La Montaña Sin Cumbre

Parte III · 15. El cuaderno

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EL CUADERNO

Paula no comió esa noche. Dalmi le puso delante la olla con la sopa de fideos, de esos que en altura se cuecen mal porque el agua hierve antes de estar caliente, y Paula dijo gracias y no la tocó. Tenía el cuaderno sobre las rodillas y volvía una y otra vez a la hoja subrayada sin pasar a la siguiente.

Dalmi se tomó su parte y después la de Paula, porque en la montaña no se tira la comida caliente. Se lo había enseñado un cocinero de la agencia: en altura se cocina con tapa, con poca agua y una porción más de la que se va a comer, porque alguien vuelve tarde y con hambre. Esa noche nadie iba a volver tarde. Henrik estaba en su tienda, y a ratos se oía el pitido corto del satelital al encenderse y el otro, más largo, de la señal que no llega.

—¿Te duele algo? —preguntó Dalmi.

—El pecho, desde la tarde —dijo Paula, y se tocó el esternón con dos dedos—. Es el peso, no te preocupes.

—Me preocupo igual —dijo Dalmi, y le acercó el té.

Paula se rio con la nariz, lo mismo que el primer día en el albergue, y la risa le salió entrecortada.

Se acostaron temprano. Paula no pudo acostarse boca abajo: dijo que así sentía el corazón aplastado contra el suelo, que se lo oía en la colchoneta. Se quedó sentada contra la mochila, con las piernas dentro del saco y la cabeza apoyada en la pared de la tienda.

A medianoche Dalmi la oyó respirar mal. Era un ruido que conocía de otras montañas, de clientes que se habían quedado demasiado tiempo arriba, un hervor húmedo al fondo de cada respiración, la tetera que empieza a hervir con la tapa puesta. Encendió la frontal y vio que Paula tenía los ojos abiertos, los labios grises, los párpados gordos y la piel de las mejillas tirante.

—El corazón —dijo Paula, antes de que Dalmi nombrara el agua en los pulmones—. Late y late, y no siento que la sangre me llegue a ningún lado. Es bombear agua por una manguera con un nudo.

—Te bajo —dijo Dalmi, y ya estaba buscando el cordino entre las ollas.

—¿Cómo? —preguntó Paula, sin enojo, con la curiosidad de una alumna.

La respuesta Dalmi la tenía en los hombros desde el día en que intentaron bajar a Ilya. Paula pesaba cincuenta kilos en el valle. Ahí pesaba lo de un hombre grande, y había que arrastrarla de noche por la canaleta, a gatas, con la sangre de las dos yéndose a las manos. Setecientos metros más abajo pesaría algo menos, y para llegar a esos setecientos metros hacía falta una noche entera y tres porteadores.

Lo dijo igual. Le dijo que la podía arrastrar en el saco de dormir, con un cordino amarrado al arnés y el saco por delante, con los pies primero, que la pendiente hacía la mitad del trabajo, que había bajado gente así. Paula la dejó terminar y después le dijo su nombre, solo eso, en el tono con que se le avisa a alguien que se equivocó de calle.

—Lo puedo hacer —insistió Dalmi, con el cordino en la mano.

—Ya sé que podés —dijo Paula en su idioma, y después lo repitió en inglés.

Afuera, el satelital pitó otra vez, y se oyó la voz de Henrik hablando fuerte en su lengua. Había conseguido señal. Dalmi lo oyó arrastrarse fuera de su tienda, el roce de las rodilleras en la nieve, buscando el lugar donde la señal no se cortara, y la voz se fue achicando hacia el borde de la terraza. Era la voz que le había oído en Thoe, la última noche antes de la línea, una voz que empieza segura y se va gastando con cada frase, que explica, que pide plazo.

—Le están cobrando —dijo Paula, sin abrir los ojos.

—Siempre le están cobrando.

—A mí me cobraron la carrera. —Paula sonrió con la mitad de la boca—. Mi director me dijo que si venía me olvidara de volver al grupo. Le dije que iba a volver con datos. Me dijo que los datos que yo trajera no los iba a querer nadie. Tenía razón, el hijo de puta.

Tosió, y la tos le salió rosada en la palma. Se la limpió en el saco de pasada, el gesto de cocina para sacarse la mantequilla de los dedos.

Dalmi sacó la botella de oxígeno que llevaba en su carga desde el tercer campamento, la que no se había ido cuesta arriba. Le puso la mascarilla y abrió la válvula. Paula respiró dos veces y se la sacó.

—El aire aquí está bien —dijo, y dejó caer la mascarilla sobre el saco.

Se quedaron calladas. El zumbido del oído derecho había vuelto, más bajo que en la canaleta, un hilo fino detrás de todo. La frontal alumbraba la pared verde de la tienda, con la escarcha de la respiración pegada al nailon.

Paula metió la mano dentro de la chaqueta. Le costó, porque el brazo pesaba y la mano se le iba hacia el suelo, y tuvo que sujetarse el codo con la otra mano para llegar al bolsillo interior. Sacó el cuaderno de tapas amarillas, tibio. Lo llevaba desde Mendoza, le había contado una vez, desde antes de saber que existía Ilvaran, porque ahí anotaba lo que no le cabía en la cabeza. Lo había elegido de papel que no se moja para escribir bajo la nieve del Aconcagua.

Se lo puso a Dalmi en las manos y le cerró los dedos encima.

—No lo entiendo —dijo Dalmi.

—No hace falta que lo entiendas. Alguien lo va a entender. Guárdalo donde se guardan las cosas que no se tiran.

A Dalmi se le vino a la cabeza el calcetín donde guardaba la tarjeta de Ilya, y después la sala de los libros de Thoe, donde de niña había visto a los monjes pasar las hojas con un palito para no tocarlas con los dedos. Le dijo que sí.

Paula cerró los ojos. Dalmi le subió el cierre del saco hasta el mentón, lo que se hace con un cliente que ya no puede subírselo solo, y le revisó los pies, que tenía duros y fríos, de madera. Se los frotó a través del saco, sin saber para qué, mientras afuera Henrik ya gritaba.

Paula abrió los ojos y la buscó. Movió la boca dos veces antes de que le saliera la voz, y salió en inglés, lenta, cada palabra puesta encima de la anterior como las piedras de un muro de piedra seca. Dalmi se acercó con el oído izquierdo, el que todavía no zumbaba.




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