La Montaña Sin Cumbre

Parte I · 5. La línea

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LA LÍNEA

El veintiocho y el veintinueve los pasaron en Thoe repartiendo cargas, porque las mulas no seguían. El primo de Kelu volvía al pueblo del puente con los seis animales, y desde ahí todo iba en la espalda.

Dalmi extendió una lona detrás del cobertizo y fue poniendo encima, en filas, todo lo que tenían. Tiendas, cuerdas fijas, combustible, comida en bolsas de diez kilos, las botellas de oxígeno, las baterías de Ilya y las cajas de Paula, que pesaban más de lo que nadie creía. Henrik dijo que era bastante. Dalmi le dijo que era el doble de lo que siete personas podían llevar, y que la mitad de esas personas no sabía cargar.

Lo repartió con la romana del almacén. A Teshar le dio treinta kilos, y a Kelu le dio veintiséis, aunque pidió treinta, porque a los diecinueve años todos piden treinta y al tercer día de subida todos quieren veinte. Varo recibió veintiocho y los colgó del gancho dos veces, por si ella lo engañaba. Ella se quedó con treinta y dos. Paula pidió llevar el gravímetro y nada más, y Dalmi se lo completó con combustible hasta los dieciocho kilos. A Henrik le puso veinte, y él los aceptó con una sonrisa de buen perdedor y una mueca en la espalda que no alcanzó a esconder. A Ilya le dio veinte, más la cámara. Como era el doble, subirían en relevos: cada uno llevaba su carga un tramo, la dejaba y volvía por la otra.

Paula pasó la tarde en el patio con el gravímetro sobre las rodillas. Lo nivelaba girando unos tornillos hasta centrar la burbuja, esperaba un minuto, anotaba un número y se movía tres pasos. Al final abrió el cuaderno amarillo en una página de días atrás, comparó y lo cerró.

—¿Pesa distinto? —le preguntó Dalmi, en broma, mientras amarraba una carga.

—Todavía no sé —dijo Paula, con los ojos en la burbuja—. Mañana te digo.

No vieron a Sumre en toda la tarde. El monje joven dijo que la shelru estaba rezando, y que cuando rezaba no salía. Henrik dejó otra vez el sobre en la alfombra vacía, y en la mañana el sobre estaba de vuelta en su mochila.

Esa noche hubo luna. A medida que subía fue lavando el patio con una luz que dejaba ver las vetas de las lajas. La nube de la montaña no se aclaró con ella. Por primera vez se vio que las dos luces eran distintas, dos blancos que no se mezclaban, la leche y el yeso.

Como no podía dormir, Dalmi salió a sentarse en el banco de piedra junto a la puerta, el de la abuela, con el saco sobre los hombros, y desde ahí oyó a Henrik.

Caminaba al otro lado del muro, en el rellano, donde el teléfono satelital agarraba mejor el cielo. Hablaba en su idioma, de sonidos redondos que subían al final de las frases. Dalmi no entendió una palabra, pero entendió el tono. Era la voz de los porteadores a fin de mes en el almacén del puente, la de alguien que pide tiempo. Empezaba amable, con risas cortas. Después la risa se iba, las frases se alargaban, y había una palabra que Henrik repetía tres o cuatro veces seguidas, cada vez más fuerte, que sonaba a un número.

Después escuchó largo rato, y los pasos sobre la grava se detuvieron en un ruido que podía ser una tos. Henrik dijo dos palabras con una voz que Dalmi no le conocía, la de un hombre más viejo y más pobre que el que pagaba las rondas en la casa de té, y cortó.

Cuando volvió a entrar, la luna le dio de lleno en la cara, y él vio que ella lo había oído.

—Mi banco de Oslo —dijo, con una risa sin nada adentro—. Les gusta saber cómo está el tiempo.

—¿Y cómo está el tiempo?

—Despejado —dijo él, y se guardó el teléfono en el pecho—. Para mañana, despejado.

Muy tarde, Dalmi oyó vibrar el teléfono contra algo duro durante un buen rato, y nadie contestó.

Varo esperó hasta el desayuno, y lo hizo bien. Esperó a que todos tuvieran la taza en la mano y la mochila hecha. Se paró frente a Henrik y le dijo, en el inglés de cuatro palabras que había juntado en tres temporadas, que la línea estaba a una hora y que la línea costaba más.

—¿Cuánto más? —preguntó Henrik por encima de la taza, sin bajarla.

Cuando Varo dijo la cifra, Dalmi, que ataba la estaca de nieve por fuera de la mochila, se quedó quieta con la cuerda en la mano. Era el doble de lo que Varo cobraba por la expedición entera, una cifra hecha para que Henrik dijera que no y hubiera una hora de pelea y media cifra al final, como se hacía en todos los pueblos de porteadores del mundo.

—Bueno —dijo Henrik, y dejó la taza en el borde del pozo.

Sacó la billetera, contó los billetes delante de todos y se los puso a Varo en la mano. Después les preguntó a Teshar y a Kelu si querían lo mismo. Ninguno supo qué hacer con esa pregunta, así que Henrik les contó otros billetes a cada uno. El teléfono le vibró en el bolsillo del pecho, y él lo sacó y lo dejó boca abajo sobre el brocal mientras terminaba de contar. A Dalmi no le preguntó nada, y ella no se lo pidió.

Varo se quedó con el dinero en la mano, mirando a Henrik y después a Dalmi, y tenía más cara de miedo que de haber ganado. En el pueblo del puente, cuando un extranjero pagaba sin discutir, era porque había algo que no estaba diciendo.

—Gracias —dijo Varo, y se guardó los billetes en el calcetín, en el mismo lugar donde los guardaba ella.

Salieron el treinta, antes de que el sol llegara al fondo del valle. Sumre no estaba en el patio, y la rueda de oración estaba quieta.

El sendero de la vuelta partía del rellano hacia el oeste, y Dalmi lo reconoció con los pies antes que con los ojos. Iba a media ladera, con la montaña a la derecha, cruzando arroyos sobre piedras que alguien había puesto hacía mucho tiempo. Durante una hora caminaron por donde caminaban cada año cientos de peregrinos. Después el sendero llegó a la boca de un valle lateral, estrecho, de paredes negras, que subía directo hacia la montaña. Por el fondo bajaba un arroyo gris con un ruido de lavadora. Henrik se detuvo en el puente de troncos, comparó el GPS con un mapa impreso y asintió.




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