21
GUARDIANA
La encontró un pastor de cabras que bajaba con el rebaño antes de las nieves. Era un niño de doce o trece años, con una honda al cuello. Lo primero que hizo fue mirarle la manga. Después miró la línea de piedras, a tres pasos de los pies de Dalmi, y se quedó quieto calculando algo que nadie le había enseñado a calcular. Dejó las cabras solas y corrió a Thoe sin decirle una palabra.
Volvió con dos monjes jóvenes y una mula. La subieron atravesada, con la carga, y Dalmi se cayó hacia atrás, hacia la montaña, antes de que la mula diera tres pasos, así que la amarraron. Uno de los monjes hizo un ballestrinque flojo, y Dalmi se lo señaló con la mano izquierda, porque no tenía voz para más. El monje lo rehízo en rombo, como ella le fue marcando con el dedo.
Llegaron a Thoe de noche. El monasterio le pareció más pequeño que un mes antes. En la puerta había una lámpara de mantequilla y, junto a la lámpara, Sumre.
La vieja esperó a que bajaran a Dalmi de la mula y los monjes se fueran. Después le acercó el oído derecho, el bueno, y la miró. Le miró la cara y el oído reventado, con la costra seca bajando por el cuello, y se quedó en la manga sin preguntar nada.
—Ven —dijo, y entró.
Le limpió el muñón en la cocina, junto al fogón, con la manga izquierda vacía, la suya, doblada y cosida sobre la mesa. Le lavó el extremo con agua tibia y sal, aunque no había herida que curar. El corte seguía sellado, gris, con unas vetas finas y paralelas, y Sumre las recorrió con el pulgar derecho, en el sentido de las vetas, de la muñeca hacia afuera. Lo envolvió en un paño de lana con un nudo plano que se podía soltar con los dientes. Después le puso delante un tazón de té con sal y se sentó al otro lado del fogón a mirar el fuego.
—No sangra —dijo Dalmi, mucho después, y Sumre asintió.
—Me duelen los dedos —dijo Dalmi, y se tocó el paño—. El pulgar, sobre todo.
—Siempre el pulgar —dijo Sumre, y no dijo nada más esa noche.
Dalmi durmió tres días en una celda que daba al patio. Aprendió a comer con la izquierda y a orinar sin caerse, agarrada de una argolla de hierro clavada en el muro de la letrina a la altura justa, a la izquierda, que alguien había puesto ahí mucho antes que ella. Los novicios dejaron de correr a levantarla al segundo día.
Al cuarto día Sumre la llevó a la línea cercana, la que Dalmi le había mostrado a Paula un mes antes. Sumre iba adelante con un bastón en la mano derecha. Dalmi la seguía agarrándose de las matas del borde del sendero, y tardó el doble. La vieja la esperó en cada vuelta del camino sin darse la vuelta a mirarla.
Las piedras estaban donde habían estado siempre, separadas unas de otras por unos treinta pasos de pasto amarillo. Eran nueve. Sumre se detuvo frente a la novena, la de piedra clara y bordes vivos, la que Paula había dibujado en una esquina de su cuaderno. La mano tallada era una izquierda, de dedos delgados que se torcían hacia afuera en la punta, con una línea recta y honda debajo de la muñeca.
Sumre puso su palma derecha sobre la mano tallada, sin apoyar el peso, y la dejó ahí.
—Mil novecientos cincuenta y ocho —dijo.
Dalmi miró las dos manos. La de carne era vieja y seca, de nudillos hinchados, y era la que había picado la otra.
—Se llamaba Penhallow —dijo Sumre—. Quiso llegar primero, y yo le llevaba la carga.
Retiró la palma y empezó a bajar por el sendero, con la cabeza girada hacia el lado del oído bueno. Dalmi se quedó sola frente a las nueve piedras.
Pensaba en kilos todavía, porque no sabía pensar de otra manera. Nueve piedras en ese lomo, en todos esos siglos, eran nueve manos, unos tres kilos y medio, lo que pesa una bolsa de harina pequeña. Siglos de valle dando vueltas alrededor de la montaña, y eso era todo lo que la montaña había dejado salir.
Se sentó en el pasto porque las piernas no la sostuvieron, y se cayó hacia adelante, hacia las piedras y la montaña que tenían detrás.
Esa tarde Sumre le abrió el arcón.
Estaba detrás del altar, debajo de una pila de mantas de fieltro. Era de cedro, sin llave. Adentro había rollos de papel de corteza envueltos en seda, un pañuelo de algodón con dos iniciales bordadas en hilo azul, las mismas del piolet del serac, y un libro de rezos con unas hojas dobladas adentro, escritas en una letra que no era la del topógrafo.
—Ram Prasad —dijo Sumre, y le sacudió el polvo con la manga cosida.
Un monje viejo sabía indostaní y se lo leyó a la luz de la lámpara, frase por frase. Cuando llegó a la frase de la línea perdida, la que hablaba de los que vuelven, Dalmi le pidió que la leyera otra vez, y el monje la leyó otra vez, sin cambiarle nada.
Después sacó de la chaqueta el cuaderno de Paula, el de tapas amarillas, y lo abrió entero. El monje sabía algo de inglés y le leyó lo poco que había entre los números. Había columnas con fechas, las alturas del altímetro y las del GPS en la letra apretada de Paula, con flechas y tachaduras, y una página con una sola cuenta subrayada dos veces. Dalmi no entendió las cuentas. Entendió que eran los mismos números del topógrafo, ciento setenta años más tarde y más cerca, y que también se torcían al acercarse a la montaña.
Con el lápiz de Paula, con la izquierda, escribió en la última página lo que traía en la boca desde el campamento tres, el 5.570. Escribió también la cifra del campamento cuatro, el 5.020, y la letra le salió de niña que aprende, grande y temblorosa, cayéndose hacia la derecha. Al final escribió que abajo una caída de dos metros pesaba lo que pesa una caída de dos metros. Lo escribió en kesh, porque no sabía escribirlo en otra cosa.
Puso el cuaderno junto a las hojas de Ram Prasad, sobre el pañuelo de las iniciales, y Sumre cerró la tapa. La tarjeta de Ilya se la quedó en el calcetín, para la hermana del banco, y el papel de Henrik también.