La Montaña Sin Cumbre

Parte II · 11. Tres cargas

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TRES CARGAS

Salieron del campamento dos a las cuatro de la mañana del once de octubre, a oscuras, porque la barrera de hielo que cerraba la terraza por arriba, más alta y más nueva que la de abajo, había que pasarla antes de que el sol la tocara. Dalmi y Teshar la habían equipado el día anterior, mientras los demás descansaban. Eran tres largos de cuerda fija por una rampa entre dos torres de hielo azul, con una estaca enterrada arriba de cada largo y dos tornillos de hielo donde la nieve no aguantaba una estaca. Dalmi había atornillado cada uno con la mano desnuda, contando las vueltas, y había colgado su peso de cada anclaje antes de pasar al siguiente.

De noche la barrera era otra cosa. La frontal alumbraba un círculo de hielo del tamaño de una mesa y el resto era negro, y en el negro crujía algo grande de vez en cuando, un ruido de viga de cobertizo que se acomoda con el frío. Dalmi iba primera. Enganchó en la cuerda el aparato que muerde y empezó a subir con el ritmo que no se discute: deslizar el aparato un palmo, patear con los crampones, colgarse, respirar dos veces, deslizar. Debajo oía a Henrik hacer lo mismo con la boca abierta, y más abajo a Kelu, que contaba en kesh para no oír el hielo.

En el segundo largo, la torre de la izquierda soltó un trozo del tamaño de una olla. Pasó entre la cuerda y la pared con un silbido de cuchillo y reventó más abajo, en la terraza vacía. Nadie gritó. Dalmi apagó la frontal un momento para ver si había más luz arriba, y no había, y la volvió a prender. Siguió deslizando el aparato. Llegaron arriba de la barrera cuando el cielo se ponía gris por el lado del valle, y Teshar fue el último en salir de la cuerda, con la escarcha de la respiración pegada a la barba.

Arriba había un rellano de nieve lisa, demasiado lisa. Dalmi se encordó con Teshar y Henrik y fue adelante, clavando el piolet a cada paso hasta la cruz. A la séptima vez el piolet entró hasta la mano sin resistencia, el cuchillo que se hunde en un saco de harina mal llenado, y por el agujero subió un frío quieto, de cámara de carne. Sacó el piolet con cuidado, se echó atrás sobre los talones y sondeó a los lados hasta encontrar el borde. La grieta apuntaba a la pared, lo mismo que las del glaciar de abajo, y estaba tapada con un puente de nieve de un palmo. Desde arriba no se veía nada. La rodearon por la izquierda, por una zona de nieve llena de costras y bloques donde ella pisaba con gusto, y Dalmi dejó una vara con bolsa roja a cada lado del puente para la vuelta.

A la media hora de pasar la grieta supo que el día iba a ser largo, porque la pendiente había empezado a acostarse.

A los ojos, la pared seguía siendo una rampa de nieve dura que subía hacia un cordón de roca negra y después hacia la nube. El cuerpo decía otra cosa. A cada paso tenía la impresión de ir bajando una loma de tierra suelta, de esas donde se frena con los talones, y al mismo tiempo los muslos le avisaban que subía con una carga más grande que la suya. El estómago no sabía a cuál de los dos creerle y se quejaba de ambos.

Llevaba veintiocho kilos. Las correas le cortaban los hombros con el peso de treinta y cuatro, y Dalmi conocía esa diferencia tan bien como la dueña del almacén distingue un kilo de arroz de uno de azúcar sin ponerlos en la balanza. Soltó el cinturón de la cadera un punto, para pasarle peso a los hombros y descansar la espalda baja. Después lo volvió a apretar, porque los hombros no aguantaban.

Ilya subía y bajaba por el costado de la fila con la cámara al hombro, gastando el doble de piernas que cualquiera.

—Documental, toma treinta y uno —dijo al pasar junto a ella, con la voz grave que ponía para narrar—. La porteadora kesh, en su hábitat natural, desciende heroicamente hacia la cumbre.

—Sube —dijo Dalmi, con los ojos en la huella.

—Eso dices tú. Mi estómago dice que bajamos, y tiene más experiencia que tú.

A media mañana Kelu encontró su teléfono con la pantalla negra y se lo mostró a Varo con una pena que no había tenido ni al cruzar la línea.

—Tenía las fotos de todo —dijo.

—Nadie te las va a pedir —le dijo Varo—. Nadie quiere hablar de esta montaña.

Al mediodía se murió el de Henrik, en su mano, mientras escribía algo, y él se quedó mirando la pantalla negra con alivio. Dalmi lo vio. La pantalla de la cámara de Ilya se llenó de rayas finas, verdes y rosadas, pero seguía grabando, e Ilya filmó a través de las rayas diciendo que así parecía cine de autor.

El resalte estaba a unos cuarenta metros del lugar que Paula había marcado para el campamento tres, una plataforma de nieve al pie de una banda de roca. Era un escalón de hielo azul de poco más de dos metros. Teshar lo rodeó por un surco lateral y los demás lo siguieron. Ilya vio la luz que entraba de costado sobre la fila, dorada y baja, y entendió antes que nadie que desde arriba del escalón tenía la toma de todo el viaje.

Subió con dos patadas de crampón y se puso de pie en el borde, de espaldas al vacío. Dalmi le gritó que se bajara. Él levantó la mano libre para decirle que ya iba, y en ese gesto el cuerpo se le fue hacia el lado de la montaña, el lado que todos llevaban el día entero sintiendo como abajo. Corrigió hacia el otro lado y se pasó.

Cayó de espaldas, sin gritar. Fueron dos metros, la altura de una puerta, y el ruido que hizo al llegar a la nieve dura fue el de un saco de cemento que bajan del camión sin esperar al que lo recibe. Dalmi había oído ese ruido toda la vida en el depósito de la agencia, y conocía el otro que venía detrás, el de las cosas de adentro que se rompen. Lo oyó aunque no quiso oírlo.

Ilya estaba boca arriba con los ojos abiertos y la cámara apretada contra el pecho.

—Toma treinta y dos —dijo, con la voz delgada—. Esa no la pongan.

Paula le tomó el pulso en el cuello y le pidió que moviera los pies. Él los movió, y eso alivió a todos hasta que Paula le apoyó la mano en la cadera e Ilya soltó un sonido que Dalmi no le había oído nunca a un hombre adulto.




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