La monarca de Poregrath

51

Cassander

—Me gustaría informales, majestades, que la corona ha tomado una decisión —Rhea habla frente a Sylwen y Hael, haciendo una reverencia—. El ataque será retrasado a causa de nuestro éxito en la frontera. Y se dice retrasado, porque nunca se sabe qué pasará en el futuro.

Estamos en el estudio, y se nota un cambio impresionante en el ambiente.

En especial porque ahora, como muchas otras veces en esta misma habitación, no me encuentro lejos de Rhea.

Esta vez sostengo su mano mientras habla.

—Aunque quisiera estar de acuerdo contigo y cerrar el asunto, deberías saber algo —murmura Hael, instándola a acercarse—. Ahora sabemos quién estuvo detrás de los últimos días. Desde el ataque hasta...

—No puede ser... —susurra Rhea, negando—. Olvidé por completo mencionar eso.

Con todo el alboroto, casi me olvido de las novedades.

—Se cree que Valkrety se asoció con un grupo comercial, y posiblemente... —empiezo, pero ella se adelanta.

—No —replica Rhea, nerviosa—. No fue un grupo comercial. Se asociaron con Asterin, ella fue quien nos traicionó.

Hael ni siquiera se sorprende, a diferencia de Sylwen.

—¿Cómo fue eso exactamente, Rhea?

—Si no te molesta, preferiría no hablar de ello —Hael suspira, pero parece distante—. Es algo que quiero olvidar.

Rhea me contó un poco al respecto, pero la verdad no puedo sorprenderme, me siento igual que el príncipe.

—En cuanto a Declan... —siento cómo la reina aprieta nuestros nudillos de repente—. Creo que sé qué ocurrió. Asterin... estaba cegada por la corona. Creo que no le importó demasiado... Si después de igual forma quiso hacer lo mismo conmigo...

—Ella intentó...—empiezo, pero Rhea asiente sin más—. ¿Viste cuando Declan...?

—No, no sé qué sucedió con él con exactitud, ni cuándo.

—Fue ella quien manipuló las cartas —suelta Sylwen, esa muchacha tan tranquila ahora parece furiosa—. No puedo creer lo bajo que cayó.

—No puedo culparla en esa parte.

El tono de Rhea me sorprende, tanto que me vuelvo para mirarla.

—Es que... —empieza, y apenas pronuncia un par de palabras su voz es temblorosa—. ¿Cómo no estaría molesta conmigo? Si éramos un reflejo. Ella de lo que me convertía, y yo era lo que quería tener. Y... tuvo razón, después de todo. Jamás olvidaré esos días, así que tiene ese punto a su favor.

—¿Ella te dijo eso? —no puedo evitar la pregunta, irritado—. ¿Que no la olvidarías?

Asiente con gesto distante, pero pronto continúa.

—Por eso... decidí irme y dejarles las cosas —Rhea sonríe, inclinándose ante el príncipe y la princesa—. Porque ustedes serán mejores gobernantes que yo.

—¿Estás segura? —Sylwen suena indecisa, mira a Hael unos instantes—. El capitán puede seguir trabajando aquí mientras ella es la reina, ¿no?

—En eso tienes razón —la reina se vuelve a mirarme—. Si me voy del castillo, ¿quisieras seguir trabajando aquí? Al final, una cosa no afecta a la otra.

Niego, sin dejar de observarla.

—Si tú renunciarás a tu sueño, entonces haré lo mismo —termino por decir, sin una sola duda—. Pero tú no tienes que hacerlo. Lo que dice la princesa es cierto, podemos vivir como hasta ahora.

—Yo no. Yo ya no puedo hacerlo.

—Los dejaremos solos, alteza —Sylwen se aleja hacia la puerta y pronto indica al príncipe seguirla.

No parece estar convencido al respecto, pero termina por acceder.

—¿Por qué no quedarte con la corona? —pregunto apenas la puerta se cierra—. Eso es lo que querías.

—No —replica, y la angustia se trasluce en su voz—. Sólo quiero...

Niega, y por fin la distancia se acorta entre nosotros. Se acerca para abrazarme y le devuelvo el gesto, sintiendo quizá más de lo que debería con la reina y su capacidad de doblegarme.

No necesita una corona para conseguirlo.

—Entonces... ¿a dónde iremos después de esto, mi reina?

—Dijiste que tenías una idea.

—La tengo, pero las tuyas siempre son mejores.

Sonríe, y no le falta más para abrazarme.

—Debería contarte que esa casa me trae uno que otro recuerdo —digo, sin dejar de acariciarle el cabello—. Pero no tengo problemas con hacer muchos más.

—¿Es la casa del este? —pregunta, emocionada—. ¿Es tuya?

—Sí, es mía. Esa en la que las cosas fueron muy buenas para mí. Espero que todavía puedan serlo para ambos.

Decido contarle esto porque no quiero hacerlo después y arruinar los momentos.

—Rhea...

—Cass...

—Koren desapareció del reino. De los alrededores, mejor dicho.

Se separa para mirarme, alarmada.

—¿Entonces?

—No creo que esté cerca —sigo, tranquilizándola—. Realmente no tiene nada más que hacer por aquí, porque quizá lo que hizo Asterin estuvo ligado con él. Había soldados del campamento en ese ejército, no todos, pero ahí estaban. Eso fue lo que me contó Calix. Envié soldados esta mañana al llegar aquí, apenas me enteré. Pero nadie ha tenido suerte.

—Lo que hicieron... no puede llamarse de ninguna forma —murmura y coincido.

—Sé todo lo que hizo.

Analiza mi expresión, y a diferencia de lo que imaginaba, sobre que me recalcaría advertirme antes, no es eso lo que pasa.

—Cass, lo siento mucho.

—No lo sientas —replico, y de nuevo me abraza con fuerza—. No lo sientas para nada. Es mejor así, lejos de cualquiera al que pueda hacer daño.

Asiente contra mi pecho, y cuando me mira ahora es con determinación.

—Estaré contigo, no tienes de qué preocuparte, capitán.

—Espero que en el futuro no nos refiramos al otro así, majestad...

Se ríe y yo cierro los ojos. Nunca se irá esa costumbre, estoy seguro.

—Vamos a tardar bastante en dejar de hacerlo —Rhea sonríe, y no tardo en inclinarme hacia ella para besarla.

No es un beso inocente, se parece al último que nos dimos. Ahora mismo no estoy seguro de cuál fue más fantasía que el otro, y trato de pensar que se trata de este momento. Porque entonces creí que me despedía de ella.




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