19
LA MANO
La mano salió antes de que Dalmi lo decidiera. Toda la vida había salido antes que ella. Era la que agarraba la correa que se cortaba, el tobillo del cliente que resbalaba y el borde del puente de nieve cuando el puente cedía. Quince años de cargar le habían enseñado a no preguntarle nada, porque cuando preguntaba ya era tarde.
Iba a la muñeca de Henrik, y sabía hacerlo bien. Se agarra por la muñeca y no por los dedos, porque los dedos se resbalan con el guante y la muñeca no, y se cierra el pulgar por encima, en candado, para que el otro no pueda soltarse aunque quiera. Lo había hecho en una grieta del glaciar con un coreano que pesaba noventa kilos. Ella tenía la cuerda en la otra mano y él colgaba de la suya, y lo había sostenido hasta que llegaron los demás. Ese día había un guía francés mirando.
La izquierda de él, la que le había tendido, se fue hacia el centro con el cuerpo antes de que ella llegara. La derecha seguía clavada en la costra junto a la cadera, en el borde mismo de la línea, y la mano de Dalmi fue a esa. Los dedos de Dalmi cruzaron primero.
Al principio no le dolió, y eso fue lo peor después, en el recuerdo. Sintió un tirón suave, el de la lana que se engancha en un clavo, y una frescura que le subía por las yemas. Vio irse el guante en hilos negros, el guante de pluma bueno que le había comprado a un sueco en el pueblo del puente, y no miró lo que había debajo. No le hizo falta. Sabía cómo se peinaba la carne.
El dolor llegó de golpe, de todas partes de la mano al mismo tiempo, incluso de las que ya no estaban. No se parecía al del hueso roto ni al de la quemadura con la olla, que se podían señalar con un dedo. Estaba repartido en cada fibra que se separaba de la siguiente, y cada fibra le avisaba por separado, mil avisos a la vez, con un ruido de alambre en los dientes. Ella quiso cerrar la mano, y lo que había de mano se cerró, y siguió subiendo.
Olía a hierro caliente, y era su hierro.
El oído derecho reventó. Lo sintió por dentro de la cabeza, un estallido seco, y le bajó por el cuello un líquido tibio, y detrás del líquido vino el silencio. Del lado derecho el siseo y el zumbido se cortaron, y quedó un hueco sin fondo donde antes había estado el mundo. Del lado izquierdo el siseo seguía, y el mundo se torció. Todo se fue hacia la derecha de una vez, la pendiente, la costra gris, la nube, las hileras de copos detenidos. Arriba dejó de estar arriba, y la línea, que había estado frente a ella, quedó encima, debajo, en todas partes. Esta vez el vómito salió, con el estómago pesado de piedra, y le quedó en la cara contra la nieve.
El dolor la tiró hacia atrás.
Lo hizo el brazo, por su cuenta. Se encogió de un tirón, con el reflejo que retira la mano de una plancha caliente, y el codo se le dobló contra el pecho y el cuerpo se fue detrás, rodando de lado sobre la costra, medio metro, un metro, con la muñeca apretada contra el esternón. Oyó un aullido por un solo oído, lejos, y le pareció de otra persona.
Antes de rodar vio el centro durante un segundo. La nube densa se abrió en el giro de su caída, o fue ella la que cayó en un ángulo desde donde se podía ver. En la abertura había algo oscuro. No reflejaba la luz de leche ni los relámpagos, que lo rodeaban sin tocarlo, y era lo único quieto en toda la nube. Alrededor giraban las hebras de polvo brillante, las de Henrik y las de ella, en vueltas cada vez más apretadas, y caían en lo oscuro sin hacerle ruido. Le pareció más grande que un momento antes, o más cerca, y nunca supo cuál de las dos cosas era peor.
Rodó, y dejó de verlo. Quedó boca arriba, con el brazo derecho apretado contra el pecho. No se miró la mano. Por un buen rato solo respiró ese aire de valle con río y lloró sin hacer ruido, porque el ruido le dolía en la cabeza.
Cuando pudo, giró la cara hacia la izquierda, que era donde todavía había sonido.
De Henrik quedaba lo que va del pecho hacia arriba, sentado en la costra, sin brazos que lo sostuvieran, y aun así no se iba de golpe, sino al ritmo del siseo, un dedo por segundo. Tenía la cara entera todavía. La tenía vuelta hacia ella, y la estaba mirando.
Dalmi le sostuvo la mirada porque no supo hacer otra cosa. La vista se le iba sola hacia la derecha, hacia el hueco del oído muerto, y ella la devolvía a la cara de Henrik con los dientes apretados. Él ya no movía la boca. La barba canosa seguía con escarcha. La línea le llegó al cuello, y después se le fueron el mentón, la boca, la barba con la escarcha todavía puesta y la nariz quemada de un sol viejo.
Los ojos fueron lo último. Se quedaron un instante sin cara alrededor, dos ojos azules en el aire de la nube, mirándola. Después se abrieron en hebras de agua que no era agua, y subieron, y cayeron con lo demás hacia lo quieto del centro.
El siseo se acabó.
Hubo un silencio grande en el oído izquierdo, del mismo tamaño que el del derecho, y por un momento Dalmi creyó que se había quedado sorda del todo. Después oyó su propia respiración, ronca, y el crujido de la costra bajo su espalda. Del otro lado de la línea no quedaba nada de él, ni un hilo de ropa, ni un botón. De este lado quedaba la punta de la cuerda, con la gaza abierta del as de guía. Más abajo, contra un bulto de nieve dura, el teléfono satelital había dejado de vibrar.
Henrik había llegado primero. Estaba en la cumbre, y la cumbre ya no iba a soltarlo.
Solo entonces se miró la mano. El brazo terminaba en la muñeca. El corte era limpio y plano, del mismo gris plateado de la costra, sin piel ni carne a la vista, y no sangraba ni salía nada de él. Estaba sellado, una cosa terminada. Le dolía la mano entera, abierta y deshaciéndose, cada fibra avisándole por separado, y la mano no estaba.
Lo primero que hizo fue lo que le habían enseñado. Se sacó con los dientes la cinta del gorro, una tira de lana trenzada que llevaba desde hacía años, le dio una vuelta al antebrazo, arriba de la muñeca, y la apretó con un nudo de cirujano, el que se ajusta tirando con la boca. Le quedó firme y bien hecho. Después se quedó mirando el nudo, apretado sobre un brazo que no sangraba. No servía para nada. Lo había hecho porque la mano izquierda sabía hacerlo y la derecha ya no estaba para hacerlo mejor. No se lo sacó.