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BRÚJULAS
Ilya Maren llegó al pueblo del puente con dos maletas de aluminio, una mochila que no cerraba y la cámara ya encendida. Se bajó del jeep filmando, filmó el puente, filmó a un perro dormido sobre un saco de harina y filmó a Dalmi antes de saber cómo se llamaba. Tenía veintinueve años, una barba rala de color cobre y la nariz pelada por el sol de otra montaña.
—Las manos —le dijo en inglés, apuntándole con el lente—. Me dijeron que tenías que mostrarme las manos.
—Se cobran —dijo ella, y siguió amarrando una carga.
Ilya bajó la cámara con cara de niño al que le quitan el postre. Después sacó un billete pequeño y se lo puso en la palma, que ella no había abierto para eso. Dalmi lo guardó en el calcetín y le mostró las manos el tiempo exacto que le pareció que valía el billete. Él filmó contento y dijo que eran las manos más caras de Asia.
Las compras le llevaron a Dalmi dos días y una libreta. Henrik había traído de Oslo una lista impresa, con comida en sobres de colores para treinta días de montaña, y ella tachó el treinta y escribió cuarenta encima, porque una lista hecha en una casa no tiene tormentas. Hizo la cuenta en el mostrador del almacén, con un lápiz que le prestó el almacenero y le pidió de vuelta dos veces. Siete personas por cuarenta días eran doscientas ochenta raciones. Para la marcha y el campo base compró lo que llena y no se echa a perder, arroz, lentejas, papas mientras duraran y harina de cebada tostada. Arriba se sube un kilo por persona y por día, y nadie se lo come, pero el que no lo sube lo echa de menos al tercer día. Con la mantequilla, el azúcar y el té, que en altura es lo único que todos piden, le salieron doscientos diez kilos de comida.
El gas lo contó dos veces. En altura toda el agua sale de derretir nieve, cinco litros por persona al día, y un cartucho de doscientos treinta gramos alcanza para dos días de una persona si nadie deja el hornillo encendido por gusto. El almacén tenía cincuenta y tres cartuchos, y tres venían abollados en la válvula. Otros treinta los compró en el depósito de la agencia, sobrantes de los coreanos, y el encargado se los vendió al doble porque había visto la chaqueta de Henrik. Fueron ochenta cartuchos, más dos bidones de queroseno para el hornillo de la marcha y la cocina del campo base, donde había arroyo. Henrik preguntó si no era demasiado gas. Dalmi le dio la vuelta a la libreta sobre el mostrador para que viera la cuenta, y él no preguntó más.
Todo junto pesaba cuatrocientos treinta y un kilos. Seis mulas cargan cuatrocientos veinte, y Dalmi sacó de los bultos de Henrik una mesa plegable de aluminio y una silla de lona con el logo de una marca en el respaldo. Él las regaló esa misma tarde a la dueña de la casa de té, que las puso en la puerta para los extranjeros y nunca se sentó en ellas.
El adelanto, la mitad de la paga, ya iba camino de su madre, en efectivo y cosida dentro de una faja, con un arriero de su valle que había salido dos días antes que ellos. Salieron el veintidós de septiembre, con la luz todavía gris, seis mulas y el dueño de las mulas, un primo de Kelu que no hablaba nunca. Dalmi había repartido los bultos con una romana de gancho que le prestó el almacén. Una mula aguanta setenta kilos si van parejos, treinta y cinco por lado. Si un lado lleva tres kilos más, al tercer día la mula cojea y al cuarto se echa en el camino, y no hay palo que la levante. Por eso colgaba cada bulto del gancho, leía el número y pasaba un bidón de combustible de un lado al otro. El gravímetro de Paula, una caja de metal con un nivel de burbuja y una pantalla pequeña, lo puso arriba de todo, envuelto en una manta, en la mula más tranquila. Paula la miró hacer y anotó algo en su cuaderno de campo, uno de tapas amarillas y papel que no se moja.
—¿Qué anotas? —le preguntó Dalmi.
—Que pesas las cosas mejor que yo —dijo Paula, y cerró el cuaderno.
Después del pueblo ya no hubo nombres en el mapa. Hubo caseríos de cuatro o cinco casas de piedra con el techo de pizarra sujeto con más piedras, donde los niños salían a mirar a los extranjeros y las mujeres no. Hubo puentes colgantes que se mecían antes de que uno los pisara, y banderas de oración desteñidas hasta quedar casi blancas.
Ilya lo filmaba todo y bromeaba con todos en un inglés de aeropuerto, y al segundo día ya sabía tres palabras de kesh que le había enseñado Kelu. Una era «mula», otra era «gracias» y la tercera era una grosería que Kelu le hizo pasar por saludo. Ilya la usó con la dueña de una casa de té, y la mujer le tiró el agua del lavado a los pies. Kelu se rio tanto que tuvo que sentarse en el suelo.
—Me lo merezco —dijo Ilya, sacudiéndose las botas—. Pero te voy a filmar durmiendo con la boca abierta, Kelu, y te va a ver tu madre.
Henrik caminaba adelante, con el paso largo de un hombre que se acordaba de la montaña con las piernas. Llevaba el teléfono satelital en un bolsillo lateral, y de vez en cuando lo sacaba, miraba la pantalla y lo volvía a guardar. Varo, que caminaba detrás de él, contaba las veces. Al tercer día le dijo a Dalmi que iban cuarenta y una.
—Debe plata —dijo Varo.
—Todos debemos plata —le contestó ella, sin dejar de caminar.
—Los que deben poca no miran tanto el teléfono.
Dalmi no le discutió, porque ella también había contado.
El cuarto día el valle se abrió en una planicie de pasto amarillo con un río trenzado en medio. Al fondo, detrás de las dos cadenas de cerros, ahora blancas, estaba la nube. De día era blanca y redonda, posada sobre algo que no se alcanzaba a ver. Las otras nubes iban hacia el este con el viento de la tarde, deshilachadas, y esa se quedaba quieta. Ilya la filmó media hora con el lente largo, y en la grabación acelerada las nubes de alrededor corrían como agua de río y la de la montaña no se movía.