La Montaña Sin Cumbre

Parte I · 1. La grúa

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LA GRÚA

Dalmi Oru bajó del glaciar con treinta y dos kilos a la espalda y la sensación de que alguien le debía dinero.

Cargaba los restos de una expedición coreana que había renunciado a cuatrocientos metros de la cumbre, cuando el jefe vio en el pronóstico una semana de viento y en la cara de sus clientes otra semana de cansancio. Llevaba las cuerdas fijas que nadie iba a usar, una tienda de altura enrollada y tres botellas de oxígeno vacías que valían más que su sueldo de un mes. Las botellas sonaban entre ellas con un tintineo de cocina, y ella había aprendido a caminar de manera que sonaran menos, porque el ruido le recordaba lo que valían.

Pensaba en kilos, porque así pensaba casi todo. La montaña de los coreanos había costado, en su cuenta, unos ochocientos kilos subidos y seiscientos bajados. La diferencia se había quedado arriba en forma de comida, combustible, mierda y dos tiendas que el viento se llevó la segunda noche. Eso le parecía bien. Lo que no le parecía bien era que la paga fuera por días y no por kilos, y que los días se hubieran acortado justo cuando la carga se puso más pesada.

Le decían la grúa desde hacía doce años, desde que un guía francés la vio levantar a un cliente caído con una mano y la cuerda en la otra. Tenía las manos grandes para una mujer y grandes para un hombre. Los nudillos eran anchos y la piel del dorso se había partido tantas veces con el frío que ya no se partía. A los clientes les gustaba mirarlas en el campo base, junto a la estufa, cuando ella se sacaba los guantes. Algunos le pedían permiso para fotografiarlas, y ella cobraba la foto con una tarifa que había ido subiendo a medida que entendía cuánto les gustaba.

El pueblo de los porteadores estaba a dos días de la morrena, al fondo de un valle que olía a humo de enebro y a gasolina. En los mapas de los porteadores se llamaba por el nombre del puente, que era lo único que había para nombrar. Había un almacén que vendía pilas, harina y cigarrillos sueltos, dos albergues para extranjeros, una casa de té y una oficina donde las agencias anotaban en un cuaderno grasiento quién estaba disponible para la temporada siguiente. En el almacén fiaban hasta fin de mes, y a fin de mes todos los porteadores aparecían a pagar con la misma cara de perro mojado.

Dalmi entregó la carga en el depósito de la agencia y firmó el papel. El encargado contó las botellas dos veces, porque la temporada anterior faltaron dos y alguien tuvo que pagarlas, y ese alguien no fue la agencia. Ella lo dejó contar. Después cruzó a la casa de té, pidió té con mantequilla y se sentó junto a la estufa con las botas puestas, a sentir cómo se le ablandaban los hombros, músculo por músculo, empezando por el cuello.

En una mesa jugaban a las cartas tres porteadores de su valle. Teshar, el mayor, le habló sin dejar de mirar su mano.

—Te anduvo buscando un extranjero.

—Siempre me andan buscando extranjeros —dijo ella, sin abrir los ojos.

—Este pagó la ronda.

Ella contó cinco tazas vacías en la mesa. Eso era un extranjero que quería algo con suficiente urgencia como para gastar dinero en los que podían hablar bien de ella. Teshar le contó que venía sin agencia, con una mujer, y que había preguntado por la grúa con esa misma palabra, en inglés. Alguien en otra montaña le había dado el apodo. Un extranjero sin agencia no le pagaba comisión a nadie, y esa comisión podía terminar en el bolsillo de ella si sabía hablar.

Se quedó dormida en la silla. Despertó con alguien de pie frente a la estufa, mirándola con una paciencia que no se veía cómoda.

Era un hombre alto, de unos cincuenta años, con la barba canosa y una chaqueta de pluma de las caras, de las que llevan el logo bordado en el hombro. Tenía la cara de los que subieron montañas alguna vez y después pasaron demasiado tiempo en oficinas. La nariz estaba quemada de un sol viejo, pero las manos eran blandas, con las uñas cortadas por alguien que no era él.

—¿Dalmi Oru?

—Depende de para qué.

Él sonrió y se sentó enfrente sin preguntar. Pidió dos tés más con un gesto, sin mirar a la dueña, y Dalmi anotó el gesto en contra. Se presentó como Henrik Aasen. Con un inglés limpio y lento, de hombre acostumbrado a que lo entiendan, le dijo que buscaba una porteadora de altura que conociera un valle del norte.

—Naciste en el valle de Thoe —dijo.

Ella dejó la taza. Nunca había oído ese nombre en boca de un extranjero, porque los extranjeros no iban a Thoe. En ese valle había una sola montaña, y esa montaña no estaba permitida para nadie.

—En Thoe no hay trabajo para porteadores.

—Por eso pago el triple.

El triple de una temporada alta era la casa de su madre. Lo calculó antes de que él terminara de hablar, en el tiempo que le tomaba decidir si un puente de nieve aguantaba sus kilos. Un techo de lata nueva y una estufa que no tirara el humo para adentro, tres años de cargar para otros resumidos en un solo viaje.

—¿Qué montaña? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Henrik sacó del bolsillo interior una hoja doblada en cuatro. Era la fotocopia de una página manuscrita, con columnas de números y una letra inclinada, apretada, de otro siglo. Al pie había una línea escrita con tanta fuerza que la pluma había rasgado el papel. Él puso el dedo sobre un número.

—Q9. La altura oficial dice 7.962 metros, pero cada medición da otra cosa, y hay quienes juran que pasa los 8.000. Es la montaña sin subir más alta del mundo. Ni siquiera tiene nombre.

—Sí tiene —dijo Dalmi, sin tocar la hoja—. Ilvaran.

Lo dijo bajito, y la dueña de la casa de té, que limpiaba la tetera grande junto a la puerta, dejó de limpiar. Teshar levantó la cara de las cartas. Nadie habló durante el tiempo que tarda una tetera en volver a hervir.

Henrik midió el silencio con su cara de medir pendientes, y pareció contento de haber dado con la persona correcta. Repitió el nombre con la erre dura de su lengua y preguntó qué significaba. Ella se lo tradujo.




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