La Montaña Sin Cumbre

Parte II · 10. Interludio. Ram Prasad

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INTERLUDIO

Ram Prasad

Hojas sueltas de Ram Prasad, calculista al servicio del teniente Edward Hollis Crane, Gran Estudio Trigonométrico. Escritas en indostaní, en el reverso de formularios de ángulos sin usar. Se conservan en el monasterio de Thoe, dobladas dentro de un libro de rezos que no es suyo. Se respetan los blancos del original.

Thoe. 17 de septiembre de 1856.

El teniente salió al amanecer hacia el sur con las mulas y los ocho cargadores que le quedan. Escribo en mi lengua porque estas hojas no son para el Estudio.

Soy calculista. Convierto en números los ángulos que el teniente me dicta, hago cada cuenta dos veces y la entrego solo cuando las dos veces dan lo mismo. En once temporadas de calculista no he entregado un error que fuera mío.

Las tres alturas del pico que el teniente llama Q9 las calculé por mi lado, y anoche una cuarta vez junto al fuego de los monjes, buscando dónde me había equivocado. No lo encontré. Cuanto más cerca se mide, más alta sale la montaña.

El teniente escribió «error» en su libro y apretó tanto la pluma que rompió el papel. Es un hombre honrado. Necesitaba una palabra que pudiera firmar delante del superintendente, y esa era la única que tenía a mano. Yo tengo otras palabras, pero ninguna se puede firmar.

Thoe. 18 de septiembre.

El verso me lo enseñó la mujer que vive con los monjes sin ser monja. Tendrá unos sesenta años. Tiene la manga derecha recogida y cosida a la altura de la muñeca con un hilo más nuevo que la tela, y gira la cabeza para escuchar con un solo oído.

En las aldeas del río los arrieros cantan dos líneas cuando pasan frente a la montaña, apurados, con los ojos en el suelo. La montaña empuja la carne y llama al hierro. Lo que sube, se queda. Aquí me dijeron que el verso tiene una línea más, al final, y que en todo el valle solo la sabe ella.

Me la dijo anoche, cuando los monjes ya dormían, en una lengua más vieja que la del valle, y me la explicó palabra por palabra con las pocas que tenemos en común. Le pedí permiso para escribirla. Puso la mano abierta sobre mi papel, con la palma hacia abajo, y la dejó ahí hasta que guardé el lápiz.

Puedo dejar dicho que la línea habla de los que vuelven. Más no escribo, porque se lo prometí a una mujer que tiene una sola mano y la usó para tapar mi papel.

(El resto de la hoja está en blanco.)

Thoe. 18 de septiembre, de noche.

Esta mañana subí hasta la línea de piedras con un novicio de doce años, que caminó diez pasos detrás de mí todo el camino y no quiso acercarse más.

Las piedras están puestas en fila, separadas unos treinta pasos, y no forman muro. Conté ocho. Cada una tiene tallada una mano abierta con la palma hacia el valle. Los arrieros dicen que la mano quiere decir alto, y puede ser.

Las manos no se parecen entre sí. Tienen dedos de distinto largo, y algunas están tan gastadas que hay que pasarles los dedos por encima para encontrar la forma. Unas son derechas y otras izquierdas. La última de la fila es una mano derecha y tiene todavía los bordes vivos, con el polvo blanco de la piedra recién cortada en el fondo de las líneas. Lo anoto porque lo anoto todo, y no saco de eso ninguna cuenta.

Colgué de mi bastón la plomada de bolsillo. Se quedó inclinada hacia la montaña, tanto que el novicio la vio desde sus diez pasos y se tapó la boca con la manga. Eché agua de la cantimplora sobre una losa plana y corrió hacia la línea y no hacia el valle, aunque el valle queda abajo.

No crucé. El teniente me paga para medir, y del otro lado no había nada que yo no pudiera medir desde este.

La bajada la hice algo más liviano, apenas, y aun así me obligué a caminar sin apuro, porque esa alegría de las piernas, por pequeña que fuera, se parecía a la del opio que les dan a los heridos en el hospital de Dehra.

El teniente cree que el verso es una oración, porque así se lo traduje yo. Me equivoqué. Al copiarlo en limpio me salió en columnas, una tabla de las que hacemos en el Estudio.

Dejo estas hojas a los monjes, que no saben leerlas y me prometieron guardarlas. Tal vez sean para el próximo hombre que llegue a medir este pico y saque una cuarta altura, para que sepa que antes hubo otro que hizo las mismas cuentas y no las firmó.

La línea me la llevo. Cuando me despedí de la mujer le dije que no se preocupara, que yo no olvido números. Se rio con la mitad de la cara, con el lado que oye, y me contestó que eso no era un número, y que en la bajada se olvida.




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