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TRES ALTURAS
El albergue de arriba era el único del pueblo con vidrios dobles y enchufes que funcionaban toda la noche. Ahora cobraba en dólares hasta el agua caliente, y Dalmi llegó a las ocho menos cinco, porque el que llega antes elige la silla, y eligió la que daba a la puerta.
Henrik bajó a las ocho en punto, afeitado y con una camisa de franela que lo hacía ver más joven. Detrás venía una mujer delgada, de pelo negro amarrado de cualquier manera, leyendo una computadora abierta mientras bajaba la escalera, y no se cayó de pura suerte. Henrik la presentó como Paula Lucero, física, y ella lo corrigió sin sacar los ojos de la pantalla: geofísica, al menos ahora, porque la física de partículas ya no le importaba a nadie.
El inglés le salía rápido y cantado, con las erres suaves. Giró la pantalla hacia Dalmi y solo entonces la miró, con unos ojos oscuros y muy despiertos que se detuvieron en sus manos un segundo más de lo educado.
—Perdón —dijo—, me habían dicho que eran grandes, pero no tanto.
—La foto se cobra aparte —dijo Dalmi, y dejó las manos donde estaban, sobre la mesa.
Paula se rio con una risa corta, de nariz, y murmuró algo en su idioma, «me caés bárbaro», que sonó a elogio.
En la pantalla había un mapa de colores. Dalmi conocía los de los pronósticos, donde el rojo era el chorro de viento que rompe las tiendas. Este era la cordillera completa vista desde arriba, con una mancha de colores suaves que subía y bajaba con las montañas. En un punto del norte la mancha se cerraba sobre sí misma en un círculo apretado, rojo oscuro en el centro, que no seguía la forma de ninguna montaña. Parecía un moretón, de los que salen días después del golpe.
—Esto es la gravedad —dijo Paula—, o mejor dicho las diferencias de un lugar a otro, porque donde hay más masa abajo la gravedad tira algo más. Esto lo midió hace tres años un avión de una minera que exploraba el valle vecino, y nadie le prestó atención porque no buscaban eso.
Dalmi puso el dedo sobre el círculo rojo, sin tocar la pantalla, y Paula asintió.
—Esa es tu montaña.
—No es mi montaña —dijo Dalmi, y retiró el dedo—. El valle vive alrededor de ella, que no es lo mismo.
Paula la miró con más atención, y por primera vez dejó de sonreír.
—Mi grupo lo descartó como error del instrumento, porque es demasiado grande y demasiado concentrado para estar ahí. Si fuera roca densa, tendría que ser del tamaño de toda la cordillera, y está debajo de un solo pico.
—¿Y cuánto pesa? —preguntó Dalmi, con el dedo todavía cerca del vidrio.
Paula tardó en entender la pregunta, que nadie le había hecho así. Después se quedó callada mirando el círculo rojo, y dijo que eso era justamente lo que había venido a averiguar.
Henrik había estado mirándolas hablar con una satisfacción que no se molestaba en disimular. Extendió sobre la mesa la fotocopia de la noche anterior, ahora con más hojas unidas por un clip. La última era una tabla impresa con tres filas y tres números en la columna de la derecha. No se la explicó; le puso delante la página de la línea rasgada y esperó a que ella la leyera. Dalmi leía el inglés palabra por palabra, pero esa línea era corta.
Anoto: error.
Henrik le contó que había encontrado el cuaderno en un archivo de Londres, buscando otra cosa. En la ficha de préstamo había una sola firma anterior a la suya, de 1958, con un nombre inglés que nadie en el archivo supo decirle de quién era. Lo leyó entero en una tarde, y al final de la tarde decidió que alguien tenía que subir esa montaña. Después decidió que tenía que ser él.
Lo dijo con ligereza, y Dalmi conocía esa ligereza de los clientes que contaban su vida en el campo base para que alguien les dijera que estaba bien tenerla. Algunos querían escapar de algo, y otros querían que en algún lugar del mundo quedara una línea con su nombre. Henrik, por lo que ella alcanzaba a ver, tenía algo de los dos.
—Nadie la ha subido nunca —dijo ella, mirando la tabla.
—Por eso mismo quiero subirla —dijo Henrik, con una sonrisa de disculpa.
—Nadie la ha subido porque no se sube —dijo Dalmi, y apartó la taza.
—¿Y por qué no se sube? —preguntó él, ya sin sonreír.
Dalmi miró los tres números de la tabla y se acordó de la abuela Ojun con la palma sobre la piedra fría.
—El gobierno no da permiso —dijo al fin, porque era lo único que se podía decir en inglés.
—El gobierno no da permiso porque el valle no quiere, y el valle no quiere por una leyenda —dijo Henrik—. Lo he leído todo y lo respeto, pero no le voy a pedir permiso a nadie.
Le explicó el plan con una calma de discurso ensayado frente al espejo. Era una montaña sin vigilancia en un valle sin carretera. Entrarían por un valle lateral y subirían por la cara que no se veía desde el monasterio. Serían siete: ella, tres porteadores de su confianza, Paula, un camarógrafo y él. Cuando bajaran con las fotos, ya no iba a importar.
Después desplegó junto a las tazas unas hojas plastificadas, impresas en color en su casa de Oslo. Eran imágenes de satélite de esa cara, tomadas en años distintos, con una línea roja trazada encima a pulso y números en cada tramo, horas, metros y campamentos marcados con un círculo. La línea subía limpia por el centro de un glaciar, pasaba junto a una mancha azul que Henrik llamaba la barrera, seguía por una arista y se metía en un corredor angosto que él había bautizado el Cuello de Botella, hasta un blanco parejo, sin una sombra, donde había escrito en letra de imprenta «sin datos». Le había llevado un invierno entero de noches, dijo, con un programa que le mostraba la montaña desde cualquier ángulo menos desde el suelo.
Dalmi pasó el dedo por encima de la línea roja, a un dedo del plástico.
—Desde arriba todo se ve plano —dijo—. Las grietas también.