[junio de 2010]
El amanecer en la periferia industrial de Venecia no trajo luz, sino una claridad sucia y plomiza que apenas lograba perforar la niebla densa que subía de las aguas estancadas del estuario. Era un lunes de un Viento denso del Adriático, de esos donde el frío del norte de Italia no solo se siente en la piel, sino que se mete en los pulmones como agujas de hielo calado. El canal secundario, un tajo de aguas quietas y aceitosas rodeado de almacenes textiles abandonados y chimeneas inactivas, exhalaba un vaho fétido a lodo industrial, tinturas químicas degradadas y desperdicios arrastrados por la marea.
El comisario Romano se subió el cuello de su abrigo de lana oscura, pero el viento que bajaba del Adriático, cargado de humedad, hollín y salitre, atravesaba los tejidos como si fueran papel de fumar. A sus pies, enganchado entre dos pilotes de madera carcomida que marcaban el límite del muelle, el cuerpo de la mujer era un bulto grácil que el lodo y los juncos sucios ya intentaban reclamar para el olvido.
— No tiene documentos, comisario —dijo el oficial Fernández, el subinspector joven, cuyos dientes castañeteaban de forma rítmica debido al frío mientras sus botas de uniforme se hundían con cuidado en el suelo blando, traicionero y lodoso del borde—. Solo encontramos esto en los bolsillos de la chaqueta, que está completamente empapada: un recibo de una sastrería de viejo en Milán de hace tres meses y un botón de nácar pulido a mano.
Romano se acuclilló, ignorando el crujido de sus rodillas viejas y cansadas de patrullar la geografía del dolor. El cadáver estaba rígido, congelado en una posición de defensa casi geométrica, como si la mujer hubiera intentado abrazarse a sí misma, cruzando los brazos sobre el pecho para retener el último resto de calor orgánico antes de que las aguas del canal decidieran lo contrario. Observó su cabello; aunque estaba enmarañado por el salitre, el lodo y la basura flotante, la textura delataba un pasado de cuidados rigurosos, un rastro de elegancia aristocrática y pasarela que la muerte y el fango no habían logrado borrar del todo. Vestía los jirones de lo que alguna vez fue una blusa de seda perla de alta costura, un diseño exclusivo cuyas costuras invisibles Romano reconoció de inmediato.
— Mire el cielo, comisario. Va a empezar a nevar sobre la laguna —murmuró Fernández, observando las nubes plomizas y pesadas que aplastaban el horizonte de la ciudad.
Romano no levantó la vista. Sus ojos estaban fijos en la mano derecha de la mujer: una mano pequeña, de dedos finos y alargados, ahora con las uñas rotas de escarbar en la desesperación del terraplén, pero que conservaba la forma intacta de quien nunca tuvo que trabajar la tierra ni operar una máquina pesada. Era la mano de un maniquí viviente.
— Esta mujer no nació en estos callejones podridos —sentenció Romano con voz ronca, justo cuando el rocío denso y salobre caía sobre la mejilla pálida del cadáver—. A esta mujer la fabricaron en otra parte, en un taller de techos altos, con seda fina, alfileres y silencios comprados.
Al apartar con dos dedos un jirón mugriento del cuello de la blusa, apareció una cadena de seda trenzada, ennegrecida por el agua del canal, que sostía un pequeño objeto metálico. No era una cruz ni una medalla. Era un dedal de oro macizo, grabado con un monograma intrincado en la base. El metal brillaba con una insolencia extraña y dorada, como una chispa de lujo arrojada en medio de aquel desierto de herrumbre, frío y abandono industrial.
— Avisa a la central. Que traigan la lona técnica —ordenó Romano sin mirar al joven—. No quiero que la nieve cubra el cuerpo antes de que los peritos tomen las fotos de contraste. A esta mujer no la vamos a archivar en la fosa común como una indigente más de los muelles.