La Montaña Sin Cumbre

Parte II · 7. La ruta

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LA RUTA

Dalmi había mirado la pared por primera vez la tarde de la llegada, mientras el agua del arroz tardaba en hervir. Subió a la cresta de la morrena con los binoculares de Henrik colgados del cuello, se sentó en una piedra que todavía guardaba el sol y esperó a que la luz se fuera de la pared. Así se aprende una cara, le había enseñado un guía viejo de la agencia, viendo cómo la deja la luz. La sombra sube desde abajo, y lo último que queda encendido es lo que sobresale, las aristas, las cornisas, los bloques que van a caer. Esa tarde se fijó en una línea de dientes de hielo a media altura, de lado a lado del glaciar, que se apagó de un golpe, y en la nube, que no se apagó nunca.

Al día siguiente volvió antes del amanecer, con Teshar y con Henrik, que traía el GPS colgado del cuello, y esta vez con frío de verdad. Se acostaron boca abajo sobre las piedras de la cresta, con los codos en los guantes, y esperaron. A las seis la cara se encendió desde arriba, desde el borde de la nube hacia abajo, una tela que alguien va desenrollando sobre una mesa, y Dalmi empezó a leerla por partes, de abajo hacia arriba, en el orden en que se revisa una lista de carga.

Abajo estaba el glaciar, ancho y sucio en la boca, cubierto de piedras que la montaña le había ido tirando encima durante siglos, y más arriba limpio y gris. En la mitad se arrugaba en un campo de grietas que de madrugada se veían azules, cada una con su sombra, y que a mediodía iban a desaparecer bajo el brillo. Encima del glaciar, cortándolo de lado a lado, estaba la línea de dientes que había visto apagarse. De cerca, en los binoculares, eran torres de hielo del alto de una casa de dos pisos, inclinadas hacia afuera, algunas con grietas que les cruzaban la base. Una barrera de seracs. Por la izquierda, contra la roca, la barrera se hacía más baja y se fundía en una rampa de hielo azul. Arriba de la barrera se adivinaba un rellano blanco y, mucho más arriba, donde la cara se angostaba, el comienzo de una canaleta que subía entre dos costillas de roca negra hasta perderse en la nube. A la derecha de todo, una arista larga y afilada subía también, cargada de cornisas que colgaban hacia el este, festones de una cortina.

Henrik había traído su plan en una carpeta impermeable. Lo desplegó sobre la piedra entre los dos, sujetando las hojas plastificadas con los codos para que no se las llevara el viento. Eran las mismas del albergue del puente, las imágenes de satélite de todo un invierno de noches, con la línea roja que subía por el centro del glaciar, cruzaba la barrera por el medio y se iba por la arista hasta el blanco parejo donde había escrito «sin datos». En cuatro de las imágenes, de cuatro años distintos, ese blanco era el mismo, con el mismo borde.

—Desde aquí se ve igual —dijo Henrik, contento, comparando—. Mira la barrera. Mira la arista.

Dalmi le pasó los binoculares sin decir nada y le señaló con el dedo el centro del glaciar, donde su línea roja pasaba derecha.

Henrik miró mucho rato. Dalmi le dijo dónde mirar, en inglés y con pocas palabras. Le dijo que las sombras azules del centro eran grietas y que en la foto no salían porque la foto era de mediodía. Le dijo que donde él cruzaba la barrera, por el medio, las torres eran las más altas y las más nuevas, y que las nuevas son las que caen. Le mostró las cornisas de la arista, que colgaban hacia el lado que no se veía desde ningún satélite, y le dijo que en una arista el viento lo tiene a uno colgado toda la noche y que la cornisa no avisa por qué lado se rompe.

—¿Y por dónde, entonces? —preguntó Henrik, con los binoculares todavía en la cara.

—Todavía no sé —dijo ella—. Hoy se mira. Mañana se elige.

Henrik bajó los binoculares y la miró con una sonrisa cansada. Después guardó las hojas plastificadas en la carpeta, una por una, con cuidado de no doblarlas, y Dalmi vio que no las iba a tirar.

A las once el sol ya había dado tres horas en la barrera. Teshar no se movió de la cresta en toda la mañana. Comía harina de cebada con los dedos, de una bolsa que llevaba en el bolsillo del pecho, y miraba las torres sin binoculares, con los ojos entrecerrados. A las once y veinte se cayó una de la derecha. Se vio primero el polvo blanco, que se hinchó en la base de la barrera y bajó lento sobre el glaciar, y el ruido llegó medio minuto después, un trueno ancho de camión que vacía una tolva de grava. Teshar contó en voz baja. A la una cayó otra, más pequeña, también de la derecha, y el polvo llegó hasta donde pasaba la línea roja de Henrik.

—De la izquierda no cayó nada —le dijo Teshar en kesh, sin mirarla—. A la izquierda el hielo es viejo y está sentado.

—¿Y de noche?

—De noche no cae casi nada. El hielo duerme. —Teshar se limpió los dedos en la rodilla—. Hay que pasar cuando duerme.

Al mediodía Dalmi y Paula bajaron de la cresta y caminaron por el borde de la morrena hacia la izquierda, hasta donde el glaciar se juntaba con las piedras. Querían ver la entrada de cerca. Paula llevaba la brújula de geóloga, la de tapa de espejo, que tenía en el costado un pequeño péndulo con una escala grabada para medir pendientes. Cada cien pasos se detenía, apuntaba el borde de la brújula a un tramo de la cara y leía el ángulo. Treinta grados la entrada del glaciar. Cuarenta y cinco la rampa azul. Treinta y ocho la canaleta, por lo que se veía antes de la nube. Lo anotaba todo en el cuaderno amarillo, en una columna nueva, sin mirar el papel.

—¿Esa también apunta a la montaña? —preguntó Dalmi, por la brújula.

—Para las pendientes no importa —dijo Paula—. Mide contra el suelo, no contra el norte.

En la última loma de la morrena, donde el glaciar se metía bajo las piedras con una orilla de hielo negro, había un montículo.

Dalmi lo vio primero porque estaba acostumbrada a verlos. Era un cono de piedras planas del alto de una rodilla, puestas una sobre otra con cuidado, las más grandes abajo. Lo había hecho alguien que sabía hacerlos. El liquen había cubierto las piedras de abajo de manchas anaranjadas y grises, y había empezado a subir por las de arriba. Le faltaba la piedra de la punta, que estaba en el suelo, a un paso, partida en dos por el hielo.




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