La muerte del amor

Capítulo 22 · Así funcionan las cosas

XXII

LOUIE

Dorkas resultó ser un animal.

Si necesitas que sea específico, un rottweiler.

En cuanto vi a Kit aparecerse con el enorme perro atado a una correa de la que buscaba zafarse supe que algo terminaría saliendo mal. Nada puede ir demasiado bien con tres bobitos y un animal salvaje de por medio.

—¿Qué se supone que debemos hacer con ella?—pregunté, recostándome en el coche.

—Él—me corrigió Kit al instante—. Y un poco más de respeto, Dorkas es bastante sensible.

Estábamos al final del puente que unía a Ghael y Gunnhild, del lado de Ghael todavía. Acabábamos de salir de Catábasis, donde un amigo de Ron nos dio la información de qué debíamos hacer para que el dueño de Dorkas accediera a prestárnosla bajo órdenes de Dante.

—Fue entrenado para dos cosas—me informó Ron, mirándolo con cierto miedo—. Atacar y el exquisito arte de la detección de drogas.

Era cierto que el único que parecía no tenerle miedo a Dorkas era Kit, quien sostenía su correa con fuerza. Ron y yo le teníamos respeto, o algo similar. Vista desde fuera la situación parecía bastante ridícula, en especial teniendo en cuenta que todos los esfuerzos de ese pobre perro estaban puestos en tirar del rubio para que, por accidente o suerte, lo soltara.

—Se supone que hace unos días atacaron a algunos de los hombres de Virgilio. Novatos, lo de siempre—siguió explicándose Ron, dando un paso atrás cuando Dorkas intentó acercársele—. La cuestión es que les robaron drogas, y Dante no está por permitirse tal pérdida.

—No nos importa lastimarlos—habló Kit, acomodándose el cabello con la mano disponible como si no le costara un huevo mantener al animal a raya—. Solo queremos la droga de vuelta. Ahí es donde entra este ser superior disfrazado de un animal rabioso y violento.

—Basta de decirle así—pedí, emitiendo una mueca—. ¿Qué tan malo puede ser?

Kit me devolvió una sonrisa divertida.

—¿Quieres comprobarlo, Flynn?

Extendió la correa en mi dirección, con la misma diversión de quien sabe que está jugando con fuego. Y yo, con apenas tres horas de sueño encima y el orgullo inquebrantable, extendí mi mano y acepté el cambio. Pegué un salto en cuanto sentí la fuerza con la que Dorkas tiraba de mí para zafarse, pero al instante en el que lo atraje hacia mí él se sentó a mis pies.

Kit me guiñó un ojo.

—Te dije que era un alma sensible—informó, agazapándose para acariciarlo. No podía creer las agallas que tenía para tratarlo—. Que Ron sea un pussy no significa que Dorkas sea malo. Solo necesita un poco de amor, ¿a que sí, rey?

Dejé que Kit siguiera en sus insoportables juegos, dirigiéndome a mi amigo.

—Tenemos una idea aproximada de en dónde debe estar el grupo de chistositos que nos robaron—indicó Ron, sacando del bolsillo de su chaqueta un gorro de lana gris—. Y esto, principalmente. Se le cayó a uno. Dorkas no tendrá problema alguno en encontrarlo, a no ser…

—¿Quién es un incomprendido? ¡Sí, Dorkas!—seguía jugando Kit, luciendo como un padre orgulloso del inútil de su bebé.

Ron y yo pusimos los ojos en blanco al mismo tiempo.

—Hay que irnos ya—hablé, mirando el cielo tornarse naranja. Debían de ser ya las seis de la tarde o algo así. Habíamos perdido demasiado tiempo yendo hasta Catábasis y luego volviendo—. Se hará de noche pronto.

No fue tan complicado como creíamos el subir al perro al coche. Por alguna razón parecía quererme y eso ayudó a que hiciera caso a mis indicaciones, detalle que me alegró bastante la tarde. Digo, ¿a quién no alegra caer bien a los animales? Josephine solía echarme en cara eso como si se tratara de un don, incluso llegó a llamarme el encantador de animales, en varias ocasiones con cierto tono despectivo.

Las indicaciones de Kit eran un desastre. Por momentos daba la impresión de que no tenía ni idea de a dónde teníamos que ir, pidiéndome que diera vuelta a la misma manzana al menos tres veces. Ya a la cuarta, dejé de permitirle que me tomara el pelo de esa manera.

—¡Ron!—exclamé, a lo que causé que saltara desde los asientos traseros—. Tienes dos segundos para decirme exactamente dónde tenemos que ir. Ya no soporto esta tortura.

Kit empezó a reírse, feliz de haber conseguido colmar mi paciencia.

—Tranquilo, Flynnzuli—me soltó, sonriente—. Es por aquí. Las vueltas son para perder tiempo.

—¡Y gasolina!

—Como si tu culo blanco fuera a pasar hambre por esto—rechistó Ron, apareciéndose de la nada en la conversación. Lo miré por el espejo retrovisor hecho un ovillo atrás, manteniendo las distancias con Dorkas—. Kit tiene razón, es temprano todavía. No estarán por aquí hasta dentro de…

Pisé el freno hasta el fondo, con la intención de que el coche se detuviera en seco con la violencia justa.

—¿Por qué nadie me avisó?—reclamé, mirando hacia atrás para comprobar que nadie estuviera pasando cerca—. Es estúpido seguir andando. Los vecinos pensarán que estamos por robar o algo así.




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