12
LOS QUE BAJAN
Teshar la despertó antes de la luz, el trece de octubre, con dos golpes cortos en el pie a través de la lona.
Dalmi salió con las botas sin atar. Los tres estaban de pie junto a la tienda de los porteadores, ya desarmada y enrollada, con las mochilas hechas y los cinturones de la cadera puestos. Kelu apuntaba la frontal al suelo, para no apuntarle a ella. Varo chupaba un cigarrillo que no prendía bien, porque a esa altura nada prende bien.
Dalmi midió las mochilas con los ojos. Iban livianas, con la ropa y comida para tres días. Las cuerdas, el combustible y la tienda que les tocaba subir al campamento cuatro estaban apilados junto a la tienda grande, con las correas enrolladas y sujetas con un medio nudo, para que quien los tomara no tuviera que desenredarlos. Reconoció la manera de enrollar de Teshar, la de los porteadores viejos del pueblo del puente.
—Nos bajamos —dijo Teshar en kesh.
—Ya veo —dijo Dalmi, y se subió el cierre de la chaqueta hasta el mentón.
—No es por el dinero.
—Ya sé. Si fuera por el dinero te quedabas.
Teshar asintió. Tenía la barba gris llena de escarcha y los ojos rojos. Era el que más perdía bajándose, porque las tres hijas y la deuda del almacén seguían donde las había dejado. Dalmi había sabido la noche anterior, mientras le revisaba las amarras al bulto de Ilya, que esta conversación iba a venir, del mismo modo que se sabe que va a nevar al ver una nube larga sobre el paso. Faltaba saber a qué hora.
—Yo iba a contar que subí —dijo Kelu, con la voz que le subía y le bajaba—. Ahora no sé qué voy a contar.
—Cuenta que bajaste.
Kelu esperó algo más, y como no vino, miró hacia el bulto de Ilya, acostado de lado en la penumbra con la cabeza hacia la montaña, y se limpió los ojos con el dorso del guante.
Varo tiró el cigarrillo a la nieve y se le acercó hasta que ella le sintió el olor a tabaco malo y a cebolla seca.
—¿Te acuerdas de lo que te dije en el pueblo?
—Que yo te lo iba a pedir —dijo ella, con la voz ronca de la noche.
—¿Ves? —dijo Varo, y se tocó el pecho con dos dedos—. Te lo pedí yo a ti.
Dalmi se rio una sola vez, con la nariz, tan fuera de lugar que Kelu levantó la cabeza asustado. Varo no se rio.
—Baja con nosotros, grúa —dijo, y le tocó el codo con el guante.
En la tienda grande se encendió una frontal y salió Henrik a gatas, con la chaqueta abierta y la cara hinchada de una noche sin sueño. Se paró en dos tiempos, una mano en la rodilla, esperando que se le pasara el mareo, como se paraban todos desde el campamento tres. Miró las mochilas y no necesitó que nadie le tradujera.
Dalmi lo había visto negociar en el albergue, en la casa de té, en Thoe frente a Sumre. Ahora lo vio negociar con la cara de alguien que ya sabe que va a perder y entra igual. Les ofreció el doble, y después el triple. Les dijo que el dinero estaba en una cuenta, que bastaba una llamada, que estaban a un campamento de la cumbre. Les dijo que Ilya habría querido que siguieran, y se le quebró la voz, y Dalmi no supo si se le quebró de verdad o si también eso lo había ensayado. Le dio vergüenza no saberlo.
—Él, muerto —dijo Varo en inglés, y señaló el bulto con el mentón—. Usted sabe.
Henrik aceptó la corrección con la boca y se volvió hacia Dalmi.
—¿Tú también? —preguntó, casi sin voz.
Ella se agachó a atarse las botas, porque a esa altura un cordón suelto es una caída. Hizo el nudo doble con los dedos ya rígidos, sin apuro. Sentía que los cuatro la miraban, y que también la miraba Paula, sentada en la entrada de la tienda con el cuaderno de tapas amarillas cerrado sobre las rodillas.
Mientras se las ataba hacía las cuentas. Las cargas que dejaban los tres sumaban unos noventa kilos. Paula, Henrik y ella podían subir al campamento cuatro, con suerte, unos cincuenta, así que había cuarenta kilos que se iban a quedar junto a Ilya. Después hizo la otra cuenta. Si bajaba, la casa de su madre tenía la mitad que ya había dejado en efectivo, la que ya era techo de lata y estufa, y la otra mitad no existía. Si se quedaba, la otra mitad dependía de un teléfono que funcionaba a ratos y de la palabra de Henrik.
Terminó el nudo y se levantó en dos tiempos, como todos.
—Me quedo.
Varo cerró los ojos. Henrik soltó el aire y le estiró la mano, y ella no se la tomó. Él la bajó sin ofenderse.
—El doble para ti —dijo—. Lo pongo por escrito ahora mismo.
—Ponlo —dijo Dalmi, sin dejar de mirar a Teshar.
Henrik volvió a gatas a la tienda a buscar un papel, y Dalmi se quedó con la pregunta que nadie le había hecho. Se quedaba por el dinero, eso era seguro, porque el doble era la casa entera más un cuarto nuevo. Se quedaba por Paula, que no iba a bajar y que sola con Henrik a 7.000 metros era una mujer sola. Y se quedaba por la abuela, por la voz cascada que le había cantado lo que sube, se queda a una niña de once años sin explicarle nunca por qué. No supo por cuál. Las sentía juntas en el punto bajo de la espalda y no pudo separarlas.
Henrik volvió con una hoja de su libreta, firmada, con la fecha y una cifra con más ceros de los que ella había visto juntos. Paula firmó como testigo sin leerla. Dalmi la dobló en cuatro y la guardó en el calcetín, junto a la tarjeta de Ilya. Una carga bien hecha nunca pone las dos cosas de valor en la misma bolsa, y ella las llevaba en el mismo calcetín.
Se le ocurrió darle la tarjeta a Teshar, que en una semana estaría en el pueblo del puente, donde salían camiones a la capital y había correo y gente que sabría buscar a una hermana que trabajaba en un banco. Tocó el cuadradito de plástico y lo dejó donde estaba. Ilya se la había puesto en la mano a ella.
Los tres no tocaron nada que no fuera suyo. Lo demás quedó apilado junto a la tienda grande, para repartirlo al día siguiente con luz y con la cabeza fría, porque una carga hecha con rabia se arma mal y se paga en la subida. La cámara de Ilya ya estaba sobre Ilya, y nadie la tocó.