La Montaña Sin Cumbre

Parte III · 13. A gatas

13

A GATAS

Dalmi rehízo las cargas la mañana del catorce, con la tienda abierta para que entrara la luz y los bultos de los porteadores vaciados sobre la nieve. Teshar, Kelu y Varo se habían llevado lo suyo y nada más. Habían dejado las cuerdas, la comida de altura, las dos tiendas pequeñas, el combustible y las cuatro botellas de oxígeno. Habían dejado también a Ilya. Ella no miraba hacia ese lado. Miraba los montones.

Sacó la cuenta en voz baja, en su idioma, con los dedos. En el pueblo del puente cargaba treinta kilos sin pensarlo. Aquí cada cosa pesaba un quinto más que abajo, que no parece mucho hasta que se suma a los siete mil metros, donde el corazón ya trabaja con lo justo, y lo que había medido con la mano un día ya no le servía al siguiente, porque la montaña cobraba algo más con cada metro. Paula calculaba que arriba sería la mitad más. Si arriba todo pesaba la mitad más, sus treinta kilos de siempre eran veinte, y con lo que la altura le quitaba a cada uno, quince, y entre tres, sin porteadores, eso daba para dos tiendas, la grande y una pequeña, un hornillo, ocho cartuchos de gas, comida para seis días, la cuerda corta y el gravímetro de Paula.

Los cartuchos los contó dos veces. Para tres personas la regla pedía uno y medio por día. Ocho cartuchos daban para cinco días con la regla y para ocho sin ella. Dalmi eligió sin decirlo en voz alta, porque el gas era lo que más pesaba de lo que no se podía dejar, y los seis que sobraban los apartó junto a Ilya, en un depósito que marcó con una vara.

De las cuatro botellas de oxígeno dejó dos junto a Ilya, en una bolsa amarilla, atada a la misma vara, para que se viera desde lejos, porque nadie las había necesitado hasta ahí y cada una pesaba lo que un saco de cinco kilos de arroz. Henrik quiso llevar las otras dos. Ella le dejó una y metió la otra en su propia carga.

—Nadie las ha abierto desde el campo base —le dijo, y le hizo una seña para que la guardara al fondo de la mochila, pegada a la espalda.

Armó las cargas por capas, lo blando abajo y lo del día arriba, en el orden que su madre le había enseñado con sacos de cebada. A media tarde tuvo que desarmarlas todas, porque ese orden servía para gente que camina de pie.

Se dio cuenta Henrik primero. Había salido adelante, con el paso largo de los hombres que aprendieron a subir cuando eran jóvenes y nadie les avisó que el cuerpo se olvida. A los doscientos metros se detuvo a mirar hacia arriba, recto, con el piolet clavado. Después se dobló sin ruido y cayó sobre las rodillas, de lado contra la pendiente.

Paula llegó a su lado antes que Dalmi. Él estaba consciente, con la cara del color de la nieve sucia, y decía que no era nada, que había visto el cielo de un gris de televisor viejo y después nada.

—Te paraste muy derecho —dijo Paula, con dos dedos en su cuello, contando con los labios.

—Me levanto bien —dijo Henrik, y se levantó.

Dalmi vio cómo le pasaba otra vez, la cara que se le vaciaba desde la frente hacia abajo, y alcanzó a sujetarlo de la correa del pecho antes de que cayera. Lo sostuvo con las dos manos; ya pesaba más que un hombre, y sintió en los hombros el tirón exacto de la carga que se cae hacia el lado malo de la mula. Una caída de un metro, en esa montaña, iba a ser pronto la de uno y medio, y más arriba la de dos. Ilya se había caído dos.

Lo dejó sentado y probó ella misma a ponerse recta, con la cabeza alta y sin carga. Contó hasta ocho. En el ocho el borde del mundo se puso ceniza, primero en las orillas y después hacia adentro, un anillo gris que se cerraba, y el corazón le golpeó en los oídos. Se dejó caer de rodillas antes de que el anillo terminara de cerrarse, y con las manos en la nieve la vista le volvió con los colores lavados.

—A gatas —dijo, todavía mirando la nieve entre sus manos.

Henrik la miró desde el suelo. Ella vio que le iba a decir que había subido dos ochomiles de pie, y vio también que no lo dijo.

Desarmó las cargas ahí mismo. En cuatro patas la mochila ya no cuelga de los hombros, se apoya en la espalda entera, de la nuca a la cintura, y empuja el vientre hacia el suelo. El peso tiene que ir bajo y repartido, en un bulto largo y plano, la carga de un burro. Movió el gravímetro al centro, envolvió el hornillo en la ropa de repuesto, bajó la comida hasta los riñones y apretó las correas de la cintura hasta que le dolieron los huesos de la cadera. Lo que no cupo lo metió en una bolsa de arrastre, amarrada con un cordino al arnés, porque una bolsa arrastrada pesa menos que una cargada, y la mitad se la lleva el suelo. Después cortó en tiras un colchón de espuma y les hizo rodilleras a los tres, con dos vueltas de cinta adhesiva por arriba de la rodilla y dos por abajo, para que no se corrieran.

Avanzaron así el resto del día. Primero una mano, después una rodilla, después la otra mano, con la cabeza gacha y la nuca al aire. En cualquier otra montaña esa ladera se subía conversando. Aquí cada metro costaba un tramo de escalera con un saco de cemento en la espalda, y cada vez que Dalmi levantaba la cabeza para ver el camino, el gris le volvía a las orillas de los ojos.

A media tarde se quitó un guante para comer y se miró la mano. Tenía la palma enrojecida y los dedos gordos, de un color oscuro que no les conocía. Debajo de la uña del índice derecho había una mancha morada del tamaño de una lenteja.

—La grúa camina con las manos —dijo Henrik, en cuatro patas a su lado. Quiso que sonara a broma, y ninguno de los dos se rio.

Esa noche durmieron en una repisa, metidos los tres en la tienda grande con los sacos encimados. Nadie pudo dormir de espaldas. Boca arriba, Dalmi tenía que levantar las costillas con cada respiración, y cada respiración se volvía un trabajo de brazos. Terminó boca abajo, con la cara sobre los antebrazos, en la postura en que se duerme en el suelo de una casa de té cuando no quedan camas.




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