La monarca de Poregrath

49

Rhea

Me detengo a unos pasos del estudio, escuchando murmullos en el interior mientras siento la tiara pesar sobre la cabeza.

Sylwen y Hael.

—Dos semanas, Hael —se impacienta ella, nerviosa—. Dos semanas, no querrá saber nada del consejo, es demasiado pronto.

—Si no hace nada por el ataque, podría considerarse una invitación para ellos —murmura, suspirando—. Debo decírselo, Sylwen. Primero dijo que quería atacarlos, luego lo pospone... Es que... no puedo meterme en sus ideas, ni tampoco puedo aconsejarla.

Se quedan en silencio por un par de minutos.

—Es natural —Sylwen suspira también—. No puedo ni imaginar lo que siente, Hael. Nadie puede hacerlo.

—Si no sale de esa habitación de ninguna forma podremos sacar adelante todo. Ahí trabaja, duerme, trata de ver lo mínimo la luz del sol... Y yo me estoy quedando sin ideas.

—Los padres de Asterin sugirieron que tomes el control, ¿no? Podrías hacerlo.

—Para ella significa mucho llevar la delantera en estos momentos, cielo. No puedo sólo...

Le indico a los guardias que me anuncien, y pronto es silencio lo que reina dentro del estudio.

—Majestad —se inclina Sylwen, a pesar de las veces que le he dicho que no lo haga.

Ambos pasaron la noche aquí, a juzgar por el desastre de papeles. Han tenido demasiado trabajo ahora que las cosas pasan por dos revisiones ya que estoy lejos.

—Espero hayan descansado —murmuro, sin dejar de observar los informes sobre el escritorio—. Porque los informes que redacté no contienen ni la mitad que los de siempre.

—Rhea, ¿podemos hablar? —empieza Hael, pero lo interrumpo levantando una mano.

—He tomado una decisión. O, mejor dicho, el consejo la ha tomado por mí.

Respiro hondo con discreción.

—Se realizará el ataque. Está decidido.

—¿El consejo te lo pidió?

—Rumores del palacio llegaron —termino por decir, esbozando una sonrisa amarga—. Tenemos que hacer algo, después de todo.

Hael no parece nada convencido, pero asiente.

—Iré a avisarles de paso cuando supervise la ronda en el salón del trono —murmura, ordenando unos papeles con nerviosismo sobre la mesa.

—Iremos —replico, abriendo la puerta de nuevo—. Iremos ambos, esto deben saberlo de su reina.

...

Los soldados no dejan de discutir entre sí sobre mi anuncio.

Algunos a favor, otros en contra, otros se dejan llevar por mis amenazas... Realmente no veo las diferencias.

Sylwen trata de poner orden, pero realmente no es algo que se le dé bien si eso significa ella misma.

Es un arte que ha estado practicando hasta la perfección, según veo.

Miro el caos a mis pies desde el trono, que no había tenido ocasión de ocupar.

Se siente... extraño.

Y el lugar está lleno de personas, pero me siento sola.

Debería considerar cambiar las horas en las que me dedico a revisar informes y novedades, porque quizá me está afectando hacer ambas cosas sin compañía.

Sin nadie que me diga que estoy siendo muy precipitada.

De repente, la voz de un soldado se alza sobre las demás.

—La reina no opina nada dentro de todo esto. Es toda una farsa, no es por la mejora del reino.

¿Todos mis arreglos desde el ataque? ¿De eso habla?

Me quedo en silencio, igual que la sala.

Algo que significó mucho en estos días, es que por fin encontré mi daga.

Por eso la arrojo en su dirección y queda clavada en la pintura de un paisaje del reino detrás de él.

Me levanto con calma, alisándome el vestido negro de encaje con todavía más cautela.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —murmuro, y conforme camino el resto me hace espacio bajando la escalinata.

—S-sí, majestad... —empieza, tratando de sonar firme.

Eso me hace sonreír.

—¿Tienes familia? —pregunto, caminando lento a propósito.

—Esposa e hijos, alteza.

—Esposa e hijos, debes tener una familia que te aprecia.

Llego a donde se incrustó el puñal y lo saco por la empuñadura, sintiendo la mirada de Hael sobre mí. Le preocupo.

No es una mentira decir que yo también a mí misma.

—¿En dónde vives? —sigo, mirando distraída el metal.

—Cerca del este...

—Entonces sabrás que nuestros recursos son mucho mejores que en ese lugar de quinta en el que vives. Y sabrás que, para tu familia, deberías llevar lo mejor a la mesa. O todavía peor, deberías llevar algo. Ambas cosas no serían posibles si no estuvieras aquí hoy, trabajando en la guardia, mi guardia.

—Lo siento, majestad, fui un...

—¿Idiota? ¿Imprudente? ¿Qué puedo decir? El mundo está lleno de esas personas, pero todavía hay esperanza. Así que, la próxima vez que cuestiones mis decisiones para el capricho de personas inútiles como tú, piénsalo dos veces.

De ser un día como cualquier otro, habría murmullos de admiración en broma por la corte y los soldados. Eso les costaría un precio que dudo nadie quisiera pagar.

No son secretos mis nuevas formas favoritas de arreglar problemas.

Me dirijo hacia el trono de nuevo, pero esta vez me vuelvo hacia ellos desde el primer escalón.

—Deberían aprender de este soldado —añado con una media sonrisa—. Se ha atrevido a desafiarme. No como todos ustedes, que hablan a mis espaldas.

El pánico recorre la sala, pero no me arrepiento.

—Ahora, las novedades, si Calix es tan amable —digo sin dejar de observarlos.

—Claro, majestad... —empieza este, pero pronto nos interrumpen.

—El capitán Cassander Dritzker, capitán de la Guardia Real presenta sus respetos ante la corona.

La risa que me sale es distinta a la de otros días. Y por supuesto, la forma en que termino de enfurecerme es otra.

—Alguien tiene ganas de morir hoy, al parecer... —murmuro, empuñando la daga—. ¿Quién es el guardia fuera de esta habitación, Hael?

—Rhea, deberías... —empieza el príncipe con nerviosismo.

—¡¡¡Guarda silencio y respóndeme!!!

Nadie habla en la sala, lo que me termina de agotar la paciencia.




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