[junio de 2010 – Tarde]
El patrullero de la policía subió con dificultad la colina sinuosa que conducía al sector residencial más exclusivo de la periferia milanesa. A medida que se alejaban de los canales industriales y del aliento fétido del estuario, la niebla se volvía más blanca, pura y densa, como si el dinero acumulado en las alturas tuviera el poder divino de filtrar hasta el aire que se respiraba.
El comisario Romano no necesitó consultar ninguna dirección en su mapa de carreteras. En esa región de Italia, el apellido Castiglione era una coordenada grabada a fuego en el inconsciente colectivo; un sinónimo de poder textil y elegancia que se alzaba tras una hilera imponente de robles centenarios. La mansión apareció de pronto entre la bruma como un mausoleo de piedra blanca y hierro forjado, una estructura arquitectónica que parecía diseñada no para albergar vida familiar, sino para proteger secretos inconfesables.
— Quédese en el auto y mantenga la radio de la frecuencia policial encendida —le ordenó Romano al subinspector Fernández mientras apagaba el motor. — Si no salgo de esa propiedad en treinta minutos, busque cualquier excusa legal para tocar el timbre del portón.
El oficial joven asintió con la cabeza, visiblemente incómodo ante la imponente e imperturbable fachada de la Casa Castiglione.
— Comisario… si esa mujer muerta es quien dice el libro de deudas de la sastrería, ¿cómo es posible que nadie de su entorno denunciara su desaparición en las últimas semanas?
— Porque hay personas en el mundo de la alta sociedad que desaparecen de la realidad mucho antes de que dejen de respirar por completo, muchacho —respondió Romano antes de bajar del vehículo.
El comisario caminó por el sendero de grava fina, escuchando cómo las piedras crujían bajo el peso de sus botas de suela dura, un sonido que le pareció demasiado escandaloso y vulgar para el silencio sepulcral que dominaba la propiedad. Mientras esperaba frente al pesado aldabón de bronce pulido, repasaba mentalmente la firma caligráfica que acababa de examinar en la jefatura.
Filippa Castiglione.
La muerta oficial que caminaba por las calles. La mujer que, según los archivos judiciales de la quiebra fraudulenta de 1998, se había convertido en cenizas e inhalación de humo en el gran incendio del taller y que ahora esperaba en una cámara frigorífica de metal de la morgue a que alguien reconociera que alguna vez tuvo pulso y nombre.
Romano sintió una presión física y aguda en el pecho que no era culpa del aire invernal. No estaba allí para dar una noticia trágica de rutina, sino para desenterrar una verdad incómoda que alguien muy poderoso se había esforzado durante doce años en sepultar bajo capas de burocracia y dinero. Cuando la pesada puerta de madera tallada finalmente crujió al abrirse, el comisario se ajustó el abrigo de lana, ocultando la placa policial, pero preparando la mirada para el primer asalto psicológico.