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AL REVÉS
Más abajo del borde de la nube encontró el hoyo bajo las dos piedras. Lo escarbó con la mano izquierda, de rodillas, cayéndose cuesta arriba, hacia la montaña, cada vez que levantaba la cabeza. Sacó su piolet y dejó el de Henrik, porque no tenía cómo cargar dos y porque ese ya no era de nadie. Después rehízo la mochila con los dientes. Dejó el gas. Se quedó con el hornillo y la comida, y metió todo lo pesado arriba y pegado a la espalda, para que la carga tirara cuesta abajo y peleara contra el otro tirón. Era lo que hacía con los clientes torpes, que siempre se cargaban hacia el lado malo. Acortó la correa sana con un nudo corredizo que apretó tirando con la boca, y el nailon le supo a sal y a metal.
A cada metro que bajaba pesaba menos.
Lo notó al salir de la nube, cuando la nieve volvió a caer hacia abajo y la luz volvió a hacer sombras. Las piernas se le despegaban del suelo con menos esfuerzo y el pecho se le abría. En el Cuello de Botella el hierro todavía tiraba. Los crampones se le iban hacia atrás, hacia la cumbre, y cada paso había que arrancarlo del hielo. En un resalte tuvo que soltar el piolet para agarrarse de una roca, y el piolet no cayó. Se deslizó cuesta arriba por el piso del corredor, raspando el hielo. Se detuvo hacia el fondo, cerca del de las iniciales, con la punta hacia el cielo, junto a uno de bronce verde que no tenía nombre.
Lo dejó allá, con los otros.
Salió del corredor de noche, con los ojos latiendo hacia un lado. Más abajo el zumbido se fue apagando, y el oído izquierdo le devolvió el viento, que ahora era solo viento.
La tienda del campamento cuatro seguía en pie, torcida, con la tela tirante hacia la montaña. Paula estaba donde la habían dejado, a unos veinte metros, anclada de espaldas contra la pendiente. Dalmi se arrastró hasta ella. Tenía la cara tranquila y gris, y el pelo negro, amarrado de cualquier manera, se le había escarchado en las puntas.
Se sentó a su lado en la nieve. Le habló en su idioma y después en inglés, y en ninguno de los dos encontró nada que valiera la pena. Le contó lo que había pasado, en orden, la nube, Henrik, el borde, la mano. Se lo entregó por piezas, la carga que se deja en el depósito de la agencia. Paula no hubiera querido otra cosa.
—Lo miré —dijo al final—. Un segundo nada más.
El altímetro seguía en la muñeca de Paula, donde Dalmi lo había visto cientos de veces, golpeado con la uña cuando los números no le gustaban. Desabrocharlo le tomó media hora. La correa estaba dura de frío y el brazo pesaba más que un brazo, de modo que lo sujetó con la rodilla y tiró con los dientes. Se lo puso en la muñeca izquierda, encima del guante. Marcaba 5.020.
Le subió a Paula el cierre del saco hasta el mentón, con los dientes, y le acomodó el pelo escarchado debajo de la capucha.
Durmió dos horas a resguardo de una roca, sin entrar a la tienda, y no tuvo frío. Se despertó con ganas de correr. Tenía el cuerpo liviano de un día de descanso, y supo que esas ganas eran peligrosas porque ya las conocía de las rotaciones, cuando bajaban al campo base y Henrik decía aclimatación y todos se reían de alivio. Ahora no había nadie que se riera. Bajó contando los pasos para no correr, de cien en cien, y cada cien miraba el altímetro.
El número subía. Bajó setecientos metros de montaña entre el campamento cuatro y el tres, y el altímetro subió quinientos cincuenta. A Dalmi no le quedaba mano libre para anotarlo mientras bajaba, y lo repitió en voz alta, 5.570, para que el número le quedara en la boca hasta que pudiera dárselo a alguien.
En el campamento tres, Ilya seguía donde lo habían dejado, envuelto en la lona, amarrado a las cuatro estacas y al tornillo de hielo. El cuerpo se había corrido de lado durante esos días, hacia la montaña, hasta dejar la cuerda tensa, un tendedero con la ropa mojada. La cámara seguía encima de él, donde la había puesto Paula, con la pantalla hacia abajo y una costra de nieve encima.
Dalmi se arrodilló junto al nudo del pecho. Lo había hecho ella, y el hielo lo había soldado en una sola pieza. Con una mano no podía rehacerlo y tampoco lo necesitaba, porque aguantaba. Le puso la mano izquierda encima, sobre la lona, y le pidió perdón en su idioma por no haber podido bajarlo, aunque los dos sabían que no se podía.
Ella ahora era una carga mal repartida con cuatrocientos gramos de menos, y no podía con nadie.
Entre el campamento tres y el dos la ligereza se volvió una borrachera. Las piernas le pedían saltar los resaltes en lugar de destreparlos, el pecho se le llenaba de un aire dulce y la cabeza le decía que estaba sana, entera, que la mano era un detalle. Bajó un tramo trotando sin darse cuenta, y se obligó a parar contando otra vez de cien en cien.
Entre el dos y el uno, en una lengua de nieve dura, se le fue el pie. Cayó hacia atrás, hacia la montaña, hacia donde caía siempre ahora, y rodó dos metros hasta quedar atravesada contra una piedra. El golpe le dolió lo que duele un golpe de dos metros, ni más ni menos. Se quedó sentada contra la piedra hasta que dejó de reírse.
Abajo las caídas volvían a pesar lo que pesaban. Eso también lo guardó en la cabeza, junto al número.
Comió con la mano izquierda, mal, derramando, porque esa mano no sabía comer. Quiso tomar agua y la cantimplora echó un chorro que se torció en el aire hacia la montaña y le mojó la manga derecha, la vacía. Se tomó lo que quedaba directo del pico. En el uno desenterró dos cartuchos de la bolsa amarilla y derritió nieve hasta llenar la cantimplora, sujetando la olla con las rodillas. Las barreras las bajó colgada de las cuerdas fijas, con el brazo bueno enrollado en la cuerda y el muñón contra el pecho.
Desde el campamento tres el altímetro dejó de subir y empezó a bajar con ella, más lento que sus piernas, cada vez más de acuerdo con el suelo. Solo en el último tramo, entre el uno y el campo base, volvió a subir cincuenta metros.