La unión de dos carnes dio fruto a otra, sin embargo, la desunión de esas mismas dejó intacto al fruto, o casi intacto.
Creció en un entorno donde un papel valía más que otro papel, a pesar de ser el mismo, con variación en orientación, color, contenido… y a pesar de esas diferencias por más que dos papeles fueran los mismos ocupaban distintos tratos.
Llegó hasta los diez años, cuando la separación de lo que se consideraba una masa entera desapareció, se quedo con la primera masa, el volumen inicial, mientras que el volumen final desapareció, cuánto Afán en ese entonces de haberse marchado con quien cometió un error en vez de quedarse con el que no lo cometió. Si bien lo importante es con lo que se inicia en la vida, era una verdad disfrazada de mentira, si bien lo importante es con lo que finalizaba en la vida, era una mentira disfrazada de verdad. Pero en realidad lo importante es lo que estaba entre la mitad del inicio y el final, una verdad en la realidad. No pudo decidir con quién estar, aunque supiera que era un derecho a su edad, la influencia entre aquellos papeles fue demasiado que terminó con el que consideraban más “adaptado”, sin embargo, lo que más agrio al fruto fue ver a la masa que paso gran parte de una parte del medio y final con el yéndose como si nunca hubo un inicio antes que el.
Todavía recuerda esa noche que salió de aquellos pasillos tan largos y aburridos llenos con papeles de contenido absurdo, lo que lo mantenía anclado a la tierra era sostenerse de la mano de el Sol, y a pesar de que la oscuridad era presente a la Luna jamás volvería a ver, al menos que el Sol se lo permitiera y la Luna quisiera verlo una vez más. Caminando sintió que el Sol comenzó arder en su mano en forma de apretón, estaba enfadado, pero no brillaba con aquellos pequeños rayos que se filtran en las ventanas, estos parecían hasta láseres rojos. Dudo en preguntar por el bienestar del Sol, se quedaría esa noche con la idea de saber si estaba enfadado por el fruto, la Luna o por el mismo.
Luego pensó en la gran contradicción del Sol en la oscuridad, ya que lo correcto hubiese sido que el Sol estuviera en el día y la Luna en la noche, ambos asumiendo su papel desde el día en que el fruto tuvo su abrir de conciencia. Quería creer que sería algo temporal, y aquella Luna regresaría a iluminar más que el Sol una vez más, pero lo bueno es que el soñar nadie nos los quita, pero eso era una verdad disfrazada de mentira. Pensar en todo eso lo dejaría para otro día, a esa edad uno solo quería llegar a casa, cenar en familia… acostarse con un cuento que narrará su Luna y soñar con las nubes y la estrellas. Sin embargo, la familia era todavía una palabra tan complicada, tan compleja, tan marchita, tan maldita.... y tan vivida sin vivirla.
El viaje en carro se sintió tan abrumado e incómodo, pero de una manera que la comprendía más el Sol que el fruto. No hubo diálogo con palabras, pero si miradas que el me lanzaba por el retrovisor del vehículo, más que todo esas miradas tan pequeña se sentían tan largas y nuevamente tan pequeñas. No parecían transmitir un regaño, un enojo o un consuelo, solo una aceptación y la afirmación que se daría en el futuro que para mí estaba muy lejos y tan cerca al mismo tiempo.
Pasado un rato de silencio el hablo:
-¿Qué tal la escuela?- Dijo el Sol.
Me dejó en la nada, pensé que hablaríamos de lo que pasó hace unas horas, pues es de lo único que tenía conocimiento en ese instante, pero podía apostar que antes de esas horas hubieron muchas más horas entre el Sol y la Luna sin dialogar.
-¿No vas a contestarme?- Dijo en tono que ya sonaba enfadado.
-Me va bien en la escuela papá- Dije con un leve entusiasmo.
-Deja de decirme “Papá” , soy Padre para ti, ¿Entiendes?.-Replico-
-Claro Padre-Dije
Entonces ahí fue donde murió la conversación que teníamos, empezó el y terminé yo, no asintió ni siquiera con la cabeza al escuchar que me iba bien en la escuela, solo se fijo en ese defecto que el lo consideraba, llamarlo papá en público o privado. Las pocas veces que se me escapaba era sin darme cuenta, el me regañaba y decía que no era una mujercita para llamarlo de la otra forma, yo nunca le encontré nada de malo a aquel término, pero el junto con los demás papeles si. Mi madre era la única que aceptaba que le dijera en privado “Mamá” pues si mi padre nos escuchaba en público o en privado a mí me castigaba y con ella “hablaba” a solas para que no permitiera que yo le llamara mamá, y de cierto forma le funciono. Pues mi madre comenzó a pegarme cada que le llamaba “mamá” y no “madre” pero cada que ella me ponía mano encima sus ojos reflejaban terror, culpa y miedo, pero sus manos no temblaban cuando mi padre observaba, lo que temblaba era la conciencia de esa Mujer tan inocente. Al final me acostumbré, tanto a los golpes como aprender a llamarlos como querían ”ambos”, hasta ahora eh fallado nuevamente y se me hace gracioso narrar y referirme a mi Madre como Madre y ya no como Mamá.