16
EL SERAC
Salieron el veinte antes del amanecer, porque Henrik no quiso esperar la luz y Dalmi no quiso discutir delante de Paula.
Delante de Paula, se dijo después. Paula estaba a veinte metros, anclada a dos estacas, con la cara vuelta hacia la nube y la nieve de la noche acumulada en los pliegues del saco. Dalmi pasó a su lado a gatas, con la frontal apagada para no alumbrarla, y le tocó el pie al pasar. Lo encontró duro. Henrik pasó sin tocarla, y unos metros más allá se detuvo dándole la espalda, quieto, antes de seguir.
Dalmi había rehecho las cargas a oscuras, por el tacto de cada cosa, y lo que quedaba era poco: la tienda pequeña, un hornillo, dos cartuchos de gas, comida para tres días si se comía mal, la cuerda corta y los dos sacos. El resto del acero quedó amontonado en la terraza, con la pala clavada encima para encontrarlo a la vuelta. Se quedó con los crampones, porque sin crampones no se cruza hielo vivo, y con su piolet, atado a la mochila con la cabeza hacia abajo.
Henrik también conservó el suyo, atado igual, con dos cintas. Aun así, cuando subían, Dalmi veía el bulto de su mochila torcerse hacia la nube, y a él corregirlo con un movimiento de hombro que en dos días se le había vuelto costumbre.
La canaleta fue la del dieciocho, y peor, porque ahora sabían lo que venía. Dalmi se detenía cada veinte movimientos de rodilla con la frente en la nieve. Henrik, cada quince. Ella contaba las paradas de los dos para no pensar en el saco que habían dejado atrás. Los destellos y el gusto a metal llegaron donde los esperaba, y el zumbido, que había vuelto desde la noche de Paula, subió de volumen. Los crampones le tiraban de los pies pendiente arriba. Aprendió a usarlos con la maña de bajar una carga por una rampa, que va delante y uno apenas la frena para que no se escape.
Lo peor de la canaleta fue que no se acababa. Cada tramo era el anterior, el mismo hielo gris con las mismas costras, la misma roca negra a la derecha, y la cabeza, sin nada nuevo que mirar, empezó a soltarse. Dalmi se descubrió dormida con la frente en la nieve, sin saber cuánto rato, con la boca abierta y un hilo de saliva congelado en el mentón. Había soñado que estaba en la bodega de la agencia contando mosquetones y que le faltaba uno. Despertó con la cuenta de los mosquetones todavía en los labios. Desde entonces contó los empujones en voz alta, en kesh, de diez en diez, y a cada diez se obligaba a decir una cosa cierta, la última hora que le había leído a Henrik en el GPS, el nombre de su madre, cuántos cartuchos quedaban en la mochila. Así se le enganchaba la cabeza al día, la carga amarrada a la anilla para que no se la lleve la pendiente.
Henrik no contaba. A él lo enganchaba otra cosa. De vez en cuando se detenía, sacaba el GPS del bolsillo del pecho, miraba la hora y la altura y lo guardaba sin decir nada. Dalmi veía el verde de la pantalla reflejado en su cara un instante, y después la cara se le apagaba otra vez. Abajo, hacia el sur, el cielo del valle estaba limpio y azul hasta el horizonte, sin una nube, tal como lo había prometido el hombre de Innsbruck, y la nube de arriba seguía donde había estado siempre.
Desde abajo el corredor le había parecido una grieta. De cerca era un pasillo, el Cuello de Botella de Henrik. A la derecha estaba la pared de la montaña, roca negra con vetas de hielo. A la izquierda, el serac, un bloque azul del tamaño de un templo, apoyado contra la pared por arriba. Debajo quedaba un túnel abierto de un lado, de tres o cuatro metros de ancho, que se perdía al fondo en una luz sin sombra. El piso era de hielo gris, con estrías.
Dalmi había pasado bajo muchos seracs, siempre rápido y de madrugada, antes de que el sol los calentara. Cualquier porteador sabe que el hielo de un glaciar baja hacia el valle unos centímetros por día, que donde baja se quiebra y que las estrías del suelo corren hacia donde va el hielo.
Las estrías de ese corredor corrían hacia adentro.
Se quedó mirándolas con la mejilla casi pegada al suelo. Eran surcos finos y paralelos, del grosor de un dedo, y no iban hacia el valle. Iban hacia el fondo del corredor, hacia arriba y hacia el centro. Los viejos del valle decían que la montaña se arrodillaba, y por primera vez la palabra le pareció mal elegida, y no encontró otra.
Henrik ya había entrado, y la llamó desde adentro con una voz aplastada por el hielo.
Adentro hacía menos frío, y la luz era azul, filtrada por el serac, sin un lugar de donde venir. Dalmi se miró la mano apoyada en el hielo y no tenía sombra. Eso le hizo más daño que el zumbido. El piso subía suave, la pared del serac se iba acercando a la roca y el techo bajaba. A los treinta metros vio la primera.
Estaba en el techo, a un metro sobre su cabeza, incrustada hasta la mitad en el hielo, con la punta hacia adentro. Era un piolet antiquísimo, de cabeza de bronce verde comida de manchas, sin mango. Detrás había una hoja de hierro forjado, negra, del tamaño de una mano. Más allá, una argolla con un pedazo de cadena. Más allá, algo que pudo haber sido una pala o una espada. Todos miraban hacia el fondo.
Dalmi siguió con los ojos las estrías del techo, que corrían en la misma dirección que las del suelo. Alguien había dejado caer esas cosas alguna vez, en algún borde de la montaña, y el hielo se las había tragado. Después el serac se las había ido llevando centímetro a centímetro hacia adentro, quién sabe desde hacía cuánto tiempo.
Contó once antes de dejar de contar.
Lo que más buscó, después, fue un cuerpo. Buscó en las grietas del suelo y en los rincones donde la roca se juntaba con el hielo: un hueso, un pedazo de tela, una suela, un diente. En otras montañas había pasado junto a muertos viejos, un alemán que llevaba treinta años sentado en una repisa con la ropa de colores y la cara negra. Los muertos de las montañas se quedan donde caen, y se quedan siglos. Ahí había hierro, bronce y hielo, y la gente que los había traído no estaba en ninguna parte.