[enero de 1995]
Han pasado exactamente cinco años desde la transacción mercantil en los sótanos de Nápoles. Filippa tiene ahora once años. Ya no queda el menor rastro de la niña sucia, cubierta de tiza y hollín que contaba alfileres bajo la mesa de corte; se ha convertido en una joven de una palidez irreal, casi traslúcida, vestida siempre con diseños exclusivos de la firma en tonos crema y azul marino.
Massimo Castiglione la observaba con atención desde su imponente escritorio de caoba mientras ella recitaba, de memoria y sin errores, una lección de francés clásico. La estancia principal del taller-mansión estaba en una penumbra perpetua, iluminada únicamente por el fuego vivo de la chimenea que proyectaba sombras alagadas y distorsionadas sobre las paredes revestidas de madera y cargadas de pesados libros de arte.
— Tu pronunciación de las vocales es aceptable, Filippa, pero tus manos... —Massimo se levantó de su silla con elegancia y caminó despacio hacia ella. Le tomó los dedos largos con una presión física que rozaba el umbral del dolor. — Siguen temblando al hablar. Las modelos de la Casa Castiglione no tiemblan jamás en la pasarela. El miedo vulgar es para la gente corriente que vive y muere en las zanjas de la miseria. ¿Acaso quieres que te devuelva al sótano del que te saqué?
Filippa bajó la mirada de inmediato, clavándola en la alfombra persa. El recuerdo olfativo del tabaco rancio y el limoncello de su madre era ya una sombra borrosa en su mente, pero el terror reverencial hacia Massimo era algo sólido, denso y presente en cada rincón de la mansión.
— No, señor —susurró ella con la voz contenida.
— No me llames "señor". Soy tu arquitecto estético, tu creador. Te estoy construyendo de nuevo, pieza por pieza, costura por costura. Te he dado un apellido de prestigio, una historia refinada y una pureza que por nacimiento no te correspondía. No me hagas arrepentirme de mi inversión financiera.
Esa misma tarde, como un premio calculado por la corrección de su lección, Massimo le permitió bajar al jardín privado de la propiedad. Pero no era para jugar como una niña normal. Le entregó un pequeño pincel de cerdas finas y un frasco de barniz químico importado.
— Los ángeles de piedra de la fuente central se están agrietando debido al frío del invierno —le dijo, señalando las gélidas figuras de mármol que custodiaban el agua estancada y gris. — Píntalos con cuidado. Aprende desde ahora que la belleza y la alta costura requieren un mantenimiento constante y riguroso. Si dejas que una sola grieta estructural se vea en la superficie, la estatua deja de ser arte y pasa a ser escombro vulgar.
Filippa pasó horas interminables bajo el frío sol de invierno de la periferia milanesa, barnizando el mármol gélido de las figuras. Sus manos infantiles se entumecieron por el viento del norte hasta perder por completo la sensibilidad en los dedos, pero no se detuvo ni un solo instante. Sabía a la perfección que, para Massimo Castiglione, ella era solo otra de sus estatuas de exhibición, y que cualquier fisura o grieta en su comportamiento la enviaría de vuelta al fango del taller clandestino de donde él la había arrancado.