La muerte del amor

Capítulo 26 · Este parásito que creamos

XXVI

DARCIE

A juzgar por lo que sucedió ese jueves a la tarde, algo realmente había cambiado entre nosotros.

Luego de las clases y todo el tema con los castigados, caminé hasta casa como me era costumbre hacerlo y terminé encerrándome para estudiar. No sé, esa charla con el consejero estudiantil me había cambiado un poco, en especial porque era demasiado consciente de que, sin la beca, nada iba a poder hacer.

Mamá no estaba cuando llegué. Su habitación era un desastre, uno maloliente y cerrado. Abrí la ventana que tenía y dejé el aire entrar, esperando que eso fuera suficiente. No tenía ni idea de a dónde podía haberse ido, pero algo me decía que lo mejor sería no averiguar. Esa era siempre la única opción que tenía.

Aproveché la soledad para sentarme en la mesa con mis libros, además de algunos extra que Donny pidió a la bibliotecaria que me prestara para empezar a adentrarme en los temas que me serían pertinentes. Se suponía que recibiría un e–mail con información sobre la academia que me prepararía para el examen, pero todos esos temas son tan aburridos y estresantes que prefiero dejarlos a un lado por ahora.

¿A qué venía entonces todo este cuento de qué hacía? Bueno, al hecho de que por segunda vez en el mismo día interrumpiste mi intento de empezar una rutina de estudio funcional. Recibí un mensaje tuyo que detuvo mi corazón el tiempo suficiente como para empezar a dudar de por qué no estaba muerta.

No era del todo complicado, siempre fuiste del tipo directo.

«Sal».

Pensé en contestarte algo así como azúcar, pero no estaba para chistes. Solté el lápiz que estaba usando para terminar un resumen de mierda y corrí hasta la puerta de entrada, tomando las llaves en el camino. Me había cambiado el uniforme del colegio, pero aun así me sentí como si estuviera en piyamas cuando abrí la puerta y te encontré, a un par de metros, en tu coche negro con las ventanillas abajo mientras asomabas la cabeza.

—¡Súbete, fracasada!—exclamaste en mi dirección—. Nos vamos de compras.

Miré a ambos lados, rogando que los vecinos no estuvieran presenciando esa humillación. Cuando comprobé que estábamos solos, al menos en apariencia, avancé el espacio que me separaba de tu coche para enfrentarte.

—¡Andrew, por Dios!—reclamé, viéndote fruncir el ceño como respuesta—. No eres ni serás nunca una mean girl.

Resoplaste con cierto fastidio.

—Eso dices tú—me respondiste, ante lo que proseguiste a esbozar de nuevo esa típica sonrisa tuya—. Ahora en serio, súbete. Quiero llevarte a un lugar mejor.

La sorpresa de que llegaras sin previo aviso se juntó con la de un cambio de planes de lo que parecía ser otra triste tarde de un jueves aburrido que pasaría encerrada, estudiando. Volvías a ser ese ser divertido, atento y cálido que recordaba, el que eras conmigo antes de que las cosas cambiaran en tu casa. Ya no quedaba rastro del Andrew perdido y pálido con el que me había cruzado durante el castigo, donde a pesar de tus intentos se notaba que algo te estaba sucediendo.

No me di cuenta a tiempo de que si me buscabas era para evitar pensar en eso, para calmar la ansiedad que te generaba pensar en lo que podía llegar a decirte el padre de Josephine al día siguiente.

—Andrew…—susurré, apoyando mis manos sobre la ventanilla de tu coche—. No sé qué te hace pensar que puedes venir a mi casa sin preguntarme nada y llevarme a donde quieras.

Sin perder tu sonrisa, me guiñaste un ojo.

—¿Qué me hace pensar eso? Que me quieres, por supuesto—atajaste, inclinándote para así abrirme la puerta desde dentro—. Y que tenemos una charla pendiente, cosa que no puedes negar que te avisé.

Parpadeé, recordando lo que hablamos en la biblioteca. Me creí ese cuento de que se trataba solo de eso, de tu seguridad con la cual me enfrentabas en busca de ablandar algo en mí que nadie antes había llegado a alcanzar.

—Nunca he dicho tal cosa como que te quiero.

—Pero se te nota—insististe, corriendo la mirada—. Si no piensas subirte, entonces tendré que buscar otra afortunada con la que pasar mis tardes.

—Suerte con eso—mascullé, jugando con la llave en mis manos.

—Será difícil encontrar a otra igual de terca, malhumorada y fría que tú, pero tendré que hacer un esfuerzo—volviste a mirarme, dejando de sonreír—. Vamos, Darcie. Solo quiero hablar contigo. Te traeré sana y salva, te lo prometo.

Metí mi mano a través de la ventanilla, extendiendo solo el dedo meñique.

—¿Pinky promise?—sugerí, devolviéndote la sonrisa.

Tus ojos parecieron brillar al verme, correspondiendo el gesto.

—Pinky promise—aceptaste.

Me di media vuelta para entrar a casa, cambiarme los pantalones a cuadros que llevaba y luego salí para cerrarlo todo y subirme a tu coche. En cuanto lo hice, olvidé a propósito mi celular sobre la mesa, con la esperanza de que en el caso de que mamá llegara antes de tiempo no tuviera la oportunidad de llamarme ni nada. Tampoco es como si lo hubiese hecho, la mayoría de las veces mamá apenas se preocupaba por saber mi paradero.




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