La muerte del amor

Capítulo 04 · Cualquier cosa menos amor

IV

MARLENE

Si tuviera que definirte en una palabra, esa sería resiliencia. Quieres alcanzar lo más alto cuando en realidad ya estás ahí. Tienes todo el tiempo la insaciable e inexplicable necesidad de ser el dueño del control, pero además de impartir cierto miedo a base de él. El poder caminando de la mano del hacerte temer. Lo usabas para defenderte más que nada, ¿no? Para así no permitir que otros pudieran criticarte. Enigmático, inalcanzable y por sobre todas las cosas, un problema sin solución. Era la reputación que habías conseguido a base de juntarte con personas como Roland, quien adoraba ser el centro de atención y caer bien por conveniencia. Resaltabas por ser justamente lo opuesto, por ese imperturbable semblante tuyo incapaz de relajarse, el desagrado interno que te acompañaba como tu propia sombra. Jamás intentaste caer bien, mucho menos ser simpático. Nadie estaba a tu altura, nadie merecía eso de ti. 

Lo peor de todo esto es que, en el fondo, somos lo mismo. Fuimos construidos de un material idéntico. Mi mayor preocupación era esa, ser incapaz de cambiarte para bien, algo que decías que yo hacía a la perfección. No soy mejor que tú, Louie. No puedo hacerte subir si estoy tan abajo, diez veces más hundida de lo que ya estabas por cuenta propia.

Sin embargo eso nunca pareció molestarte.

Tras la peor noticia del mundo nos pidieron que nos retiremos, advirtiéndonos de que a partir del día siguiente comenzaban cada una de nuestras responsabilidades. Ni siquiera me dieron un momento para asimilar la información, de un segundo al otro ya estaba encargada de algo que detestaba. La simple idea de tener que formar parte del centro de estudiantes y, para peor, de ayudar con todos los que fueran castigados, resultaba un castigo en sí mismo para mí. Fue la manera de la institución de decirme bien, si este va a ser tu último año, hagamos que también sea el peor.

Me encerré en mi habitación toda la tarde. No tenía las energías suficientes como para hacer nada, mucho menos tolerar a mi madre. Fue entonces cuando recibí un mensaje de Cameron luego de tantas semanas de haber perdido el contacto con él. Lo ignoré, desinteresada, pero entonces fue cuando pensó que hacer una videollamada en ese exacto instante sería buena idea.

Atendí, para qué negarlo. Estaba acostada en mi cama con el celular justo al lado, enfocando el techo. Eso fue lo que recibió a un Cameron angustiado, al otro lado de la línea.

—¿Cómo está mi gótica favorita?—preguntó al no verme.

—Aburrida.

Aunque nos haya abandonado, fui la única con la que Cameron mantuvo la comunicación a pesar de la distancia. Lo llamé a la semana de haberse ido, jurándole que jamás le diría a nadie que estábamos hablando, que era un imbécil pero también el único amigo que de verdad quería mantener. No sé, supongo que le di la suficiente pena como para acceder a no enviarme a la mierda.

Escuché que se reía.

—¿Marlene Grace aburrida?—cuestionó con ironía—. Pensé que esas eran solo un mito.

Esbocé una sonrisa que, claro está, él no podía ver.

—Es como un Cameron heterosexual—bromeé—, un espécimen inusual.

Solíamos hacer bastantes llamadas entre nosotros, en especial las primeras noches. Me contaba cuánto le estaba costando adaptarse, el miedo que tenía de no caerle bien a nadie. Seis meses después el idiota se las ingenió para tener encantada a media ciudad. Cada día descubría una nueva amistad suya, la lista se volvía interminable conforme el tiempo pasaba. Visto lo visto su facilidad para socializar donde nadie sabe quién es, le salvó de sus peores pesadillas.

—Quizás un día de estos te sorprenda con una novia—comentó Cameron entre risas. Era evidente que estaba mejor. Más feliz. Más lejos—. La cultura bisexual está en auge en estos lugares.

No le creas ni una sola palabra. Llevaba al menos tres meses, para ese entonces, hablándome de un supuesto chico con el que estaba intentando salir.

—¿Qué pasó con Peyton?

Ahí estaba mi habilidad para hacer las peores preguntas en el momento menos indicado, o al menos eso pensé gracias al silencio que hizo presencia durante un par de segundos, los suficientes como para que ahora me tocara preocuparme a mí. Hice el esfuerzo de sentarme, tomar el celular y mirar a mi amigo para comprobar qué tanto la había cagado.

Descubrí que no estaba solo. Un chico estaba abrazándolo por la espalda.

—¡Dijo que sí!—chilló Cam, estallando de la felicidad.

Grité de la emoción junto a él, incluso sintiéndome con tan pocas energías. Verlo a él, a Cameron, en un lugar mejor, sintiéndose tan bien como se sentía... bueno, me daba esperanzas. Si tenía una razón para confiar en que un futuro mejor me esperaba también a mí, estaba ahí. Al otro lado de la pantalla, incapaz de controlar la alegría de volver a querer a alguien luego de que te partieran el corazón.

Nos pasamos el resto de la tarde hablando. Cameron, Peyton y yo. Descubrí que era un ser totalmente diferente no solo a William, sino también al mismo Cam. Hablaba hasta por los codos, abrazaba todo el rato a su nuevo novio, incluso llegó a caerme bien por el simple detalle de contarme de principio a fin la noche en la que se propusieron salir de forma oficial. Peyton llenaba los silencios en los cuales yo no sabía qué decir para hacer avanzar la conversación. Hacía parecer hasta interesante hablar conmigo, una total desconocida, lo cual le dio veinte puntos a su favor.




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