4
THOE
Llegaron a Thoe el veintisiete de septiembre, a media tarde, con el viento en contra y las mulas cansadas.
El monasterio estaba pegado a la ladera norte del valle, sobre un rellano de tierra plana del tamaño de una cancha. Desde abajo parecía parte del cerro, porque los muros eran de la misma piedra gris, apilada sin mezcla, y solo las ventanas, enmarcadas en madera pintada de rojo oscuro, decían que adentro vivía alguien. Detrás, sin nada en medio, estaba Ilvaran. Se veía la base, un muro de hielo azul y roca negra que subía hasta que el cuello se cansaba de seguirlo, y después empezaba la nube, sin borde de abajo, tragándose todo lo demás.
Ilya se quedó parado en el sendero con la cámara colgando. Fue la primera vez en seis días que Dalmi lo vio sin filmar.
—Esto no lo voy a poder mostrar —dijo en voz baja—. Nadie me va a creer el tamaño.
Dalmi se quedó mirando el monasterio, que era igual a como lo recordaba y más pequeño, porque ella había crecido y el monasterio no. A la derecha de la puerta seguía el banco de piedra donde la abuela Ojun se sentó a descansar la primera vez. Le dolió reconocer el banco más que la montaña.
Bajaron las cargas en el rellano. Dalmi deshizo los amarres ella misma, porque el primo de Kelu era bueno con las mulas, pero hacía los nudos de cualquier manera. Ella usaba el amarre de rombo que le enseñó un arriero viejo en su primera temporada. Era una sola cuerda que pasaba bajo la panza, subía por los costados y se cruzaba encima de la carga en forma de diamante, de manera que si un bulto se corría, toda la cuerda se tensaba y lo devolvía a su lugar. Se soltaba tirando de un solo extremo. Paula le pidió que se lo enseñara, y Dalmi le dijo que al regreso.
Les abrió un monje joven, de cabeza rapada y orejas grandes. Teshar le explicó en kesh que eran peregrinos de la vuelta, con unos extranjeros que querían ver la montaña. El monje miró a Dalmi más que a los demás.
—Tienen que ver a la shelru —dijo—. Si ella dice que duermen, duermen.
Paula preguntó en voz baja qué era una shelru. Dalmi le dijo que era la que cuidaba la línea, algo así como la guardiana, y Paula lo anotó así en el cuaderno amarillo.
El patio estaba empedrado con lajas gastadas al centro por siglos de pies. Había un pozo con brocal de piedra, un poste de enebro gris y rajado contra el muro del norte, una rueda de oración de cobre tan grande que había que empujarla con el hombro, y un olor a mantequilla rancia y a incienso de enebro que a Dalmi le llenó la boca de saliva, más por la infancia que por la comida. En un rincón, sentada sobre una alfombra de lana, al sol, había una vieja.
Era muy pequeña, envuelta en una túnica granate, con la cabeza rapada y la cara arrugada como una nuez seca. Estaba sentada levemente torcida, con el cuerpo vencido hacia la montaña, y el muro le quedaba a la espalda sin que lo tocara. Con la mano derecha pasaba las cuentas de un rosario de hueso, sin mirarlo. La manga izquierda le caía vacía sobre el regazo, cosida a la altura del puño con hilo grueso de lana roja, a puntadas grandes, de las que se hacen para que duren.
Dalmi la conocía, aunque no se acordaba de cuándo la había visto. Tal vez de la segunda vuelta, cuando la abuela entró sola al monasterio y salió mucho después con los ojos rojos.
—Sumre —dijo Teshar, inclinándose hasta que la carga se le corrió del hombro.
La vieja siguió pasando las cuentas. Teshar le habló más fuerte, y ella giró la cabeza entera para mostrarle la oreja derecha y se quedó así, ladeada, con la boca entreabierta. Lo escuchó hasta el final. Después enderezó la cara hacia el muro, sin contestar.
Henrik se agachó para quedar a su altura, con una rodilla en el suelo, y le habló en su inglés limpio y lento. Le dijo que estaba agradecido y que sabía que el monasterio vivía de los peregrinos. Sacó un sobre del bolsillo interior y lo dejó sobre la alfombra, junto a la rodilla de ella, con delicadeza, tal vez con vergüenza. Dalmi calculó por el grosor cuántos meses de carga había adentro, y dejó de calcular porque la cuenta le dio rabia.
Sumre no miró el sobre ni miró a Henrik. Dalmi reconoció lo que hacía, porque las viejas del valle se lo hacían a los cobradores del almacén. Henrik se quedó de rodillas, sonriendo, esperando. Después se puso de pie y se sacudió el pantalón.
Entonces Sumre giró la cabeza y miró a Dalmi.
Le miró las manos antes que la cara, y la cara no se la miró nunca. Dalmi las tenía colgando a los costados, abiertas, rojas todavía de las cuerdas del rombo. La vieja miró una y después la otra, la derecha mucho más tiempo, sin pestañear, con el rosario quieto en los dedos. Le habían mirado las manos miles de extranjeros, y les había cobrado a casi todos. Nunca se las habían mirado con esa atención seca de comprador de ganado que revisa una pata, sin ganas de tocarlas. Ilya levantó la cámara y Teshar le bajó el brazo sin decir nada.
—Eres la nieta de Ojun —dijo Sumre en kesh.
—Sí, abuela —contestó Dalmi, que era como se le hablaba a una vieja en el valle.
Esperó que le dijera algo de la abuela, que la había conocido, que había muerto bien o mal. Sumre volvió a pasar las cuentas y movió los labios sin voz. Después, con una voz ronca y muy baja que no parecía salir de un cuerpo tan pequeño, dijo el verso.
La montaña empuja la carne y llama al hierro. Lo que sube, se queda.
Lo dijo sin tonada, con la voz plana del almacenero que repite una suma en voz alta para no perderla, y después lo dijo otra vez, con las mismas pausas. Paula preguntó en un susurro si la vieja les estaba dando permiso o negándoselo. Dalmi no supo qué contestarle.
—Pregúntale si podemos dormir en el patio —dijo Henrik.
Dalmi se lo preguntó en kesh. Sumre giró la cabeza para oírla y dijo el verso por tercera vez. El monje joven les señaló el cobertizo de la leña, al fondo, y Dalmi entendió que podían quedarse. Antes de que se fueran, la vieja tomó el sobre por una punta y se lo pasó al monje, que se lo devolvió a Henrik.