La Montaña Sin Cumbre

Parte II · 6. Un gramo de más

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UN GRAMO DE MÁS

Armaron el campo base el primero de octubre, en una explanada de morrena a medio día de marcha de la línea, que con los relevos les tomó dos. Era un lugar feo y bueno. Tenía agua, rocas grandes contra el viento del oeste y, hacia el norte, la pared de Ilvaran ocupando todo lo que se podía mirar sin levantar la cabeza. Arriba de la pared estaba la nube, quieta, con el borde inferior tan nítido que parecía cortado con cuchillo.

Dalmi decidió dónde iba cada cosa antes de soltar la carga, porque un campo base se arma una vez y se sufre todos los días. Las tiendas detrás de la roca más grande, con la puerta al sur. La cocina abajo del viento, para que el humo del queroseno no se metiera en los sacos. La letrina lejos del arroyo y más abajo que el arroyo, porque nadie quiere tomarse el té de nadie. En la morrena las estacas no agarran, así que cada viento de las tiendas iba amarrado a una piedra del tamaño de una cabeza, con dos vueltas y un medio nudo, y la piedra enterrada bajo otras. Los bidones de queroseno quedaron a la sombra, tapados con una lona, y los cartuchos de gas para la montaña en cajas aparte, contados, con el número escrito en la tapa con carbón.

Fue al volver por la segunda carga, la que había dejado apoyada contra una roca, cuando lo notó. Se agachó, metió los brazos en las correas y se paró con las rodillas, en un solo movimiento, como lo había hecho diez mil veces. El movimiento le salió bien. El cuerpo, en cambio, le avisó de algo, y ella se quedó quieta con la carga puesta, esperando a que el aviso se aclarara.

La había pesado en Thoe con la romana. Treinta y dos kilos justos, con el brazo de la romana horizontal y Teshar asintiendo. Ahora la cuenta daba treinta y dos y algo, un algo que no llegaba a medio kilo y que estaba ahí, en el punto bajo de la espalda que no se le iba nunca del todo.

Cuando era niña, su madre la mandaba a comprar harina a un almacén del caserío, y el almacenero ponía el pulgar en el plato de la balanza cuando creía que nadie lo miraba. Dalmi lo sentía en el codo, de vuelta a casa, con la bolsa colgando. Un día volvió y le dijo que faltaban dos puñados. El viejo pesó de nuevo y faltaban dos puñados. Desde entonces le daba de más sin que ella lo pidiera, y le tenía miedo.

Se sacó la carga y la volvió a levantar, con el mismo resultado. El cansancio pesa en las piernas, y esto pesaba en la lona. La llevó hasta la cocina y no le dijo nada a nadie.

A media tarde, con las tiendas ya tensas, Teshar no dejó que nadie bajara al borde del hielo. Juntó piedras planas de la morrena y levantó con ellas un altar a la altura de su cintura, de cara a la pared, con una laja ancha arriba a modo de mesa. Kelu le pasaba las piedras sin que se las pidiera, elegidas de una en una, las más planas primero. Varo se sentó en su carga a mirar, con los brazos cruzados, y cuando Teshar le pidió una piedra se levantó y se la llevó.

Teshar había traído de Thoe un atado de ramas de enebro envuelto en un trapo, y una tira de banderas nuevas, de cinco colores, que le había comprado al monje joven por el doble de lo que valían. Prendió el enebro sobre la laja con tres fósforos, porque los dos primeros se apagaron, y sopló hasta que la rama verde soltó un humo blanco y espeso. Era el olor de todas las cocinas del valle en invierno, y a Dalmi se le apretó algo debajo de las costillas. Después Teshar amarró un extremo de la tira a una piedra del altar y el otro a la roca grande, con un ballestrinque con gaza, que se suelta tirando de la cola, y las banderas quedaron colgando en una curva floja por encima de las tiendas.

Se arrodilló frente al humo, con la cara hacia el glaciar, y habló en kesh en voz baja, sin tonada. Dalmi lo oía desde la cocina. Le pidió perdón a la montaña por las botas, por el hierro de los crampones y por las cuerdas que le iban a clavar en el cuerpo. Le dijo que sabía que a ella no se subía, que nadie de su casa la había subido nunca y que él tampoco la iba a subir, solo a cargar las cosas de otros hasta donde lo dejara. Le dijo que tenía tres hijas. Le pidió que lo dejara volver con los mismos dedos con que había llegado.

Henrik se acercó con la gorra en la mano y se quedó de pie detrás de Teshar, con la cabeza inclinada, por educación. Ilya filmó desde lejos con el lente largo, y a la mitad bajó la cámara sin que nadie se lo pidiera.

—¿Qué está diciendo? —le preguntó Henrik a Dalmi, en voz baja.

—Pide buen tiempo —dijo ella, y siguió pelando papas.

Cuando Teshar terminó, Dalmi se limpió las manos en el pantalón, sacó un pellizco de harina de cebada de la bolsa de la cocina y lo tiró sobre las brasas del enebro, lo que hacía la abuela en la puerta de la casa cada primer día del año. No se arrodilló. La harina chisporroteó un momento y olió a pan quemado.

El humo subía recto en el aire quieto, se ensanchaba a la altura de las banderas y se perdía contra la roca gris de la pared. La nube no se movió. A media altura de la cara, donde ya daba la sombra, se soltó un pedazo de cornisa y bajó en un polvo blanco que se deshizo en el glaciar, y el ruido llegó mucho después, un trueno corto, de portón de bodega que se cierra de golpe. Teshar no levantó la cabeza.

Antes de la cena Dalmi bajó con la olla grande a buscar agua. El arroyo salía de debajo de una lengua de hielo sucio y corría hacia el sur por una pendiente tan suave que el agua se abría en hilos entre las piedras. Los hilos no se abrían parejos. Los de la orilla norte, la que miraba a la montaña, llevaban casi toda el agua, y los del sur se secaban en charcos quietos. El arroyo entero iba cargado hacia la pared, una mula mal aparejada que camina recto con todo el bulto en un costado. Veinte pasos más abajo, donde la explanada era plana del todo, el agua había hecho una poza, y la poza se había estirado hacia el norte hasta mojar piedras un palmo más altas que su borde sur.




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