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ADENTRO DE LA CAMPANA
Esa noche armaron la tienda pequeña en la boca superior del serac y durmieron poco, apretados, con el zumbido en los oídos. Al amanecer del veintiuno enterraron los piolets ahí mismo, donde el hielo azul se acababa y empezaba la nieve blanda. Dalmi cavó el hoyo con las manos, metió los dos piolets con las cabezas hacia abajo y encima puso una piedra plana del tamaño de una tapa de olla. La piedra se movió sola un dedo hacia arriba antes de asentarse, y Dalmi le puso otra encima, más grande. Los crampones se los dejaron puestos los dos, porque sin ellos no había cómo agarrarse a la nieve dura de más arriba. Henrik la miraba tendido de costado, con la mejilla en la nieve.
—¿Vamos a volver por eso? —preguntó, con la voz aplastada contra el suelo.
—Yo voy a volver por eso —dijo ella, y apretó la segunda piedra con la rodilla.
Él no contestó. Tenía la mirada puesta hacia arriba, donde la pendiente se perdía en un blanco que no se parecía a la niebla ni al cielo. Desde el campamento cuatro la nube se había visto quieta, una tapa puesta sobre la montaña. Desde ahí se le veía el borde, a unos treinta metros, nítido.
Dalmi había leído nubes de cumbre toda la vida, porque de ellas dependía si al otro día se cargaba o se esperaba. Una nube de cumbre se arma en la mañana y se deshace en la tarde, o se estira hacia un lado en una bandera de nieve cuando el viento de arriba sopla fuerte, o baja en forma de sombrero cuando viene el mal tiempo. Esta no tenía bandera. El viento le pasaba por los costados, se le veía en el polvo de nieve que levantaba de la arista de la derecha, y la nube no se corría ni un palmo. El borde tampoco se deshilachaba, y eso, en una nube, Dalmi no lo había visto nunca.
Antes de entrar se ataron con la cuerda que les quedaba. Los mosquetones eran de acero y se habían quedado en la terraza con lo demás, así que Dalmi hizo lo que hacían los viejos del valle antes de que llegaran los hierros. Pasó la cuerda dos veces alrededor de la cintura de Henrik y le hizo un as de guía con la mano derecha sola, mientras con la izquierda le sostenía el hombro para que no rodara. Era el primer nudo que se aprendía en el pueblo del puente, y se aprendía con una sola mano porque la otra, decían los viejos, siempre estaba ocupada sujetando a alguien. Ella lo había aprendido a los quince, con un porteador que le pegaba en los dedos cuando la gaza le quedaba floja. Henrik miró el nudo y dijo que era bonito. Ella se ató el otro extremo de la misma manera y dejó entre los dos unos cuatro metros de cuerda.
Después se tendieron boca abajo y empezaron a arrastrarse.
Dalmi pesaba sesenta y un kilos en la balanza de la agencia. Ahí pesaba casi el doble, y ese peso estaba mal repartido, porque lo había cargado el cuerpo y no ella. Le pesaban los párpados y la lengua, que se le iba hacia un lado dentro de la boca. Le pesaba el cuaderno de Paula, metido en la chaqueta contra el esternón, que en el valle habría pesado lo que pesa un pan.
Avanzaban empujando con los codos y las puntas de las botas, un palmo por empujón. Entre uno y otro había que quedarse con la cara de lado, respirando, hasta que la sangre volviera a la cabeza y el gris de la orilla de los ojos se retirara.
En el glaciar le había enseñado a Paula el paso de descanso. Paula lo había aprendido en una madrugada y lo había anotado con un dibujo de palitos. A gatas no había rodilla que bloquear ni hueso que cargara nada. Todo lo hacían los codos, los hombros y el vientre contra la nieve, y no había un solo momento del empujón en que el cuerpo se apoyara en otra cosa que en sí mismo. Dalmi buscó el descanso de todas maneras, de puro oficio, en el momento en que el codo se clavaba, y no lo encontró en ninguna parte. La cuerda se tensaba y se aflojaba con un ritmo que Dalmi empezó a contar de pura costumbre, porque contar era lo que hacía su cabeza cuando el cuerpo no podía hacer otra cosa.
Cruzaron el borde de la nube pasado el empujón ciento cincuenta. No sintió nada al cruzarlo, salvo que la luz cambió.
La luz de adentro venía de todas partes a la vez, fría y pareja, del color de la leche aguada, sin un lado claro ni un lado oscuro. Dalmi tardó en darse cuenta de lo que le molestaba. Puso la mano derecha abierta sobre la nieve, frente a la cara, y vio que no tenía sombra, ni siquiera debajo de los dedos, donde siempre hay. Los nudillos anchos, las cicatrices del dorso y la uña partida del pulgar se veían con una claridad de vitrina de joyería, planos y sin hondura. Retiró la mano y la escondió bajo el pecho.
La nieve caía de lado, y no había viento. El aire estaba quieto y espeso, y los copos pasaban junto a su cara en líneas rectas, todos hacia arriba y hacia el centro de la nube, sin girar ni temblar.
Un relámpago abrió la nube por la izquierda, una rama blanca de muchos dedos que quedó un instante pegada en el aire. Dalmi esperó el trueno con los hombros encogidos y contó hasta veinte. El trueno no llegó, y la falta le quedó adentro del pecho, un golpe que se había quedado sin dar. Hubo otro relámpago, y otro, siempre sin ruido.
El aire sonaba con un zumbido bajo y parejo, el de las ollas grandes de Thoe cuando las golpeaban con la palma para llamar a comer y el metal seguía cantando mucho después de que nadie lo tocara. Dalmi lo sentía más en los dientes que en los oídos.
Respirar era lo peor, porque era fácil.
En el Cuello de Botella todos habían respirado con la boca abierta, con un silbido corto, tres o cuatro veces por cada palmo, y hasta el borde de la nube Dalmi había llegado a seis. Desde el borde de la nube el aire le entraba hondo, con un sabor húmedo de mañana de valle con río. Levantar el pecho contra la nieve era trabajo de brazos, pero lo que entraba era bueno, y su cuerpo lo agradecía con una gratitud animal que le daba asco.