La muerte del maniquí

Capítulo 3: El aroma de la mercancía

[agosto de 1990]

El sótano de "Il Paradiso" se fue desvaneciendo a espaldas de Filippa como una pesadilla que pierde nitidez al despertar, pero el olor a algodón estancado y a desesperación alcohólica se quedó adherido a su piel como una costura mal rematada. Massimo Castiglione la llevaba de la mano por el callejón polvoriento de Nápoles, sin aminorar el paso elegante de sus zapatos de charol ni dignarse a mirar los rostros curiosos de los vecinos que se asomaban a las ventanas de los edificios descascarados.

Filippa tropezaba de forma torpe con sus propios pies descalzos sobre los adoquines calientes, sintiendo el agarre de cabritilla del diseñador como una pinza de hierro que marcaba su muñeca pequeña. Para ella, el hombre del traje oscuro no era un salvador ni un protector; era una presencia gigantesca, gélida y nítida que la había arrancado del único suelo conocido que tenía en el mundo.

Al llegar a la avenida principal, donde el tráfico de la ciudad rugía con un ruido vulgar y ensordecedor, el auto de lujo negro esperaba junto a la acera con el motor diésel encendido en un ronroneo monótono. Un hombre joven, vestido con un uniforme técnico de protección impecable y con hilos grises bordados en el hombro, abrió la portezuela trasera de inmediato, manteniendo la barbilla hundida y la mirada fija en el horizonte con una rigidez marcial.

— Sube, Filippa —ordenó Massimo, su voz de barítono no tenía el menor rastro de ira ni de afecto humano; era una fría directriz de sastre. — A partir de este preciso instante, dejas de ser un estorbo que cuenta alfileres en el fango y pasas a ser el boceto inicial de mi mejor diseño. No mires atrás. Detrás de ti solo queda la nada.

Filippa subió al vehículo de forma mecánica, encogiéndose de inmediato en un rincón del asiento trasero de cuero italiano. Vio a través del cristal tintado cómo la silueta desvaída del barrio marginal de Nápoles se reducía en el espejo retrovisor hasta desaparecer por completo, devorada por la velocidad de la carretera. En el interior del auto blindado, el aire acondicionado exhalaba un frío seco, químico y aristocrático que le borró de golpe la respiración de los pulmones.

Apretó con fuerza sus manos sucias de tiza contra las rodillas, dándose cuenta en su fuero interno de que la transacción comercial de la mesa de corte no la había liberado de la miseria; solo había cambiado las cadenas oxidadas del sótano clandestino por una jaula mucho más costosa, pulida y hermética de la que jamás podría escapar por su propio pie.




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