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LIVIANA
Salieron hacia el campamento dos el siete de octubre, con día y medio de descanso en el cuerpo y la memoria de la bajada todavía en las piernas. Durmieron en el uno, y en la mañana del ocho se metieron en el anfiteatro de arriba, una cuenca de hielo cerrada por tres lados donde el sol rebotaba en todas las paredes a la vez y quemaba la piel por debajo de la barbilla.
Dalmi cargaba veintiséis kilos, con la comida en bolsas dobles, el gas al centro y el saco comprimido al fondo para que hiciera de base. En el primer tramo le pesaron como treinta, y a la hora, como treinta y dos. Iba con el paso de descanso, dos respiraciones por paso. Contaba los pasos de cincuenta en cincuenta, como contaba su abuela los puntos del tejido. Detrás de ella, Paula trababa la rodilla tarde, y a veces se le olvidaba y había que oírla jadear diez pasos seguidos antes de que se acordara. Ilya había guardado la cámara en la mochila por primera vez desde el pueblo del puente.
Cerca del mediodía se soltó un pedazo de la pared de la derecha, lejos, donde el sol llevaba horas pegando. Dalmi vio primero el humo blanco bajando por la pared, sin ruido, y el ruido llegó después, un trueno largo. Nadie se detuvo. Teshar contó en voz baja los segundos que tardó el polvo en asentarse y dijo en kesh que a esa hora el hielo suelta lo que no aguantó la noche.
A media cuesta, al enderezarse, a Dalmi se le nubló la orilla de la vista. Fue una sombra gris que entró por los costados y se fue en un segundo. Ella llegaba siempre, con cualquier carga y cualquier tiempo, y les cobraba a los clientes precisamente por eso. Se quedó doblada sobre el piolet hasta que la vista volvió, y siguió sin contárselo a nadie.
Llegaron al campamento dos a las cuatro, a una terraza ancha bajo una barrera de hielo. Kelu vomitó detrás de un bloque, sin escándalo, y volvió limpiándose la boca con la manga. Paula sacó el gravímetro y lo niveló sobre una roca plana girando tres tornillos, uno por uno, con un ojo cerrado.
—¿Y ahora qué dice esa caja? —le preguntó Dalmi.
—Cuánto tira para abajo la montaña —dijo Paula, sin despegar los ojos de la pantalla.
—Eso lo sé yo sin caja.
Paula se rio con la boca cerrada y anotó el número. Después miró el altímetro y el GPS. El GPS decía 6.500, seiscientos metros más que el campamento uno, lo mismo que decían los pulmones. El altímetro decía 5.150. Paula escribió las dos cifras, trazó una raya y anotó la resta. Dalmi vio que la resta era más grande que la del uno, y la del uno más grande que la del campo base.
Esa noche cocinaron en el ábside de la tienda grande, con la olla de siempre y el dedo de agua en el fondo para que la nieve no se quemara. Dalmi llevaba dos horas derritiendo cuando puso el arroz. El agua hierve antes y el arroz queda con el corazón duro aunque hierva una hora, así que Dalmi le echaba mantequilla para disimular. Henrik decía siempre que era el mejor arroz del mundo, y ella sabía que lo decía para que siguiera cocinando.
Levantó la olla con una mano para servirle a Kelu y la olla subió más rápido de lo que esperaba, tanto que tuvo que frenarla para no derramarla. La bajó y la volvió a levantar con la misma fuerza. La olla volvió a subir de más.
Después lo sintió en las rodillas. Era la sensación de la bajada, las piernas que se sueltan y la espalda que se calla, y le llegaba sentada en el piso de una tienda a 6.500 metros, sin haber dado un paso hacia abajo.
—Che —murmuró Paula, con la cuchara a medio camino de la boca.
Las dos se miraron. En ese momento Ilya se rio, de nada, con la boca llena de arroz, y cuando le preguntaron de qué, dijo que se sentía mejor que en toda su vida. Después se rio Kelu, y después Henrik. Teshar, que no se reía casi nunca, se reía con la mano en el pecho. Henrik se puso de pie, se golpeó la cabeza contra el techo y se rio más.
—Es el cuerpo —dijo, con los ojos brillantes—. Aclimatamos, ¿se dan cuenta? Lo logramos.
Ilya salió y lo oyeron gritar afuera, un grito largo y contento que rebotó en la barrera de hielo. No había luna, y arriba la nube brillaba con su luz propia, la única luz de la noche. Ilya bailaba en la nieve en calcetines, con las botas tiradas en la puerta. Daba saltos altos, con los brazos abiertos, y Dalmi lo vio quedarse arriba medio segundo de más y caer blando, sin hundirse, antes de volver a subir. Kelu se le unió, y después Henrik, con su barba canosa y su chaqueta de pluma de las caras, saltando con las rodillas de un hombre de cincuenta y uno que de pronto tenía veinte.
Dalmi se quedó en la puerta de la tienda. Ella también lo sentía, la carne suelta sobre los huesos, la sangre que le subía sin esfuerzo a la cabeza. En quince años de cargar a esa altura había visto llorar a clientes que habían pagado sesenta mil dólares por estar ahí, y a hombres fuertes que no podían atarse los cordones. Una vez vio a una mujer sentarse en la nieve, decir que ya estaba, y no seguir nunca más. Contento no había visto a nadie.
En su oficio se aprendía antes que cualquier nudo que la nieve lisa y bonita, sin una arruga, suele tener el hueco abajo, y que la nieve fea, llena de costras y huellas, aguanta.
—¿No vienes? —le preguntó Teshar en kesh, jadeando de risa.
—Tengo frío —dijo ella, porque cualquier otra respuesta la hacía sonar a la vieja Ojun.
Paula salió detrás de ella con el gravímetro apretado contra el pecho. Le costó nivelarlo en la roca, porque le temblaban las manos, y tuvo que girar los tornillos dos veces. Dalmi se agachó a su lado. Todos los números de la columna, desde el campo base, iban subiendo, y este, el último, bajaba.
—¿Pesamos menos? —preguntó Dalmi.
—Esta noche, sí.
—¿Y mañana?
Paula se quedó con el lápiz apoyado en el papel, sin escribir. A sus espaldas Ilya gritaba algo en rumano y Henrik se reía con una risa ronca, de bar.