La muerte del amor

Capítulo 06 · La creatividad de ir en mi contra

VI

ANDREW

Empecé a ponerme nervioso cuando habían pasado ya quince minutos desde que debíamos estar en la sala de Filosofía con los castigados, pero todavía no llegabas. El profesor a cargo de supervisarnos ese día, el señor Cornelio, apenas se daba cuenta de lo que pasaba. Era normal hacer bromas con él y las drogas, más teniendo en cuenta el área al que se dedicaba, pero a pesar de eso no era del todo simpático como para tomárselas bien. En realidad estoy seguro de que nos detestaba a todos y cada uno de los que fuimos sus alumnos, solo que sabía disimularlo con esa sonrisa de claro, tienes razón en todo lo que me digas.

Pensé que quizás te habías arrepentido. Que por mi actitud durante el almuerzo, en venganza, me dejaste abandonado a mi suerte en algo tan horrible como el centro de estudiantes. Me importaba una mierda todo eso, no tenía ni un poco de ganas de quedarme dos horas más cada día para acompañar a los hijos de puta que querían pasarse de graciosos y terminaban siendo castigados por eso. Si estaba ahí era porque eso implicaba que teníamos una excusa para tener sexo en la sala de profesores.

Es broma, solo me gustó el comentario de Cameron.

Por suerte nos dio una idea que ninguno de nosotros había pensado.

La clase de Filosofía estaba en el segundo piso también, un par de aulas más allá de la sala de profesores. Ese día el profesor me había obligado a mí a quedarme de pie en la puerta, lista en mano, corroborando que todos los que debían llegar lo hicieran como tal. Me llamó la atención que esa semana no habían tantos alumnos anotados, aunque sí que variaban las edades. La mayoría de ellos eran ingresantes.

El tiempo pasaba y la única que faltabas eras tú. Darcie dando el ejemplo como siempre de lo que no se debe hacer. Por eso encontré tu quinta virtud:

5. Diga lo que diga, no eres para nada predecible.

Lo confirmé ese día cuando te vi aparecerte al final del pasillo con esa actitud de todos pueden lamerme bien el clítoris a pesar de que, claramente, algo estaba fuera de lugar. Conforme más te acercabas, mejor podía distinguir esa palma marcada en tu perfil izquierdo, una cachetada reciente que explicaba a la perfección tu retraso.

Miré dentro de la sala para comprobar que el profesor estuviera distraído, y luego salí al pasillo para acercarme a ti antes de que llegaras. Te sorprendió que decidiera enfrentarte de esa manera, factor que por supuesto usé a mi favor.

—Darcie—hablé. Éramos los únicos ahí. Te detuviste al instante, a un par de pasos de mí—. La idea es que ayudemos a los castigados, no que formemos parte de ellos.

No te veías para nada feliz, aunque tu expresión de molestia era algo usual en ti. Pareció intensificarse al escucharme llamarte por tu primer nombre. Decidiste que ignorarme era la mejor de las opciones, por lo que retomaste tu camino con la intención de pasarme de largo y entrar a la sala sin más. Lo evité, extendiendo mi brazo en el exacto instante en el que estuviste a mi lado, deteniéndote.

—Ya está bien—susurré, bajando la voz para que no llamáramos la atención de los que estaban esperándonos—, ¿quién te hizo eso?

—¿Importa?—cuestionaste, zafándote de mí intento de agarre.

El desagrado en el tono de voz que utilizabas para dirigirte a mí consiguió molestarme, detalle que no fui capaz de ocultar.

—A mí me importa una mierda, pero a los que están allá adentro sí que les llamará la atención verte llegar así—escupí con el único propósito de darte la razón para zanjar esa cuestión ahí—, ¿qué piensas decirle al profesor cuando te vea?

—Cornelio vive drogado, con suerte se dará cuenta.

—Bien—insistí—, ¿y el resto?

Pusiste los ojos en blanco como si fuera una pregunta tonta.

—Lo mismo que acabas de decir—repusiste—, que no importa una mierda.

No me quedaba ninguna otra opción más que dejar de lado esa actitud que había estado teniendo contigo. Discutir no iba a llevarnos a ningún puerto que fuera bueno, por lo que hice lo que me resultó más lógico en ese momento.

—Al menos quedémonos aquí hasta que se te vaya un poco la marca—propuse.

Mis palabras llegaron a ti como un balde de agua fría, uno que por un lado pareció causarte cierto rechazo pero que, por el otro, no esperabas en lo absoluto. Me miraste de hito en hito, buscando una inexistente trampa en lo que acababa de decirte.

—¿Quedémonos?—repetiste, esbozando una irónica sonrisa—. ¿Y tú por qué mierda ibas a acompañarme?

Porque quería pasar tiempo contigo, quizás.

—Como quieras—me retracté, rendido—. Vuelve cuando estés mejor, entonces.

Era mi turno de darme la vuelta y volver a la clase. Como miles de otras veces, lo hacía con la intención de que demostraras el mínimo interés en quedarte conmigo. Era una manera muy infantil y ridícula de intentar llamar tu atención, una a la que nunca respondías. Tampoco lo hiciste ese día, claro está.

Pensé, aun así, que me harías caso. Que no serias capaz de seguirme y entrar a la sala con la cara como la traías, todo para evitar un supuesto escándalo. Te subestimé, otra vez. No sé si fue tu inquebrantable orgullo o la necesidad de no hacerme caso ni siquiera cuando solo estaba intentando ayudarte.




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