Cassander
Escucho los gritos en el interior del salón, no recordaba que esa fuera la forma de hablar de Rhea.
Ella no suele imponerse a menos que sea necesario.
—Ustedes, montón de incompetentes, se van a retirar en este instante. ¡Váyanse a terminar el día! ¡Ahora!
Me da una extraña sensación escuchar su voz como lo hago, pero niego para apartar las ideas.
Quizá tuvo una buena razón.
Las puertas se abren frente a mí, ahora que el resto de los soldados que me acompañaban, los pocos que volvieron, se han ido al jardín de entrenamiento.
Es protocolario, sí, pero también tenía muchas ganas de ver a Rhea.
Por eso decido jugar un poco con eso.
—Majestad, le aseguro que mi lealtad y respeto están con usted como en el mismo momento en que me marché del reino —digo, inclinándome ante ella. Sé que debe estar al centro del salón.
—Hemos salido victoriosos, después de todo —añado al no obtener respuesta—. Se han acordado nuevos puntos de fronteras y su plan ha sido un éxito.
De nuevo, no hay respuesta.
Bastante extraño para quien hace unos segundos no dejaba de gritar.
Levanto la vista y siento el mundo detenerse. Mi corazón se parte en pedazos al verla.
Tiene los ojos hinchados, el semblante ausente y ahora mismo le caen lágrimas por las mejillas. A pesar de todo, no dice nada.
—¿Qué está pasando? —digo, sin entender nada.
—El rey no nos acompaña más, capitán —me cuenta Hael, acercándose a nosotros—. Eso, y... malentendidos.
No aparto la vista de la reina, y ella hace lo mismo conmigo.
Me acerco dos pasos. Sólo dos hacia ella.
Pero es suficiente para que un sollozo desgarre el aire, y comience a negar sin fuerzas. Se le acaban, y termina desmayándose.
Como el primer día que estuvo en el palacio, en esta misma habitación, corro para evitar que se lastime.
—¡¿Qué pasa?! —todos los soldados van saliendo de aquí poco a poco. Me vuelvo hacia Hael—. ¿Qué le pasa?
No obtengo respuesta, incluso se queda más estático que antes.
Bajo la vista a mi regazo, en el que Rhea yace inmóvil. Pareciera que duerme.
—Rhea... —empiezo con desesperación, agitándola por el hombro apenas—. Rhea, despierta. ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes, amor?
No obtengo respuesta, así que me limito a hundirme en el pánico sin dejar de pedir ayuda.
...
No la he dejado sola en ningún momento, sin importar cuántas veces escuche la historia de los últimos días, quiero estar con ella.
Ni siquiera escuché novedades, ni me cambié el uniforme.
Me enteré de que ha estado en mi habitación por un tiempo, así que es ahí donde nos encontramos.
Me quedé con ella, sin importar cuántas veces Hael, Sylwen o Trilaah me pidieran lo contrario.
La habitación parece solitaria, aunque ambos nos encontramos en ella.
Es más de medio día y Rhea no ha despertado. Hael dice que suele pasarse el día entero aquí, así que tal vez esta sea la hora en la que descansa habitualmente.
Eso quiero pensar.
Permanezco sentado en la silla que tomé de junto al escritorio, sin levantarme de un costado de la cama.
Parece dormida, en un sueño demasiado lejos de aquí. Pero no hay calma en sus facciones, incluso ahora está preocupada. Tiene el cabello café algo más ondulado que antes, porque es uno de los detalles que noto sin siquiera haber pasado tanto tiempo con ella ahora. Solía tenerlo ondulado, pero estoy seguro de que no era igual.
La observo mientras permanece quieta, angelical. Su piel, bronceada y otra vez llena de cicatrices. Recordatorio de que no estuve aquí para protegerla cuando atacaron.
Es una crueldad lo que le dijeron y empiezo a plantearme quién podría ser el culpable.
Le tomo la mano, sin dejar de mirarla. He deseado hacer eso desde que me fui, quise decirle mucho más antes de dejarla.
Suelto su nudillo cuando noto que uno de sus dedos se mueve.
No sé qué esperar.
Poco a poco se incorpora, y en el instante en que me ve retrocede en la cama, abrazándose las piernas con desesperación.
—Rhea... —empiezo con calma, pero se adelanta.
—No, por favor... —susurra, y de no estar solos no la habría escuchado. Baja la cabeza contra sus rodillas—. Por favor, vete.
No digo nada y eso hace que siga.
—Vete, Cass —repite con la voz rota—. Te prometo que no te necesito, puedes irte tranquilo. Puedes... puedes hacerlo, pero por favor no me hagas esto.
—¿Hacerte qué, mi amor?
—No quiero que te detengas por mí, puedes... p-puedes irte t-tranquilo.
No puedo soportar más lo que se está haciendo.
—Rhea, estoy aquí contigo. Te lo prometo, no estoy mintiendo. Alguien manipuló las cartas.
Despacio, alza la vista hasta que nuestras miradas se encuentran.
—Quiero saber quién lo hizo tanto como tú, pero te aseguro que estoy aquí. No eres tú jugándote ninguna broma.
Su mirada no se aparta de mí, y a diferencia de cuando la vi al llegar, ahora claro que siente. Ya no es vacía, como quizá mucho tiempo antes.
Se acerca, y espero hasta que se sienta tranquila. Apenas reúne la valentía para llevar los dedos hasta mi mejilla, me acaricia con inseguridad. Le devuelvo el gesto, esbozando una sonrisa triste.
Entonces ocurre lo inevitable. Se aferra a mi cuello como nunca antes hasta entonces, y yo la estrecho contra mí.
Me rompe su llanto, pero es todavía peor saber cuántas veces ha pasado por momentos similares en los días anteriores.
Y yo no estuve con ella.
Se aparta un poco, sin soltarme, y su mirada es un peso sobre mis hombros.
—Estás... estás aquí —susurra, ahora suena a una afirmación—. Estás aquí c-conmigo. Y-y no te piensas ir pronto.
Niego, llevándome sus lágrimas con las yemas de los dedos. Sirve de poco, porque no deja de llorar sin importar cuánto la abrace.
—Sigue en pie irnos, ¿verdad? —murmuro, sin apartarme de ella ahora que de nuevo esconde la cara en mi pecho—. No te arrepientes.