La Montaña Sin Cumbre

Parte III · 14. Hierro

14

HIERRO

La tormenta bajó de la nube el dieciocho a media mañana, cuando ya habían salido a gatas hacia la canaleta para ver la entrada del corredor que Henrik llamaba el Cuello de Botella.

Henrik había decidido la noche anterior que no iban a descansar en el cuarto campamento. Ahí arriba se comía igual cada día, dijo, y la comida no iba a crecer. En eso tenía razón. Dalmi le contestó que subir sin mirar antes el corredor era subir a ciegas, y él dijo que de acuerdo, que entonces subirían solo a mirar. Ella supo que esa era otra de sus respuestas de boca.

Lo había decidido por el pronóstico. Pasada la medianoche del diecisiete, después de las cuatro llamadas que no contestó, el satelital pitó con un mensaje escrito, y Henrik lo leyó en voz alta desde su tienda con la frontal sobre la pantalla. Era de un meteorólogo de Innsbruck al que le pagaba por día. Tres días buenos, del diecinueve al veintiuno. El chorro de viento de altura, que llevaba semanas pegado a las cumbres, se iba hacia el norte y subía. Desde el veintidós volvía a bajar, con nieve.

—Tres días —dijo Henrik, y se le oía la sonrisa a través de la lona—. Es la ventana. No va a haber otra este año.

Paula se incorporó en el saco, con la cara hinchada.

—Ese hombre mira la montaña desde arriba —dijo—. Desde un satélite que nunca ha visto la cumbre.

—Mira el viento. El viento no sabe lo que hay debajo.

Dalmi tenía en la cabeza la nube, que no se había movido en diecisiete días con ningún viento, y no lo dijo. Hizo otra cuenta. Esperar un día en el cuatro era un día menos de gas, y les quedaban cuatro cartuchos para tres personas. Ir al día siguiente era subir sin haber visto el corredor. Discutieron en la oscuridad, a través de las dos lonas, Henrik en voz alta y ellas dos en voz baja, hasta que Dalmi pidió una sola cosa, y la pidió sacando la cabeza de la tienda para que él la oyera bien.

—Una hora de retorno. La que digas tú, pero antes, no arriba.

En los ochomiles de la agencia era la regla que más muertos ahorraba y la que más clientes rompían. Se fija abajo, con la cabeza fría, una hora en que se da la vuelta, esté uno donde esté, a cien metros de la cumbre o a diez. Henrik tardó en contestar.

—Las dos de la tarde.

Ningún reloj de pulsera andaba desde el campo base. Quedaban los relojes de los GPS, que tomaban la hora de los satélites, y Henrik levantó el suyo en la oscuridad para que ellas vieran la pantalla verde con los números, el gesto de un hombre que enseña la garantía de algo que vende. Dalmi repitió la hora en kesh, para guardarla en su idioma.

Paula salió con ellos aunque nadie se lo pidió. Llevaba el gravímetro amarrado al pecho. Cada cincuenta metros se sentaba, nivelaba la caja sobre la nieve y esperaba dos minutos sin moverse. Después anotaba con el lápiz apretado entre los dedos hinchados y volvía a ponerse en cuatro patas.

Habían visto la nube quieta durante días. Aquella mañana la vieron moverse. El viento soplaba del oeste, y la nube no se fue hacia el este. Se hinchó hacia abajo. El borde se abrió en hebras grises que bajaron por la pared de hielo, con la forma de la leche que se derrama de una olla que hierve, y el cielo se puso de un blanco sin sol en el que las cosas dejaron de tener sombra. Dalmi se miró las manos sobre la nieve y no vio debajo la mancha oscura que hace una mano a mediodía.

Después vino el primer relámpago, horizontal, entre la barrera y la nube, una rama blanca que se abrió en cuatro y se cerró. Dalmi esperó el trueno contando, como le había enseñado la abuela, y llegó a cuarenta sin oírlo.

—Abajo —dijo, y se dio la vuelta en la nieve para quedar con la cabeza hacia el campamento.

Henrik estaba diez metros más arriba, con la cabeza levantada todo lo que podía, mirando la nube con la boca abierta. Dalmi se arrastró hasta él. Iba a tirarle de la correa del arnés cuando vio que el piolet que él llevaba colgado de la muñeca no colgaba hacia abajo.

Colgaba hacia arriba. El mango estaba tendido en el aire y la cabeza de acero apuntaba a la cumbre. Temblaba con el temblor de un perro que tira de la cuerda porque vio algo al otro lado de la calle. Henrik abrió la mano sin soltar la dragonera, y el piolet se quedó en el aire, tirando, a un palmo de su guante.

Ella sintió entonces el suyo. Lo llevaba enganchado al arnés, y el mosquetón le tiraba de la ropa a la altura del ombligo. Los crampones le empujaban las suelas pendiente arriba, un dedo, dos, y tenía que hacer fuerza con los tobillos para dejar los pies donde ella quería.

—Paula —dijo, sin atreverse a soltar la nieve.

Paula estaba más abajo, sentada junto al gravímetro, moviendo la cabeza de un lado a otro con los ojos entrecerrados, y a cada giro se le iba la cara de un color a otro.

A Dalmi le llegó un minuto después. Giró la cara y el mundo giró con ella y siguió girando cuando la cara ya se había detenido, el tambor de una lavadora que da vueltas con la tapa abierta. Le subió el estómago a la garganta. Cerró los ojos y vio destellos en la orilla derecha, chispas verdes que se encendían siempre del mismo lado, hacia la montaña. Los abrió y los destellos siguieron ahí, encima de la nieve.

Tenía en la boca sabor a moneda, en la lengua, en las encías, el sabor de las llaves que de niña se metía en la boca cuando su madre no miraba. Después llegó el zumbido, fino y continuo, un hilo de cobre que vibra. No venía de afuera. Venía del oído derecho, el que daba hacia la nube.

Henrik se reía bajito, con el piolet tirando en la mano abierta.

—Mira esto, Dalmi —dijo, con la voz de un niño que ve nevar por primera vez—. Mira esto, por favor.

—Abajo —repitió ella, y estiró la mano hacia su arnés.

Entonces se soltó la botella. Iba al fondo de la mochila de Henrik, como ella le había dicho. Dalmi vio el bulto de la mochila moverse una vez, cuando la botella se corrió hacia arriba dentro de la tela, y la tapa abrirse por el lado donde él no la había cerrado bien. La botella era de acero pintado de naranja, del largo de un brazo. Cayó en la nieve, rodó una vez hacia ellos, como rueda lo que cae en una pendiente, y se detuvo.




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