18
EL PRIMERO
Henrik se detuvo a la orilla de las hileras de copos, sacó el GPS de la chaqueta y lo prendió con el pulgar. Dalmi se arrastró hasta su hombro y leyó la pantalla por encima de su brazo. Marcaba 14:20 y 8.260.
—Ya es la hora —dijo ella.
—Sí —dijo Henrik, y las piernas lo empujaron un palmo más arriba.
El gris le llegó a Dalmi sin aviso, en la mitad de un empujón. Ya conocía la forma. Empezaba en la orilla de los ojos, se cerraba hacia el centro en un anillo de ceniza y la dejaba ciega unos segundos con la cara contra la nieve, oyendo su propio corazón. Trabajaba a golpes gruesos para subirle la sangre a la cabeza. Esta vez duró más que nunca. Cuando la luz volvió, lo primero que vio fue la cuerda tendida recta delante de ella sobre la nieve, sin tensión, y en la punta de la cuerda no había nadie.
El nudo estaba ahí, abierto sobre la nieve. La gaza del as de guía seguía dibujada en la cuerda, todavía con la forma de la cintura de Henrik, una oreja vacía.
Con carga, el as de guía no se suelta nunca. Sin carga basta doblar el lazo hacia atrás con el pulgar y se abre solo, con una mano. Henrik lo había mirado mientras ella lo hacía y había dicho que era bonito. Después había esperado a que ella se quedara ciega y quieta, sin tirar, para doblarlo con el pulgar.
Levantó la cabeza contra el peso. Henrik estaba a unos seis metros, más arriba, arrastrándose entre las hileras de copos detenidos.
Avanzaba rápido. Ella no le había visto esa rapidez en toda la subida. Los codos se clavaban en la nieve y el cuerpo los seguía, codo y cuerpo, codo y cuerpo, sin parar a respirar. Los copos colgados se le rompían contra la capucha, y los que no tocaba temblaban a su paso y volvían a quedarse quietos. Debajo de él la nieve blanda se había vuelto una costra lisa y brillante, de un gris de azúcar quemada, que crujía bajo los codos con un sonido de vidrio.
—¡Henrik! —gritó, y el grito le salió entero, con todo ese aire bueno, y no le volvió nada.
La nube se lo comió sin eco, una manta echada encima de un perro que ladra, y Henrik no se detuvo.
—¡Henrik, para ahí! ¡Te lo pido, para ahí, por favor!
Dalmi se arrastró detrás de él sin pensar en nada. La cuerda se le enredó en la bota y la pateó lejos. Cada empujón le costaba una nube gris en los ojos que tenía que esperar con la cara de lado. Mientras esperaba, la cabeza le hacía cuentas que no le había pedido. Henrik pesaba ochenta y tantos kilos en el pueblo del puente. Ahí arriba pesaba el doble, y a esa altura el doble ya no le cabía en ninguna balanza que ella conociera. Aun así se movía más rápido que ella.
Cuando volvió a levantar la cabeza, él se había detenido.
Estaba a un brazo de distancia de algo que ella no veía y que veía al mismo tiempo. Delante de Henrik los copos colgados se acababan de golpe, en una línea limpia que cortaba la pendiente de lado a lado, tan recta que parecía trazada con hilo de albañil. De este lado temblaban las hileras de nieve detenida. Del otro lado no había nada, solo la luz que se oscurecía y el bulto de nube densa que zumbaba hasta en las encías. Dalmi sintió el zumbido en el oído derecho, el que tenía vuelto hacia la línea. Era un dolor fino, de alfiler, que entraba y salía.
Henrik se dio la vuelta. Le costó mucho trabajo. Se apoyó en un codo y fue girando la cadera contra el peso hasta quedar sentado de costado sobre la costra, con las piernas a lo largo de la pendiente y las botas hacia la línea. Tenía el torso girado hacia ella, apoyado en el brazo derecho, y la cara vuelta hacia abajo. Respiraba hondo, con la boca abierta. En la cara hinchada había una expresión que Dalmi tardó en reconocer porque nunca se la había visto en la montaña. Henrik estaba contento, con la cara de un muchacho que llega primero a la esquina en una carrera de barrio y se da la vuelta a ver a los demás.
Abrió la boca para decir algo, y Dalmi nunca supo qué iba a decir.
La costra se movió bajo su cuerpo. Fue poco, medio palmo, el resbalón de una carga mal apoyada en el borde de una repisa antes de caer. Henrik clavó en la costra la mano derecha y después la izquierda, junto a la otra. Las botas, que apuntaban cuesta arriba, cruzaron la línea.
Al principio no hubo ningún ruido. Después hubo un siseo fino y continuo, el de un puñado de arena que alguien deja caer sobre un vidrio sin que se le acabe nunca la arena, y venía de las botas. Dalmi las vio con la claridad sin sombra de esa luz. Vio los crampones soltarse de las suelas y subir enteros, antes que nada. Vio cada costura, el cordón amarillo, la marca del fabricante en el talón. Vio que el cuero del empeine se peinaba, y aunque buscó otra palabra después, nunca encontró una mejor. La superficie de la bota se abría en cientos de hebras finas y paralelas que se estiraban hacia la nube, alineadas con los copos detenidos, se adelgazaban sin cortarse y en la punta se deshacían en un polvo que brillaba.
El polvo subía en columnas delgadas y rectas, con una luz propia, de escarcha al sol, aunque ahí no había sol. Era bonito, y a Dalmi se le cerró la garganta al ver que era bonito.
Debajo de la bota apareció el calcetín, y debajo, el pie. Era el pie desnudo de un hombre de cincuenta y un años, blanco, de empeine alto, con una uña negra en el dedo gordo, de alguna caminata vieja. Lo vio un segundo entero. Después la piel se abrió en surcos paralelos desde los dedos hacia el tobillo, y la carne de debajo se abrió igual. No salió sangre ni nada que corriera. La carne roja se separaba en fibras, se estiraba hacia la nube, se volvía rosada y después luz. Dalmi había visto eso antes, en la puerta de su casa. Era la lana de la abuela Ojun en las púas de la carda, abriéndose en mechones paralelos, pero roja, y después ya no roja.
Olía a hierro caliente, a herradura recién sacada del fuego y metida en el balde, y por debajo a las tardes de verano en el valle, cuando la tormenta se acercaba por el paso y el aire se ponía agrio antes del primer rayo. El hueso duró un parpadeo más que la carne, un pie dibujado en tiza, y después también subió, y el siseo bajó medio tono.