero no puedo controlar las lágrimas que vienen después.

—¿Que si no lo sé? —un sollozo me desgarra la garganta, me apoyo en el escritorio—. ¡¿Me preguntas si no sé lo que pasó?! ¡¿A qué estás jugando?! ¡Claro que lo sé!

—Rhea, lo lamento muchísimo..., no sabes cuánto, yo...

—¡No! —replico, volviéndome hacia él—. ¡Deja de decir que lo sientes porque nadie lo siente más que yo!

El aire me falta, siento como si fuera a morir, sensación similar de los últimos días.

Es que no puedo vivir. No en un mundo en el que no está él.

—¿Le diste a Viverette el vestido? —logro preguntar, sin dejar de llorar—. ¿Se lo diste?

—Lo hice, esta mañana se fue. Tal como me lo pediste, así lo hice.

Asiento, porque al menos sé que ella estará bien.

No sé en qué momento llegué al piso, tengo la espalda contra el escritorio y un brazo alrededor de mis rodillas.

—Tal vez... —empieza Hael, pero no consigue que lo mire—. Tal vez hubo un error y debamos investigar. Yo sé que quizá...

El sollozo sale como un grito, me quema al salir. Niego, por todas las veces en que eso se me ha ocurrido.

—¡No mentían! —suelto con la garganta ardiendo—. ¡Nadie miente sobre eso!

—Lo sé, pero quizá...

—¡No, Hael! —por fin reúno el valor para mirarlo, sin dejar de temblar—. ¡Está muerto, yo lo sé! ¡Siento cada parte de mí morir con él, porque desde que leí la maldita carta sentí que estaba incompleta, porque él ya no está!

Porque desde entonces absolutamente nada ha sido igual. Porque desde entonces ya no tengo la esperanza de verlo, la esperanza no llega a esta parte del castillo.

Por eso decido ponerme en pie, sin importar lo mucho que mi cuerpo proteste.

—Quiero ir a su habitación —le digo al príncipe, respirando apenas—. Tienes la llave, la cerraste cuando se fue.

—Rhea... —su voz es apenas un susurro, pero continúa—. No hagas esto.

—Sólo quiero ir, Hael —suplico, incapaz de callarme—. Déjame ir, por favor. Quiero estar ahí.

Aunque no vaya a encontrarlo dentro.

Termina por acceder al ver que no retrocederé por nada del mundo, y cuando caminamos por los pasillos ignoro las miradas. Tengo que ir a esa habitación.

Llegamos, y tenemos la puerta en frente.

Hael introduce la llave, pero deja la puerta abierta sin tocarla.

—¿Quieres que te deje sola? —pregunta, a lo que sólo asiento.

El silencio es pesado cuando cierra la puerta de nuevo.

Lo miro todo. Las sábanas, el dosel, los mapas por el escritorio.

Miro los informes dispuestos en montones por la mesa, paso los dedos por la tinta. Sonrío al ver su letra, los millones de cosas que hacía antes de ir a Valkrety. Estaba muy ocupado, y siempre había un momento para verme.

Suspiro al ver la cortina cerrada, la misma que nos ocultó la noche antes de la boda.

En esta habitación le dije lo que sentía.

Voy hacia la cama, me siento el borde y paso la palma por las sábanas.

Este es el lugar que él quería ocupar en el mundo. Fue el capitán de la Guardia Real, después de todo.

Después de habernos separado para que lo consiguiera, sí, lo logró.

No por mucho tiempo. Logré ser reina, sí, lo logré.

Quizá sea por el resto de mi vida.

Como él me lo advirtió tantas veces.

Una noche en particular me viene a la mente, la misma en que ocurrió el ataque en que murieron tantos soldados, en que perdí el control y me derrumbé en sus brazos.

—Puede que viva mi vida entera queriéndote, de verdad —le dije entonces, sin un ápice de culpa—. Puede que viva amándote y que tú seas la única razón por la que quiera seguir adelante, pero será desde la distancia, y eso no te quita valor en mi historia.

—Si querías ser la reina, debiste decirlo antes de hacer planes de futuro con algo distinto en mente, con alguien distinto en mente —el chico pelirrojo frente a mí perdió la paciencia, pero no parecía tan flexible como cada vez que hablamos nosotros solos—. Deja de lado la venganza.

—¿Sabes lo que fue que todos me tacharan de espía? —casi le grité, en medio de temblores de voz y una respiración que no parecía mía—. ¿Sabes que todos lo pensaban porque no tenía nada que ofrecer? Ahora tiene que ser distinto.

Estuve mal. Una y otra vez estuve mal.

No fue por lo que otros dijeron. También fue porque él mismo dijo una vez, me dijo como mentira, que no me querría porque no tenía nada que ofrecerle. No tenía poder que lo introdujera a la guardia del castillo.

Le creí como una tonta hasta la última palabra ese día en que la lluvia borraba poco a poco el afecto que le tenía. O eso creía, porque por supuesto no dejé de quererlo en ningún momento.

Encuentro fuera de lugar un pedazo de madera junto al armario.

Es demasiado pequeño, sólo podría ser uno de los que él solía tallar, como en el campamento.

Jamás voy a entender por qué eso le gustaba tanto.




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