La muerte del maniquí

Capítulo 5: La jaula de seda

[agosto de 1990]

El viaje en el auto blindado duró apenas veinte minutos, pero para Filippa fue como cruzar un océano hacia otro planeta lejano. El asiento de cuero negro italiano olía a nuevo, un aroma tan limpio, químico y penetrante que le provocaba ligeras náuseas en el estómago. Se mantuvo encogida contra la puerta trasera, mirando sus pies sucios y descalzos sobre la alfombra de lana impecable, temiendo que, si hacía el menor movimiento, el hombre del traje oscuro la devolvería al pasillo húmedo de "Il Paradiso".

— No tengas miedo —dijo Massimo Castiglione, sin quitar la vista de la carretera. Su voz no era dulce ni compasiva; era una orden seca y aristocrática—. Aquí nadie te va a gritar. Aquí el ruido vulgar no está permitido.

Cuando el portón de hierro forjado de la mansión-taller en Milán se abrió, Filippa vio una imponente construcción que parecía una montaña de piedra blanca, columnas jónicas y ventanas inmensas que reflejaban el cielo gris. Adentro, el aire estaba acondicionado, seco y gélido, un contraste absoluto con el calor pegajoso y el polvo de algodón del zulo textil de donde venía.

— Gertrude —llamó Massimo con voz firme.

Una mujer vestida con un uniforme gris impecable y rostro de granito tallado apareció en el vestíbulo principal. No esbozó la menor sonrisa al ver a la niña; la examinó de arriba abajo con la misma distancia clínica con la que se mira una mancha de humedad en una pared de escayola.

— Báñala. Quema esa ropa vieja de Nápoles. Usa el jabón de avena importado y frota con saña hasta que el olor a calle y a miseria desaparezca por completo de sus poros —instruyó Massimo mientras se quitaba los guantes de cabritilla—. A partir de hoy, esta niña se llama Filippa Castiglione. Mañana a primera hora vendrá el sastre. Quiero que parezca exactamente lo que he pagado por ella: una obra de arte viviente.

Gertrude tomó a la niña por el brazo con una pinza de dedos rígidos. Filippa no se resistió cuando la metieron en una tina profunda de porcelana blanca. El agua caliente le escocía en la piel curtida por el descuido, y el humo denso del jabón perfumado la mareaba. Mientras la mujer le restregaba el cabello con saña milimétrica, Filippa miraba el agua oscura y sucia que se iba por el desagüe.

Era su pasado lo que se iba por allí: el olor a tabaco de su madre, los alfileres oxidados de la barra de corte, los gritos roncos de los capataces. Al salir, la envolvieron en una toalla de felpa más suave que cualquier tejido que hubiera tocado jamás. La llevaron a una habitación inmensa, de techos abovedados y una cama señorial que parecía un altar de pasarela. Sobre la mesa de noche, bajo la luz de una lámpara de cristal de Murano, estaba el dedal de oro.

— Es para tu joyero personal —le dijo Massimo Castiglione desde el umbral de la puerta—. Representa la entrada oficial a tu nueva vida como mi musa. Pero recuerda una regla de la firma, Filippa: el oro y la seda solo brillan si se mantienen impecablemente limpios. Si te manchas con la vulgaridad del lodo, dejas de tener valor para este taller.

Esa noche, Filippa durmió en un silencio absoluto por primera vez en su vida, pero en sus pesadillas febriles seguía buscando el refugio sucio bajo la mesa de corte, porque en la inmensidad gélida de aquella mansión de Milán, el frío moral era mucho más difícil de combatir.




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