La Montaña Sin Cumbre

Parte II · 8. Porteos

8

PORTEOS

La montaña de nieve se derritió sobre la lona en una hora, y quedó de ella un charco con siete piedras en el fondo. Dalmi lo tiró afuera de la tienda y, sin acostarse, se puso a hacer las cargas, porque salían a la una.

Una montaña se sube dos veces, decía el guía viejo de la agencia, una con el cuerpo y otra con la espalda, y la segunda es la que cuesta. Antes de dormir una sola noche en el campamento uno, había que subirle encima el campamento entero, la tienda, la comida, el gas, las cuerdas para más arriba, y eso no se hacía de una vez. Se hacía en porteos. Se subía una carga, se dejaba, se bajaba vacío a dormir, y al otro día se subía otra. Así el campamento crecía arriba antes de que nadie viviera en él, y el cuerpo se iba acostumbrando a la altura sin quedarse a dormir en ella.

Hizo la cuenta en la tapa de una caja con un pedazo de carbón. Para el uno hacían falta dos tiendas de altura, los sacos, cuatro cuerdas de cincuenta metros con sus estacas y sus tornillos, dos hornillos, comida para seis días y cartuchos para los mismos seis. Con la regla de la agencia, para siete, tres cartuchos y medio por día, veintiuno para el uno, y eso si nadie dejaba el hornillo encendido para calentarse las manos, cosa que hacían todos. Los ochenta del campo base alcanzaban para veintidós días y algo de montaña con la regla. Dalmi escribió el veintidós, lo encerró en un círculo y no dijo nada. Hizo también la cuenta de la cama. Del campo base al uno había setecientos metros, casi el doble de lo que la agencia permitía subir la cama de una noche a la otra, y por eso al uno no se dormía hasta haber subido una vez sin quedarse.

Repartió con la romana, colgando cada bolsa del gancho. En altura no se cargaba lo mismo que en el sendero del valle. Teshar llevaba veinticinco kilos, Varo veintidós y Kelu veinte, aunque pidió veinticinco. A Henrik le dio quince, y él dijo que podía con más y no insistió. Paula llevaba doce con el gravímetro, e Ilya doce más la cámara, que no soltaba por nada. Dalmi se quedó con veinticinco.

Armó las cargas con la regla aprendida a golpes. Lo pesado va pegado a la espalda y a la altura de los omóplatos, porque más abajo tira de las caderas y a los mil pasos la cintura se rinde. Los cartuchos al centro, envueltos en ropa para que no sonaran. La comida en bolsas dobles. Las estacas por fuera, amarradas con la punta hacia abajo, porque una estaca con la punta hacia arriba saca un ojo en la primera caída.

Salieron a la una de la mañana del tres, con las frontales encendidas. A los diez pasos Varo se sacó la carga, la vació entera sobre la morrena y la sacudió boca abajo.

—¿Quién de ustedes me metió una piedra? —dijo, con la cara colorada a la luz de las frontales.

Era la broma más vieja del oficio. No había ninguna piedra. Kelu se rio, y Varo volvió a llenar la mochila sin mirar a nadie, y la cargó, y la sacudió con los hombros dos veces antes de seguir.

En el glaciar Dalmi iba adelante, encordada con Teshar y con Henrik, y detrás iban los otros cuatro en otra cuerda. Tanteaba con el piolet cada cinco pasos, clavándolo hasta la cruz. Un puente de nieve sobre una grieta se adivina por el blanco más mate, por una línea apenas hundida en la superficie, y porque al golpearlo suena a cajón de fruta vacío. De noche no se veía el blanco más mate. Se oía el cajón.

Las grietas de ese glaciar corrían a lo largo, como las había visto desde el hito, y la orilla izquierda, la de las piedras, iba paralela a ellas. A la media hora Dalmi entendió lo que eso significaba y se detuvo. Una huella que va a lo largo de una grieta tapada puede ir encima de ella durante cien metros. Una cuerda que va a lo largo no sujeta a nadie, porque todos caen en el mismo hueco. Desde ahí trazó la huella en zigzag, cruzando el hielo de través en tramos cortos y volviendo a la orilla, para pasar cada grieta de frente y una sola vez. Era el doble de camino, y Henrik lo vio y no preguntó por qué. Cruzaron siete grietas en dos horas. En la quinta el piolet se le fue entero, y del agujero salió un aire frío que olía a sótano. Dalmi clavó una vara con una bolsa roja a cada lado.

A las cuatro estaban al pie de la rampa azul. Esperaron a que Dalmi y Teshar subieran adelante con la cuerda. Eran unos cuarenta metros de hielo a cuarenta y cinco grados, según el papelito de Paula, y Dalmi subió primera, con los dos piolets y las puntas delanteras de los crampones, en un silencio que solo rompía el ruido de las puntas mordiendo. A la mitad colocó un tornillo de hielo con la mano desnuda, contando las vueltas, y le colgó el peso del cuerpo antes de seguir. Arriba enterró una estaca en la nieve dura, de través, y amarró la cuerda con un nudo de ocho. Después subieron los demás, uno por uno, con el aparato que muerde la cuerda, una pieza de acero con dientes que corre hacia arriba y se traba hacia abajo, y las cargas subieron con ellos. Nadie habló.

Paula llegó arriba y se tiró de espaldas en la nieve, y lo primero que hizo al recuperar el aire fue mirarse la muñeca. Después se dio la vuelta de costado, para que nadie le viera la cara.

—¿Qué dice? —le preguntó Dalmi, agachándose a su lado.

Antes de la rampa el altímetro marcaba 4.830, y ahora marcaba 4.810. Habían subido cuarenta metros de hielo con las puntas de los crampones, y el aparato decía que habían bajado veinte. A Dalmi le ardían los muslos con el ardor de subir, más hondo que el de bajar, y sus piernas tenían treinta kilos de experiencia en la diferencia. La dejó callada otra cosa. A mitad de la cuerda había sentido el hielo más acostado de lo que se veía desde abajo, y el esfuerzo no le había cuadrado con la pendiente.

El campamento uno era el rellano que habían marcado en la maqueta, un hombro de nieve protegido por los seracs viejos de la izquierda. Llegaron a las siete, con el sol ya sobre la barrera de la derecha. Paula miró el GPS, que decía 5.900, y después la muñeca, y le mostró las dos pantallas a Dalmi sin abrir la boca. El altímetro marcaba 4.790, cincuenta metros menos que el campo base, que se veía allá abajo con sus tiendas del tamaño de granos de arroz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.