La muerte del maniquí

Capítulo 2: El precio del tejido

[agosto de 1990]

El aire en "Il Paradiso", un taller textil clandestino oculto en los sótanos húmedos del barrio español de Nápoles estaba completamente estancado. Era una mezcla espesa de polvo de algodón flotante, humo de cigarrillos sin filtro, sudor rancio de jornadas de catorce horas y el olor dulzón del limoncello barato que se filtraba desde las cantinas colindantes. En 1990, mientras el resto del país soñaba con la modernidad de la televisión en color y las pasarelas internacionales de Milán, aquel zulo de mala muerte seguía anclado en una miseria feudal que no entendía de épocas ni de derechos.

Filippa tenía apenas seis años, pero ya sabía a la perfección que en ese lugar el silencio absoluto era la mejor forma de invisibilidad. Estaba sentada en el suelo de piedra fría, bajo la sombra de la gran mesa de corte, contando los alfileres oxidados que desfilaban sobre una mancha de vino pegajoso. Su madre, a quien todos en el barrio llamaban "La Flaca" debido a una delgadez devorada por la necesidad, permanecía apoyada contra una de las ruidosas máquinas de coser, con la mirada perdida en el techo descascarado y una botella de alcohol que le temblaba en la mano nudosa. Para ella, el universo se reducía al siguiente trago; su hija no era más que un mueble o un estorbo que a veces lloraba en los rincones.

De pronto, el chirrido seco de la puerta de hierro cortó las risas roncas de los capataces y el traqueteo de las agujas. Massimo Castiglione entró sin pedir permiso, como si fuera el dueño legítimo de cada centímetro de suelo que pisaban sus zapatos de charol. Su traje oscuro de tres piezas, cortado a medida en las sastrerías más exclusivas del norte, era un insulto viviente a la suciedad y el hollín del local. Sus zapatos brillaban tanto bajo la mortecina luz de los tubos fluorescentes que la pequeña Filippa pudo ver su propio rostro —una mancha de hollín, pómulos marcados y ojos inmensos— reflejado en la punta de cuero negro pulido.

El diseñador no miró a las costureras que se le acercaron con sonrisas ensayadas de sumisión; sus ojos recorrieron el sótano con el asco clínico e inquisitivo de un cirujano que inspecciona una alcantarilla, hasta que se detuvieron en el rincón oscuro bajo la barra de corte.

— Esa —dijo Massimo, señalando a la niña con un dedo largo, firme y adornado con un anillo de sello—. ¿Cuánto por ella?

La dueña del taller clandestino soltó una carcajada rota que terminó en una tos seca provocada por el polvo del algodón.

— La niña no está en venta, Maestro. Es solo el estorbo de Emanuela, la costurera de la línea de ensamblaje. No sirve para coser todavía, tiene los dedos torpes.

Massimo Castiglione no se inmutó. Con una parsimonia gélida, sacó una billetera de piel fina de cocodrilo y extrajo un fajo de billetes nuevos de alta denominación que olían a tinta fresca de banco, depositándolos uno a uno sobre la madera pegajosa de la mesa de diseño.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el goteo de una tubería rota. Emanuela, despertando de su estupor alcohólico al ver el destello del dinero, miró el fajo y luego a su hija. No hubo lágrimas, ni abrazos, ni despedidas dramáticas. Solo el gesto mecánico, frío y degradado de una mujer que intercambia una carga que ya no le servía por algo que necesitaba desesperadamente para adormecer su existencia.

— Llévatela —balbuceó la madre, apartando la vista para fijarla en el dinero—. Total, aquí abajo solo va a aprender a pincharse los dedos y a ser la nada que soy yo.

Massimo Castiglione se inclinó y tomó la mano pequeña, sucia de tiza y hollín, de Filippa. Sus dedos eran fríos, pero su agarre fue inquebrantable, una pinza de hierro envuelta en guante de cabritilla. Mientras la sacaba del sótano hacia el sol cegador y polvoriento de la tarde napolitana, donde esperaba un auto de lujo negro que parecía una nave espacial en medio de aquel barrio marginal, Filippa sintió por primera vez en su vida el aroma embriagador de la seda fina, el cuero limpio y el jabón caro.

No sabía en ese momento que aquel hombre de modales aristocráticos acababa de comprarle un destino de cristal y pasarela que, exactamente veinte años después, se rompería en mil pedazos en una zanja helada cerca de Venecia.




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